Scala News

sábado, 7 de enero de 2012

Mi regalo de Reyes

Ya hemos recogido juguetes, hecho maletas y lo tenemos todo preparado para regresar a Madrid, a casa, tras haber vivido unas Navidades estupendas. El Niño entre nosotros proporcionándonos calor de hogar en familia, y el contacto con otra Familia que nos llega por el ordenador y el teléfono móvil (aunque solamente fuera por esto, ya soy un fan incondicional de las nuevas tecnologías y de las redes sociales).
Calor en el día a día, intensificado en las fechas clave. La felicidad de mi madre viendo a mis hijas cómo disfrutan en casa de los abuelos; los nervios de mis hijas escribiendo la carta a los Reyes; las uvas en un cuarto de estar a estallar de gente, entre los presentes y los que aportábamos en nuestros corazones; la entrega de los deseos a Melchor y Baltasar que, como son Magos, saben perfectamente cómo nos hemos portado a lo largo del año y lo que nos merecemos o no; la comida en casa de mis padres con el P José Luis regalando a nuestras vidas bondad, inteligencia y un incomparable sentido del humor (y lo que a mí me pareció casi satisfacción por su parte escuchando a las niñas cómo quieren a un innombrable "-pues os monto  en el coche y nos vamos los tres a verle a Ganada", dixit-), cargado de anécdotas sobre personas a las que quiero como mi Familia; la inquietud expectante de anoche; la preparación y colocación de los regalos, el picoteo para Sus Majestades y el agua y la comida para los camellos.
Y hoy el día D para todos los niños sea cual sea su edad. Confieso que este año los Reyes, por muy Magos que sean, se han equivocado completamente, porque ni de lejos he sido lo suficientemente bueno a lo largo del 2011 para el reglo con el que me he encontrado esta mañana: la emoción de mis hijas al despertar; las caras atónitas al entrar en el salón y la emoción desatada al abrir los paquetes; la emoción incontenida de María; los ojos, los ojazos negros de mi madre disfrutando del espectáculo (una niñuca de setenta y siete  años con la sonrisa y la mirada de una chiquilla de siete). Poder contemplar algo así es el mejor regalo para cualquier marido, para cualquier padre, para cualquier hijo. Y todo sucedió alrededor del Misterio con una vela prendida a los pies del Niño.
Mientras veía semejante espectáculo no pude dejar de recordar algunas escenas de estos días: la cena de Nochebuena; la Misa del Gallo; un gran hombre sentado a mi lado en una Eucaristía de 9 en PS antes de que acolitara y el inmenso Pastor que la presidió; un chaval solo ante Melchor. Ese chaval lleva en mis oraciones desde que le vi, completamente solo, darle su carta al Rey. Debería de tener unos nueve años, iba sin compañía, y simplemente le dejó el papel sin mediar palabra; pero la cara que vi irradiaba felicidad y esperanza. Él ha hecho que esta mañana, en la Misa de Niños de los Redentoristas de Santander, le tuviera presente junto a todos aquellos que esta mañana no han tenido regalos, con todos los que esta mañana no han tenido una familia con la que compartir ni siquiera la nada.
Ya está todo listo para partir mañana hacia casa. Mis manos están preparadas para el 2012.

lunes, 2 de enero de 2012

ICONO

Hoy he podido leer el primer número de éste año de la revista ICONO. Nueva estética, el comienzo de un nuevo diseño de la mano del nuevo director, Francisco Javier Caballero, CSsR. Sin embargo, el corazón es el mismo: acercar a nuestros hogares la Buena Nueva de la mano de los Misioneros Redentoristas, las propias noticias sobre los hijos de San Alfonso, artículos con los que aprender, reflexionar e incluso orar en familia, siempre bajo la mirada de Santa María, nuestro Perpetuo Socorro.
Seguro que irán introduciendo cambios acordes a los tiempos para que llegue hasta el último rincón de nuestras casas la mayor de las novedades, la Palabra. Y su propio testimonio.
Hojear Icono y fijarse en las firmas de los artículos es como estar en el cuarto de estar con miembros de tu propia familia, incluso antes de adentrarse en la profundidad de la sencillez de cada frase escrita.
La centenaria ICONO, Sal&Luz, RADIOPS…… la labor de los miembros de la Congregación del Santísimo Redentor es incansable en todos los ámbitos. Incansable y al día en todos los medios, desde el papel a las redes sociales. Incansable y desinteresada. Incansable y entregada. Incansable y fructífera. Incansable y alegre. Incansable y FAMILIAR. Como lo ha sido durante años el trabajo del P. Octavio Hidalgo al frente de la revista.
Con el número de hoy llegan aires nuevos en el inicio de un nuevo año dando continuidad no un proyecto de más de cien, sino al emprendido por San Alfonso el nueve de noviembre de 1732 y que se extiende por los cinco continentes. En este ejemplar continuamos aprendiendo de firmas añejas, bondadosas y serenas curtidas en la misión, y podemos disfrutar de la savia joven de algunos estudiantes que demuestran la fuerza y empuje de una Congregación que camina segura y vigorosa por el siglo XXI anunciando el Evangelio y con el Icono del Perpetuo Socorro como bandera; el Mensaje invariable del Jesucristo y la Imagen de su Madre. Un lujo para los creyentes y un orgullo para aquellos que, enamorados de la espiritualidad Alfonsiana, admiramos agradecidos a todos los Redentoristas.
Por ello, desde la humilde identificación con estos misioneros, no puedo sino animar gozoso al nuevo director deseándole los mejores éxitos, es decir, los mejores frutos de su trabajo. Y lo hago con el más sincero, abierto y espontáneo GRACIAS.

A bandazos

Después de muchísimos años me he encontrado por la calle con uno de mis profesores del colegio. Fue mi profesor de inglés durante varios cursos. Le paré y me conoció, y eso a uno ya le anima. Siempre fue un gran tipo, un muy buen profesor y una persona ecuánime y serena, y poder decir eso de los profesores de mi colegio es ya decir muchísimo. Charlamos durante un buen rato en el que él manifestó su añoranza por aquellas épocas y se quejaba abiertamente tanto de los alumnos como de los padres de ahora. Un canto a la falta de respeto, a la falta de educación, a la violencia verbal, al ninguneo al profesor; desprecio absoluto por el esfuerzo, la valía personal, la autoridad e incluso el pasado. No todos, pero sí un porcentaje muy alto. Nada nuevo, porque es algo que se repite casi en cada centro escolar, y eso que este es de lo mejorcito de Santander.
Yo, todo lo suave que pude, le dije que una parte muy importante de ese resultado se debe directamente a ellos mismos. Pasamos de besar las manos a los sacerdotes (todos con sus sotanas impolutas), tratar de usted al profesor, ponernos en pie cuando alguien mayor entraba en el aula, guardar silencio, pedir permiso mano alzada…… a que a la vuelta de un verano, de repente y sin periodo de adaptación, reinara el colegueo más absoluto. Todos los sacerdotes de calle (y que conste que me parece muy bien) y a tratarles de tú; los profesores ya no eran “don” sino un colega más al que tutear. La autoridad pasaba a discutirse porque todo se votaba; entrara quien entrara en el aula no sólo no te levantabas, sino que aprovechabas para hablar ese ratito. No fue el cambio de una ley de educación, fue un cambio de mentalidad voluntario, que no simplemente de estética. Un cambio de la noche a la mañana que venía a tirar por tierra todo lo que se había venido enseñando, a modo de “lo que os enseñamos no vale, ergo no creemos en ello, lo de ahora sí que ya somos super modernos y en esto sí que creemos”. Empezaron a criarse unas generaciones perdidas, pero no solamente por los Gobiernos de turno; muchos educadores son también y en gran medida responsables, los mismos que ahora se lamentan sin reconocer su error.
Comprendo que quizás fueron momentos difíciles, de transición y adaptación en todos los sentidos, pero en muchos casos no se supieron hacer las cosas lo suficientemente bien. Pasar del rigor de una época al rollito amigos de un día para otro es lo que tiene.
Me dio la razón, quizás porque ese profesor, que jamás levantó la voz, que jamás insultó a un alumno y al que jamás nos vimos obligados a tutear de repente, fue un auténtico ejemplo se sensatez. Y cómo se agradece la sensatez en un país acostumbrado a ir del blanco al negro sin prestar la más mínima atención a la escala de colores.
No sé si en algún momento seremos capaces de abandonar los bandazos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Para el 2012

Ya es 31 de diciembre, el último día del que ha sido un año extraordinario para mí. Alguien me ha preguntado qué le pedía al 2012. Francamente yo al Año Nuevo no le pido nada de nada; pedir, lo que se dice pedir, lo hago al Señor directamente o mediante la intercesión de los Santos y de su Madre. Soy así de raro, pero creo a pies juntillas en la oración que recitamos los domingos en misa, en mi profesión de fe, y por lo tanto en la comunión de los Santos. Esperar tampoco espero nada. Me dejo sorprender por Sus planes.
2011 me ha hecho crecer como nunca lo hubiera pensado, he sentido de nuevo la presencia de mi Amigo en mi vida de una forma casi física.
Como casi física es la presencia de unas cuantas personas: ya lo estaba antes, pero un innombrable que hincó su piolet en mi corazón hace tiempo se ha pegado a él como una lapa, y vaya adonde vaya ahí seguirá para siempre (de lo que he sido radicalmente consciente gracias a una inocentada); como lo ha hecho especialmente un “Grande de España de los de verdad”, y también un individuo “superior”, un cantaor, dos párrocos que se salen, una chica que canta, otra de La Cavada, uno de Don Benito, un ciclista extremeño, alguien al que llaman “marqués”, otro Blue, una chica que llena la vida de colores como sabores, un estudiante de medicina granaíno, un buenazo de Bilbao, otro enganchado a un “biberón”, una mujer Bárbara y su hijo, otra tan adorable como su nombre, un señor permanentemente asentado en una editorial, todo un pedazo de Pan de Granada afincado en Valencia, un abogado del Estado y su mujer, un grupo de personas con las que me reúno cada quince días en las escuelas, otra que sabiamente escribió que el destino determina quién entra en tu vida pero que es uno el que decide quién se queda, una O pequeñita, dos jovencitas que peinan canas, una chilena, los hijos de un señor de Nápoles que han acampado para siempre; y a través del ordenador un padrecito desde Nicaragua, otro desde Irlanda y ambelsen.
¿Quién habría sido capaz de esperar tanto? ¿Quién habría esperado poder mirar a los ojos a un Pedro anciano? ¿Quién se hubiera imaginado la felicidad de estar con su familia en otra Familia autoasignada como propia?
Ver crecer (con María) felices a mis hijas, continuar disfrutando de mis padres, mis hermanos, mis sobrinos. El puñado de mis impagables amigos.
¿Qué voy a pedir? Lo que hago es pensar qué puedo hacer yo durante el año que empieza. No puedo pedir ni hacer planes porque, sean cuales sean, los que hayan de venir serán los míos. Deseo lo que el Señor me tenga preparado aunque no lo conozca.
Esta noche, ante el televisor, en el cuarto de estar de la casa de mis padres, cuando vayan a dar las campanadas, no solamente estaremos los doce que cenemos juntos porque conmigo estaréis todos aquellos a los que he nombrado y alguno que puede que me deje (no sé cómo vamos a entrar). Y Dios con todos nosotros.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El Cardenal Tarancón

Me pareció magnífica la película que anoche emitió la primera cadena de RTVE sobre el Cardenal Tarancón. Un hombre extraordinario en todos los sentidos. Además de haber leído hace tiempo sus memorias, recuerdo con bastante nitidez aquellas fechas aunque por mi edad quizás no debiera, lo recuerdo por la intensidad con la que se vivió en mi casa –como imagino que en casi todos los hogares de España-, y porque siempre hemos convivido los pequeños con los ancianos escuchando de manera natural todo tipo de conversaciones. Eso es algo enriquecedor y de lo que disfruto con mis hijas cada vez que venimos a Santander a casa de mis padres.
Pertenezco a una familia esencialmente liberal por ambas ramas y esta tarde ha surgido la conversación sobre el Cardenal con mis padres y algunos tíos, lo que ha dado lugar a todo tipo de batallitas que casi me evocaban escenas de película, como cuando un hermano de mi padre de 83 años contaba cómo a los 11 años, en el colegio les dejaron a todos un día sin recreo para formar filas frente al Padre Prefecto y varios representantes de Falange para que se alistaran al Frente de Juventudes y de los cerca de 800 alumnos solamente 13 no lo hicieron, entre ellos mi padre y mis tíos paternos y materno. Ocurrió en casi todos los colegios, pero no así en el de mi madre; se nota que las monjas de su cole eran francesas.
Supongo que a mis hijas todo eso les suene a ciencia ficción, gracias a Dios. El caso es que todos elogiaban, como lo hacían en su momento, la figura de Tarancón. A mi se me ocurrió hablar del lamentable papel de gran parte de la jerarquía de la Iglesia española, que no de los sacerdotes y religiosos de calle; todos de acuerdo. Continuaban con las excelencias de gran liberal de D. Vicente en lo personal y en su faceta colateral de político. Llegado este punto yo opiné, que independientemente de la visión política, fundamentalmente intentó aplicar la doctrina de la Iglesia y que comenzara a hacerse efectivo el Concilio Vaticano II, acabar con una jerarquía eclesiástica con muchos puntos en común con la actual Iglesia Oficial china aunque por el otro lado (porque la potestad en el nombramiento de los Obispos por parte de Franco….., en fin, sin comentarios). Pues ese simple comentario hizo torcer el rostro de uno de mis tíos; sí, el laicismo hace estragos.
Sin embargo, una visión que trata de ser abierta y comprensiva (admitiendo poder estar equivocado) casi puede parecer retrógrada ante determinadas personas que pretenden retorcer el mensaje del Evangelio hasta hacerlo casi irreconocible para adecuarlo a ciertas situaciones sociales injustificables (y no pienso únicamente en la hermana Forcades…).
Hombres de Iglesia como D. Vicente Enrique y Tarancón han contribuido de una manera esencial –aunque no siempre visible- a que hoy podamos disfrutar de las libertades actuales, alentando las conciencias desde púlpitos y confesionarios.
Lo malo de este país es que damos demasiados bandazos, lo que, una vez más, me hace darme cuenta de lo inmensamente afortunado que soy pudiendo vivir mi fe entre la entregada y siempre sensata familia Redentorista.

jueves, 29 de diciembre de 2011

La Oración de los Jueves

Como cada jueves he acudido a la Oración ante el Santísimo, en esta ocasión no en el Perpetuo Socorro de Madrid, sino en la parroquia de la Inmaculada en Santander, ambas Comunidades Redentoristas. Es lo mismo dónde sea, porque lo realmente importante es Jesús Sacramentado, pero en ambos casos yo estoy de verdad en casa.
Mi Parroquia es el Perpetuo Socorro, pero tengo la suerte de que en ese aspecto, cada vez que vengo a Santander a casa de mis padres puedo hacer la misma vida. Eso sí, la feligresía es diferente, porque tengo que reconocer que la de mi ciudad natal es ciertamente hierática, aunque creo que deseosa de recibir un empujón. Algo así como un grito interior y exterior de “ESPABILAD”, como sugirió durante unas catequesis para el Adviento un sacerdote Redentorista.
El comienzo fue completamente diferente al que estoy acostumbrado y que realmente me entusiasma. Hoy al empezar he recordado las Adoraciones de mi infancia porque la estética era muy parecida. Simplemente la estética, nada más; en cuanto empezó a hablar ahí estaba él, el P. Víctor, todo un Redentorista. Una prédica cargada de inteligencia, sentido del humor, bondad, sensatez, alegría, ánimo, impulso y motivos suficientes para que todos reflexionáramos. El lenguaje y el fondo propios de unas personas que tienen la asombrosa capacidad de cautivar, de contagiar; misioneros que enganchan, que arrastran, que enamoran porque te llevan a enamorarte directamente de Jesús, que es lo suyo. Y te contagian a dejarte a arrastrar para querer arrastrar; que enamoran para enamorar; que cautivan para cautivar. Cada misionero de esta Congregación es una invitación a ponerte en marcha, hacen surgir en uno un resorte para abandonar el hieratismo, romper los respetos humanos y querer lanzarte al ruedo en lo que sea. Y hoy claramente nos han invitado a hacerlo pero con alegría, con una alegría no fingida sino nacida como consecuencia natural de Aquel que nació el 25 en un humilde pesebre para liberarnos a todos, para ofrecernos la Redención.
Hoy en la oración, mientras leía el Evangelio de Nochebuena, no pude evitar pensar que no es anecdótico que los primeros a quienes se les apareció el Ángel fueran unos pastores, lo más bajo de la sociedad de aquel lugar y momento, excluidos del Templo, incultos y pobres. Como más de 1700 años después unos pastores inspiraron a Alfonso Mª de Ligorio un camino florecido con la  fundación de la Congregación del Santísimo Redentor, en cuya casa estábamos.
Villancicos, un discreto uso del latín, el magnífico Tantum Ergo, el Humeral sobre los hombros del sacerdote para la bendición con el Santísimo. Una combinación litúrgica ortodoxa y, no sólo abierta, sino incitando a la participación, en un ambiente alegre y completamente natural.
Los ritmos rituales los marcan quienes ofician, preparan y participan, y yo me he impregnado en PS de unos ritmos estéticos que he asumido gozosamente como propios. Dependen de las personas, los tiempos y los puntos geográficos. El todo a Quien adoramos. Pero el fondo va más allá de las personas, porque implica al carisma mismo que un día les llevó a seguir los pasos de San Alfonso. Y ese fondo estaba tan vivo hoy como cada jueves en el Perpetuo Socorro de Madrid. El mismo que a mi me hace sentirme en casa y feliz sea cual sea la parroquia Redentorista en la que me encuentre. Por él doy gracias; por poder vivir mi fe con mi mujer y mis hijas en esa gigante Familia.

Inocentadas

Creo que este 28 de diciembre era el primero en mucho tiempo que iba pasando sin pena ni gloria en cuanto a las inocentadas, hasta que un año más he caído todo lo inocentón que soy. Y no una sino tres veces. La primera se refería al traslado de alguien a quien he conocido a través de internet; en teoría se iba con toda su familia fuera de España, y aunque él vive en Getafe y yo en Madrid lo primero que pensé fue: vaya me voy a quedar sin conocerle. Y resultó que no, que era una broma. La segunda ha sido realmente anodina, y la tercera me llegó vía twitter. Eso me pasa por estar enganchado a las redes sociales. Con esta última casi se me sale el corazón por la boca; a mí y a los que estaban conmigo en ese momento. También se refería a un traslado, aunque en esta ocasión circunscrito al territorio nacional. Francamente confieso que me dio una pena inmensa pensar en perder la compañía de esas dos personas, así, de improviso. Me invadió una pena tremenda por mí, por mi mujer, por mis hijas y por unas cuantas personas más.
Por mucho que conozcas la itinerancia, tratar de asumirla fuera de tiempo y sin posibilidad de despedida era realmente duro. Se me pasaron todo tipo de cosas por la cabeza en no más de un par de minutos, entre ellas recibir con los brazos abiertos a quien viniera nuevo. Esto me demuestra por un lado mi bastante más que cariño real por algo “superior”, y por otro que el cariño específico por personas concretas no se desvanece nunca en una generalidad. Me apenaba pensar que una de esas personas a la que estoy aprendiendo a querer a velocidad de crucero pudiera limitarse al recuerdo de un tiempo; respecto a la otra era algo así como si a mi hermano le destinaran a Oriente Medio. Sí, una faena, pero no pasa más. Bueno, sí pasa, porque además creí –dado lo expedito del notición- que no tenía ni la oportunidad del abrazo de despedida. Pero ya volverá, ya nos veremos, nos comunicaremos por teléfono o por internet (una mera ilusión conociendo al individuo en cuestión). Y como un tontorrón me emocionaba sentir pena pero no orfandad, gracias a lo que viene siendo una genial gestión del acompañamiento. Al mismo tiempo que tenía presente el agradecimiento profundo y sincero de una entrega incondicional pensaba en el primero afianzándome en la idea de que nos seguiríamos viendo, cuando menos en una profesión… (la rapidez con la que funciona la mente en momentos de tensión es impresionante).
Hasta que me hacen saber que es 28 de diciembre. Creo que las carcajadas de mi mujer y mi madre aún hacen eco. Ver la cara de mi madre con ese espontáneo ataque de risa al contemplar mi expresión de panoli rabioso me hizo feliz. Era el primer año en que ella misma no gastaba ninguna, y nos trajo una larga conversación de recuerdos. Una inocentada que ha contribuido al calorcito de hogar estas fechas.

domingo, 25 de diciembre de 2011

La Misa del Gallo en el Perpetuo Socorro de Madrid

Hace 41 años que no asistía a la Misa del Gallo; tenía cuatro y me dormí. La misma edad que mi hija pequeña, que también acabó dormidita. Pero hay una diferencia fundamental, yo recuerdo un aburrimiento soporífero y una imagen que había en los Capuchinos de Santander y que me aterrorizaba. Ella, sin embargo, podrá recordar una fiesta sensacional de la que formó parte. El sonido de los cascabeles con los que, junto a su hermana recorrió el pasillo de la iglesia, el dibujo con unas campanas que llevó en el ofertorio y que recogió un cariñosísimo P Nicanor. O puede que no lo recuerde. Aquella Misa del Gallo de 1970 fue algo circunstancial en mi vida, como lo fue esa iglesia; ni siquiera sé por qué fuimos allí ya que nuestra parroquia era La Inmaculada (los Redentoristas como directamente la conoce todo el mundo en Santander), imagino que porque nos cogía de camino de vuelta a casa desde la de mis abuelos maternos.
Mis hijas puede que no lo recuerden porque mi mujer y yo nos esforzamos (lo cierto es que no es un esfuerzo sino un gozo) en que crezcan y vivan su fe en la Comunidad del Perpetuo Socorro de Madrid, con la Familia Redentorista; de esas edades suelen recordarse hechos extraordinarios por buenos o por desagradables, pero la cotidianeidad al hacerse propia se diluye en una especie de ADN vital, que es justo lo que pretendemos con la naturalidad del día a día en el mejor entorno que podemos ofrecerles porque es el entorno en el que el Señor un día quiso que apareciéramos y del que nos enamoramos.
La Misa del Gallo, la celebración de esa Noche Santa, es una Fiesta en sí misma, pero lo de ayer fue la exaltación de la celebración del Nacimiento del Niño Dios. Una familia pequeña como la nuestra en una Familia gigantesca que es la nuestra. Yo realmente me salía de contento y emocionado contemplando al Niño, a una Comunidad concelebrando al completo, escuchando a un Párroco que ya empieza a acostumbrarnos a la excelencia, a un Superior Provincial que estuvo eso, superior, a tanta gente querida. Nuestra entrada en el templo fue acompañada del abrazo especial de un religioso al que aprendo a querer a medida que le trato y le conozco, y la salida con el abrazo de un sacerdote que es como un hermano.
El coro de esos jóvenes que hacen que el cielo baje a la tierra con su entrega, su esfuerzo, su fe y su alegría. La feligresía inacabable, montones de familias reunidas entorno a un Bebé que nacía por y para cada uno de nosotros. El chocolate que nos ofrecieron a todos a la salida. Jamás me cansaré de contar las maravillas de esta Comunidad porque son inagotables. Pero es que, además, tengo la constatación objetiva de que ni me ciega la pasión ni lo que es mucho más que un inmenso cariño. Allí estuvieron por primera vez unos vecinos nuestros, atraídos por el entusiasmo con el que hablamos de estos gigantes misioneros. Son católicos norteamericanos y en Madrid acuden los domingos a celebrar la Eucaristía junto a la comunidad angloparlante, pero anoche eligieron el Santuario del Perpetuo Socorro. Hoy por la tarde, celebrando la Navidad en su casa junto a otros vecinos nos dijeron que se quedaron sorprendidos por la fuerza y el empuje que habían visto en mi Parroquia. Lo que a mi me faltaba para seguir engordando en estas fechas…. Porque me hicieron engordar de orgullo. No sé si mis hijas lo recordarán, pero para mi mujer y para mí esta será una Navidad INOLVIDABLE.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Adorando al Niño

Hoy mi Niño, mi Dios, me ha invadido rotunda y serena la voz del Ángel que me impele adorarte. No soy un pastor, tan sólo un hombre desnudo ante Ti que llega tras haber partido con temor a acercarse para no manchar tus pañales con la porquería de sus manos vacías, para no rozar las pajas del pesebre con sus dedos ajados por los errores.
Mi cuévano, Señor, este año venía cargado de paquetes vacíos, de dolor causado de manera inconsciente a quien pusiste ante mí, de días sin trabajo, de angustias, de noches en vela, de segundos sucedidos como lustros, de oportunidades perdidas, de tenerte en los demás y no haberte visto, de no saber ni cómo ni dónde, de martillear los clavos cada vez que pequé. Una carga tan pesada que encorva los hombros con la misma fuerza con la que encorva el alma.
No me atrevía a acercarme mi Dios, y sin embargo, quise recorrer con tu Madre el camino de Adviento, hacerlo también con el callado José para ir avanzando tímidamente, porque eres un Bebé que me llama, una Luz que me atrae. Y a cada paso, cada día transcurrido, sentía cómo tu calor iba secando las lágrimas de mi corazón, iba notando cómo quemas Jesusito. Hasta que hoy Señor has conseguido que me rinda ante la realidad de que mi corazón es un músculo elástico cargado de amor, y que la pesadez de mi cuévano se aligera ante el misterio que tengo delante, ante la inmensidad de tu Amor. Y eres tú mismo quien me muestra lo que hay dentro de él, me haces ver de nuevo la maravilla de tu proyecto para mí: los ojos, la sonrisa y el apoyo callado y constante de mi mujer, la compañera que pensaste para mí desde el principio de los tiempos, mi amor; las risas, las caritas, los abrazos de mis hijas, su candor, su capacidad de asombro y su absoluta confianza y seguridad en María y en mí; el que fue mi propio pesebre a quinientos kilómetros de distancia donde esta Noche te adoran mis padres, una madre entregada a Tí en la decrepitud de un padre al que has regalado más tiempo; mis hermanos y los de María, nuestros sobrinos, mi Alquimista. Y lo iluminas para que pueda observar cómo, sin romperse, también están en él acampados para siempre junto a Alfonso sus hijos, la Comunidad de Sacerdotes y Religiosos que me ha mostrado Tu Redención Copiosa. Mis Amigos y todos aquellos que nos sostienen. Me asusta mirar por si con tanta gente hay ruido que pueda desvelar la placidez de tu sueño, pero lo hago, y me encuentro con un sensacional grupo de jóvenes y un grupo de matrimonios, asentados y acomodados bien profundo y seguros rodeados de más miembros de PS; allí permanecen rostros que me has traído en la pantalla de un ordenador, las Catequistas Sopeña, consagradas, sacerdotes y laicos de una pequeña habitación en San Juan de la Cruz, participantes en la Alfonsiana, otras gentes con nombres que apenas recuerdo y dos millones de personas más que no quieren salir. Y no se rompe. ¡¿Cómo es posible que no estalle?!
Pero me incitas a mirar más adentro, y me asusta descubrir aún una oquedad infinita, como esperando recibir, esperando a llenarse aunque no sepa ni cómo. Y no se romperá, yo sé que no permitirás que se resquebraje.
Desnudo y arrodillado ante un Recién Nacido, me avergüenzo por haber iniciado el Camino pensando en ofrecerle un cuévano cargado de nada. No, no es eso lo que debo ofrecerte; ni siquiera mi corazón que no es más que mi vida, tu propio regalo. Es, mi Señor, ese hueco que aún queda lo que te ofrezco. Un hueco es lo único que tengo para darte. Enséñame a llenarlo. No quiero cargarlo con mis planes ni con mis deseos; sólo quiero que sean Tus planes los que lo colmen. Toma para ello mis manos; ayúdame a que el año próximo estén limpias. O mejor, mi Señor y mi Dios, ayúdame a ensuciarlas, a mostrártelas ajadas por los demás, por contribuir aunque sea solamente un poquito a que este mundo sea mejor y que quizás alguien llegue a sentirte como te siento yo. Enséñame porque no sé cómo.
Enfrentar la vacuidad de la inutilidad a la grandeza infinita de un Bebé que ha nacido también por mí enaltece el espíritu, regenera la dignidad, recobra los ánimos y riega de alegría porque inunda de Vida y Esperanza. Ya no siento que mi espalda pese. No quiero apartarme de aquí, no quiero levantarme. Simplemente aspiro a permanecer así, abrasado por el calor de tu Amor.
Ahora mis manos ya pueden cogerte para arroparte calentito dentro del cuévano por fin vacío, e igual que las montañesas con sus hijos en las labores del campo, llevarte seguro en cada paso de mi vida. Estás tan enraizado en mí corazón que cada vez que palpita te expandes; por eso, como los pastores, con su mismo entusiasmo, me vuelvo gozoso con mi mujer y mis hijas a dar gloria y alabanza.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Ángel Sanz Briz

No soy ningún experto en cine (realmente no soy experto en nada) por lo que no voy a hablar de la calidad de la película ni de la interpretación, pero el Ángel de Budapest (que emite la primera cadena de RTVE) refleja lo mejor y lo peor del género humano. La bajeza del sinsentido del desprecio a una etnia, raza o religión, la rastrera displicencia que un ser humano puede llegar a tener por la vida, el odio, la humillación, la arrogancia de sentirse superior, la debilidad de quien se camufla y hace renuncia de su esencia por pura subsistencia. Frente a ello la figura de un auténtico Señor, de un caballero de los de antes, reflejo de un alma que abriga el mejor sentido de la hidalguía, la generosidad, la entrega, el amor al prójimo, el auténtico sentido de la justicia y de la Justicia; donación hecha esfuerzo y empeño por los demás a costa de sí mismo. Emblema de un tipo de personas, de una estirpe de hombres que debería de ser estudiada y protegida, porque de ellos quedan menos ejemplares que del lince ibérico. Gente que huye de los prejuicios, que hace de su educación, formación y corazón valor para el prójimo. Un diplomático, casado con una Señora de la más alta sociedad santanderina, que puso en riesgo su vida por el otro. El prejuicio de unos le habría metido en el saco de algún estereotipo sin duda falso. Podría haber tenido una salida fácil y airosa, sin riesgos y sin críticas. Podría haber mirado para otro lado. Pero su educación, su corazón y su propio ser sin duda le impelían a lo contrario. La diferencia entre el ser y el deber ser. Algo que parece desconocido hoy en día.
Ángel Sanz Briz, producto de una época, de una educación y de un entorno que formaron a un hombre no solamente inteligente, sino tocado por la mano de Dios. La generosidad personificada, sin arrogancias y sin altanería. Un español de una región recia y noble, un aragonés que hace honor a su tierra, un zaragozano que revive su particular “Sitio de Zaragoza” en tierra extraña, defendiendo a otros que son los suyos simplemente porque son seres humanos. Un Justo entre las Naciones que sin duda se ganó un lugar por sus propios méritos en la Mesa del Padre. Y mientras, la mayoría miraba para otro lado en el mejor de los casos; mientras él se la jugaba salvando la vida a más de cinco mil judíos. Un ejemplo de español protagonista de una gesta digna de ser enseñada.
Mucho de esto personificaba Adela Quijano Secades, su mujer. Independientemente del cariño que yo pudiera tenerla, Adela era una señora de una personalidad arrolladora, de una simpatía fuera de lo común, y de una elegancia propias de su época y de su origen.
Una de sus nietas, Oliva Andrada-Vanderwilde Sanz-Briz, hereda parte de los rasgos de sus abuelos, porque hay perfiles que cuando son inculcados desde pequeños pasan a formar parte de la personalidad como pegados a la piel. Porque la educación marca. Y como la educación marca, hemos de esforzarnos por que la reciban los más pequeños; propios y ajenos. A quienes podemos influir de manera directa, y quienes no tienen más recursos que nuestro propio ejemplo. Algo que dar a quien no tiene.
Ejemplos que derriban falsos mitos y eliminan prejuicios.
Pero el Ángel de Budapest no es sólo un ejemplo para su familia, lo debería ser para todos los españoles, para la gente de bien, para cualquiera que conozca su historia. Alguien no simplemente a quien respetar; alguien a quien honrar y de quien aprender.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Buscando un regalo para el Niño

Se va acercando la llegada del Niño y trato de ir soltando lastre, recapitulando lo que ha sido este año, eliminando todo aquello inservible. Intento ir buscando qué podré ofrecerle. Quiero presentarme desnudo ante él para entregarle lo mejor y más puro que tenga, aquello que le sea más grato. Pero por mucho que lo intento, por el momento, todo lo que encuentro son los regalos que Él mismo me ha ido haciendo.
Es cierta la crudeza del paro, que marca y tumba, que desestabiliza desde muchos puntos de vista, mostrándote una realidad descarnada. Pero ahí le veo también a Él cogiéndome de la mano para ni siquiera asomarme al abismo. Es mucho, muchísimo más lo que me ha regalado. Está conmigo. Le siento y además cuento con quien me ayuda a reconocer esta realidad. Poder vivir tu propia fe en una comunidad sólida; el apoyo de mi mujer, mis hijas, el acompañamiento paciente y generoso. Y todos los nombres que este año han entrado en mi vida; en mi vida y en la de mi familia. Y todo por nada. Y todo casi a base de casualidades, en las que no creo. Su mano ha ido guiando los pasos para colocarme donde debía estar y toparme con las personas que Él mismo quería y de las que no paro de aprender. Y eso me hace feliz.
Estoy ahora ante la Luz de Belén, y sentado en el suelo bien cerca no siento más que la luz y el tibio calor que desprende. Pero es extraño porque apenas acierto a distinguir si ese calor viene de fuera o me sale de dentro. Está también dentro, pero deseando salir y compartirlo.
Me encuentro sereno, aunque creo que me voy acercando a la realidad de que me falta algo. Y creo que cada día soy más consciente de que es la inactividad (no sólo la laboral) la que marca el vacío que me señala hoy incompleto. Porque tenerle y no saber darlo es el mayor acto de egoísmo que pueda cometer cualquier ser humano. Busco el cómo. Asentado en Él, he de ubicarme en el mundo.
Continúo escudriñando cada día de atrás hacia adelante para hallar en mí algo que ofrecerle. Como un niño hunde las manos abiertas en la arena yo trato de meterlas en mi corazón, pero o lo que hay se cuela entre los dedos  o sencillamente no hay nada, porque salen vacías.
Queda poco, pero sé que aún estoy a tiempo. Por eso me afano en la búsqueda.