viernes, 26 de julio de 2013

Vicario de Cristo

Sea cual sea el contenido que desde San Ignacio de Antioquia se haya venido dando al titulo de Vicario de Cristo, hablemos del Servus Servorum Dei, Sucesor del Apóstol Pedro, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Primado de Italia, Arzobispo Metropolitano de Roma, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal etc, cada uno con sus connotaciones teológicas y jurídicas, yo ayer, la verdad, estuve viendo al Papa por la tele y tan feliz; me refiero a que tan feliz yo, y el Papa no digamos, o eso parecía.

Para alguien acostumbrado a besar las manos de los sacerdotes como signo de respeto-agradecimiento-admiración por esas manos que consagran el Pan y perdonan los pecados en Su nombre (eh, y que sigan "temblando" aquellos a los que no les gusta porque seguiré con la misma costumbre); para un individuo que pasa de largo los cuarenta; para un hijo de la "Vieja" Europa, educado en una familia liberal de arraigadas tradiciones y fe, y en un colegio religioso imbuido de lo que había sido lo que ahora llaman "nacional catolicismo", lo de ayer podía haber parecido como de otro planeta. Sin embargo, bajo la Luz de mi fe, con el corazón abierto, tras el tamiz de la inteligencia y gracias al poso enriquecedor de mi educación y pasado histórico, uno tiene la sensibilidad suficiente como para discernir, como para eliminar prejuicios y dejarse llenar por la Luz, cuando la Luz es tal, como para diferenciar protagonismos de "saltimbanquis" de aquello que realmente es la Verdad de la Luz (y tan actor teatral puede ser un "saltimbanqui" como un envarado virtuoso de la liturgia). El caso es que me encantó lo que vi.

Cada persona es como es, tiene su propio origen,  su pasado, su expresividad, sus gestos, sus gustos y preferencias, su manera de ser. Y el Papa no va a ser menos, que es un hombre como otro cualquiera, elegido por el Espíritu Santo para su función, pero hombre como otro cualquiera. Cuando esas características personales se ponen al servicio de la Palabra que anuncia, entonces brilla la Luz. Y por su propia personalidad y manera de comunicar parece que todo lo que dice es nuevo, distinto, diferente. Decirlo igual entre los pobres o ante los poderosos, decirlo andando entre la gente, es lo que lo hace diferente; ese "como de andar por casa" es lo que le hace diferente y atractivo. Su discurso social y transcendente, su claridad para todos y en todo lo que dice, su maravillosa y necesaria insistencia en que la Iglesia NO es una ONG, en no licuar la fe en Cristo... ¡ME ENCANTA! Claridad de discurso y valentía, tanto en Lampedusa, como defendiendo la Vida allí donde otros ven justificadoras circunstancias atenuantes: al pan, pan y al vino, vino. Me entusiasma su cariz humano y social que por humano y social es tan divino.

Lo de anoche a muchos pudo parecerles "raro", depende de lo que vieran. Y yo vi Amor. A un señor vestido de blanco irradiando fe y Amor, levantándose a abrazar, a un gentío espectacular irradiando fe y Amor. Tanto como lo vi en la JMJ de Madrid, en otro continente y con otros jóvenes. Vi lo mismo. Vi al sucesor de Pedro. Estuvo en Madrid y está en Río.

Cómo arrastre el Papa a las almas a Cristo, cómo haga que se enamoren de Cristo (porque arrastra y enamora) es una maravilla en sí mismo. Veo ternura hasta cuando es duro. Porque es su fe lo que veo, es el anuncio explícito de la Buena Noticia de Jesucristo lo que veo; y es contundente en la llaneza. Porque eso es lo que veo, aplaudo sus modos. No me quedo en la persona.

Me apena leer comentarios de buena gente con críticas hacia modos y gestos sinceros, tanto como me apenan adhesiones simplemente a los modos y los gestos. No es eso, por ahí no. Si mi vida se quedara en 140 caracteres en Twitter, en unas cuantas frases hilvanadas en un blog y nada más, yo mismo sería un "saltimbanqui" (y cuando digo saltimbanqui es un cierto pensamiento de San Alfonso lo que tengo en la cabeza) del teclado, un charlatán, un trilero de ideas y palabras. Si mi vida no es Vida, nada valgo; si mi vida no es Vida, es estéril; si mi vida no se deja transformar por el Redentor, no es Vida. Si mi vida no es un reflejo nítido de Aquello en lo que creo… ¿será que no creo?

Si nos quedamos solamente en los gestos podremos ajustarnos las filacterias o autoerigirnos en adalides de la progresía, según sean los sesgos de cada uno; eso ni es ni genera Vida. Y lo que no genera Vida lleva al vacío, a la nada.


Me da igual el titulo que le demos; yo me quedo con el Papa, que estos días abraza como el Redentor desde Corcovado; porque es con el Redentor con quien me quedo.

jueves, 25 de julio de 2013

Al Pórtico de la Gloria

“Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros" (2 Cor 4,7)

Cada uno tendría sus planes ¿regresar a su tierra para celebrar el día del Apóstol Santiago? ¿simplemente unos días de fiesta con amigos? ¿turismo? ¿cuestiones de trabajo? Los que fueran ¿qué más dará ahora?

Ya han llegado al Pórtico de la Gloria y se han encontrado cara a cara con el Redentor, e imagino que eso no estuviera en los planes de ninguno de quienes fallecieron en al accidente de tren de Santiago. Rezo para que gocen de la contemplación de Dios por los siglos de los siglos, y para que sus familiares alcancen el consuelo.

Tragedias como ésta, situaciones sobrevenidas que me superan, personalmente me ayudan a centrarme. No suelo ser mucho de pedir eso que solemos llamar milagros; normalmente pido un “gigamilagro”, aceptar su voluntad, asumirla, hacerla mía. Por eso no puedo evitar traer a la memoria a quienes –y lamentablemente son muchos- insisten en que no hay que mirar a lo Alto o no hay que buscar la Gloria; los recuerdo y pido también hoy, especialmente hoy, por ellos. Somos transcendentes o no somos para la eternidad. Porque por mucho que la Gloria sea un regalo, hemos de ansiarla, buscarla, anhelarla… y contarlo.

Yo hoy miro ¡claro que miro! a lo Alto. Y elevo mis oraciones y mi corazón por los muertos y por sus familiares y amigos. Lo hago porque tengo fe (la fe que tengo); porque no creo en un Dios de muertos, sino de vivos; porque creo en la Resurrección y en la Redención; porque, como diría Miguel de Unamuno, Cristo vino a liberarnos de la muerte más que del pecado, o de éste en cuanto implica muerte.

Porque estamos de paso, simplemente de paso; porque por muy largo que se nos haga es solamente un instante; porque sé que su Reino no es de este mundo. Ahí está la Esperanza, y la felicidad y la alegría por un puro acto de Amor; todo se resume y plenifica en el Amor. Y porque creo en ello, de ello se deriva la necesidad de contribuir a ir acercando su Reino a la tierra a base de amar, de que nuestras manos sean las suyas, nuestros hombros los suyos… Hoy Cristo se ha hecho presente en Galicia en cada una de las personas que se han ofrecido y ofrecen, médicos, sanitarios, bomberos, policías, personas de a pié, gente anónima haciendo cola… cada uno de ellos; sí hemos podido verle haciendo cola para donar sangre… y esa es otra realidad donde vemos Esperanza, felicidad y alegría en puros actos de Amor en medio del dolor y la desesperación.

Elevo mi oración al Altísimo, y doy gracias porque Cristo se ha hecho presente en tanta gente, de manera práctica, “pringándose” en el lugar del accidente, haciendo cola… y doy gracias por los que oran y animan e invitan a hacerlo. Y continúo pidiendo por quienes se quedan, para que encuentren en María el abrazo de la Madre.

Como reza el himno de Laudes de hoy, que el santo apóstol peregrino les haya guiado por el camino al Pórtico de la Gloria. Y gocen de la contemplación de Dios por los siglos de los siglos. 

lunes, 22 de julio de 2013

Creer ¿es mi elección?

Sigo desde hace algún tiempo por Twitter al P José Mª Rodríguez Olaizola SJ (@jmolaizola), y recomiendo que, si alguien lee esto, haga lo mismo. Sus tuits, como los de mucha otra gente, son una expresión clara de qué es evangelizar en las redes sociales. 140 caracteres que acompañan y acercan el Evangelio. Hoy ha habido dos que me han llamado poderosamente la atención y que no voy a reproducir, porque no le conozco de nada y no tengo su permiso, pero consultando su perfil en esa red social se pueden encontrar fácilmente. Los caracteres a los que me refiero hacen referencia a María Magdalena, y me han ayudado a no sentirme tan bicho raro. Porque uno se debate también en la búsqueda, y esa búsqueda, a veces, lleva al desaliento y a la soledad; por mucho que acabe en encuentros, la búsqueda continúa. Es a esto precisamente a lo que me refiero cuando digo que sus tuits acompañan. Hay ocasiones en las que –salvando todas las distancias- uno casi pareciera sentirse una especie de “Sebastian contra mundum”, el Sebastian Flyte del Brideshead Revisited (Evelyn Waugh).

Pero a pesar de derrotas, yo también he elegido creer, y cuando uno lo hace, incluso en los momentos más bajos de la búsqueda, uno se sabe acompañado, se sabe bajo Su mirada. Puedes elevar momentáneamente los ojos a lo Alto, puedes mirar a tu alrededor y preguntar: ¿Dónde estás? Lo preguntas aunque sepas la respuesta.

Hoy sus palabras me han ayudado, y eso es una muestra de lo que podemos hacer cuando “colgamos” un tuit; no siempre somos conscientes de su alcance. Me han ayudado porque me recuerdan que soy como cualquier otro y que he elegido creer; he elegido creer, crecer e ir scalando en Familia.

Son las últimas frases que he leído mientras entraba en PS a pedir a San Alfonso su intercesión por la Misión de los Jóvenes en el Monasterio de Nuestra Señora de El Espino; por todos ellos, y personalizando en algunos (laicos, religiosos y sacerdotes) con nombres y apellidos; o mejor, con rostros, personas cuyos rostros conozco, cuyas ilusiones intuyo, cuyos gestos y expresiones he ido aprendiendo a descifrar. Gente a la que quiero, de esa Familia entre cuyos miembros voy scalando junto a mi mujer y mis hijas. Yo no he estado nunca allí y, si Dios quiere, quizás vaya algún día. Pero hay algo atrayente en lo que se ve, en lo que se escucha, en lo que se lee, en lo que se descubre entre quienes vuelven. Decidirán por mí; decidirá el Señor. Así lo pedí también.

De los pies de San Alfonso pasé a la Capilla, y rezando Vísperas con iBreviary me detuve en el salmo 126: en vano vigilan los centinelas. En efecto, Él es quien construye la casa, quien guarda la ciudad, quien nos alimenta. “El esfuerzo humano es inútil sin Dios”. Seguir orando, seguir scalando, seguir en gerundio, pero en Él.

Empezó la misa; leí la Primera Lectura (Corintios 5, 14-17), el Salmo (62, 2. 3-4. 5-6. 8-9) y la aclamación antes del Evangelio… sin palabras.

Salí con la Paz, tranquilo, sereno, contento, renovado, porque “El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”.

Encendí el Smartphone y releí los tuits de Olaizola. Gracias Padre por recordarme que scalar en Familia es mi elección, que creer es mi elección. En apariencia, sólo en apariencia, porque igual que Él nos amó primero, scalar en Familia, creer, es el seguimiento, la respuesta a una llamada. La elección es lo que decidamos responder. Creer como don. Creer, tras un encuentro, no es ni una opción ni una elección, es una necesidad, una consecuencia natural.

domingo, 21 de julio de 2013

Con la Paz...

Que en la normalidad de la vida, en la cotidianeidad más común se nos presenta el Señor debería ser una obviedad; el cauce de la normalidad en el día a día a su Palabra, algo tan intrínseco que debería pasar desapercibido. El menudeo vulgar en el transcurso de las horas hecho Vida y con la Paz.

Sin embargo, este fin de semana se ha hecho claro y nítido para mí. Algo tan simple como compartir el fin de semana con un alma buena, con un regalo venido de lo Alto firmemente querido, ha sido un remanso de Paz. Unos pocos días en Familia, scalando en Familia, abiertos al Amor, la reflexión, la buena y sincera conversación, tamizados por el filtro inflexible de dos niñas, mis hijas, que de manera espontánea acabaron llamando “tío” a ese alma buena.

Cuando el Señor te regala a una fuerza centrípeta de Paz, complementada por una bonhomía excepcional, aderezada con una fe sin complejos (como debería ser la de cualquiera), la bondad se torna en una explosión espontánea de la vivencia sencilla del Evangelio.

Conversaciones reposadas, reflexiones de ida y vuelta que me han ayudado a crecer, afianzarme y consolidar esperanzas. Porque esta persona, lo que mejor encarna, sobresaliendo casi por encima de la humildad, es la Esperanza. Individuos así enraízan la Esperanza en el género humano, personifican que somos creados a Su imagen y que se nos regala en el hermano. Por encima del cariño revolotea la admiración, y un pelín de orgullo.

Llevamos ya compartidas muchas Eucaristías, pero hoy, haber podido celebrar a su lado el Santísimo Redentor, fiesta titular de la Congregación Redentorista, y haberlo hecho en la Parroquia de la Inmaculada en mi Santander natal, para mí ha sido especial. Nos unen fe, personas, afectos, Familia y una meta común.

Todo tan normal, tan pausado, tan de verdad que simplemente me impresiona. No puedo sino dar gracias a Dios por las personas que pone en mi camino y en el de mi mujer y en el de mis hijas. Él expresa Su Amor, también, a través de estos regalos.

“¿Quién puede hospedarse en tu tienda? El que procede honradamente…”
Pues tú, hermano, tienes tu sitio asegurado. ¡Gracias! Con la Paz…

lunes, 15 de julio de 2013

Pastores en Vísperas

Cantemos al Señor con alegría,
unidos a la voz del Pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.


Me ha encantado este Himno de Vísperas, así que aquí lo copio. Por todos los pastores a través de cuya voz escuchamos la suya, de cuyos gestos vemos los suyos, en cuya entrega incondicional e infinita conocemos su infinito Amor. Todos esos pastores, jóvenes, mayores o ancianos que, prescindiendo de sí mismos, son otros Cristos para el rebaño cuya custodia les ha sido confiada. Los pastores que nos guardan a nosotros, el Pueblo de Dios. Que crecen entre nosotros, maduran entre nosotros, sufren y gozan por y con nosotros.

Pastores que son uno más, siendo mucho más que uno. Lloran, ríen, sufren la soledad y la incomprensión tantas veces de sus torpes ovejas. Ovejas que balan quejumbrosas. Lo dan todo, por Cristo, en nosotros. Dejan tras de sí familia, hogar y amigos para darse a nosotros. No abandonan a sus ovejas. Vagan de rebaño en rebaño, al dictado de mandatos, para repetir su entrega de Amor. Son un ejemplo de la sobreabundancia del Amor de Dios que se nos regala.

¿Cuántas veces encuentran nuestras casas abiertas? ¿Cuántas veces les damos una mano tendida? ¿Cuántas veces les alentamos el ánimo? ¿Cuántas veces les abrimos nuestro corazón para dárselo, que es dárselo a Cristo? ¿Cuántas veces ofrecemos un hombro? ¿Cuántas veces regalamos una sonrisa? ¿Cuántas veces nos damos?

No me refiero ya a un darse eclesial; hablo de un darse de persona a persona, de corazón a corazón (aunque creo que eso mismo debiera ser el darse eclesial).

Por cada cara larga por una homilía que no nos complació, yo me pregunto ¿cuántas palmadas en el hombro, aplausos o gestos de aprobación? Porque son hombres como nosotros. Tienen fallos como nosotros. Se equivocan como cualquiera. No son superhéroes. Pero sí son superhombres, porque se sobreponen por todos, se cansan por todos, se equivocan para levantarse y ofrecernos su mayor acierto: su Vida, que es el anuncio andante de la Buena Noticia.

Curas conocidos por cualquiera de nosotros; curas anónimos. Religiosos y diocesanos. De importantes parroquias en metrópolis, o llevando a Cristo a un puñado de personas desperdigadas en otro puñado de parroquias alejadas kilómetros entre sí.

Puede que uno de ellos, además de tu cura, sea tu amigo o tu hermano. Puede que no. Pero trata de seguir las huellas del propio Cristo para que nosotros andemos por sus pisadas.

Por cada uno de esos pastores comparto hoy el Himno de Vísperas. ¡GRACIAS!

Sembrar espadas

El Evangelio de hoy (Mateo 10,34 – 11,1) es tan actual como cualquier otro pasaje evangélico. Puede parecer una contradicción que Jesús nos hable en esta ocasión de que no ha venido a sembrar paz, sino espadas; puede parecerlo, pero no lo es. Realmente no viene espada en mano, todo lo contrario. Es una muestra de la absoluta libertad que nos da de acoger o no su Buena Noticia. Una experiencia, una realidad y un anuncio que sin duda nos “complica” la vida.

Ni en su propio contexto histórico y social, ni en los actuales, es algo fácil. Ha venido a presentar su opción de Salvación, de Redención para todos; una opción de Amor sin cortapisas. A Dios, a uno mismo y al prójimo. Una opción que tras ser descubierta y vivida en un encuentro personal con el Señor, se transforma en una necesidad. Los esquemas varían porque varía la mirada sobre la realidad; varía la percepción de la realidad y, por lo tanto nuestro propio actuar. La opción, su propuesta, se eleva en una necesidad vital. Uno no se calla; uno actúa; uno cambia. No es que se comience a vivir de una manera distinta, es que se empieza a Vivir. Se nace iluminado por la Palabra. De opción o propuesta a necesidad.

Hoy, igual que entonces, no se entiende bien. No se entiende por muchos tibios, por muchos “cristianos viejos” nominales, no se entiende por agnósticos, no se entiende por ateos, no se entiende por indiferentes, no se entiende por los que se van sumiendo sutilmente en la increencia. Cada uno en su entorno propio encuentra sus barreras y sus incomprensiones.

No es la espada, no, es la Redención lo que nos sigue ofreciendo, su propuesta de Amor absoluto e incondicional. Y continúa con el escrupuloso respeto a la libertad individual para aceptar o no esa propuesta de Eternidad; de felicidad, pero de la de verdad, de la que se alcanza en plenitud solamente al cruzar el umbral, la puerta estrecha.

Es al aceptar la propuesta, al seguirle con firmeza a pesar de las dudas, cuando comienzan a aparecer recelos e incomprensiones. No siempre, pero suelen ser habituales al menos de manera inicial. No prescindir de ellas, sino abrazarlas como Cruz personal, en el fondo refuerza. En lugar de debilitar, o quizás porque en cierto sentido nos hacen débiles, nos fortalecen. Derribas muros bienpensantes, tambaleas micro estructuras bien cercanas, cuestionas, replanteas conceptos. Es cierto que, a medida que te ven feliz, algunas de las reticencias se vencen; incluso hay quien puede seguirte. Otros muchos comparten tu realidad.

Cuando le recibes y se convierte en el centro de tu Vida, todo cambia. Y esto puede ocurrir tras largos años de tibieza, de catolicismo nominal. Cuando el encuentro tiene lugar en una persona casada, cuando la convulsión interior se produce en un miembro del matrimonio y no en el otro viene también la espada. Cuando la convulsión, la llama, alienta a ambos, llega a la plenitud la casa asentada sobre Roca, la familia creada para que se bendiga su nombre. Eso es toda una gracia, un gozo inmerecido. Un gozo, un compromiso. Una renovación en el matrimonio como misión, compartida e individual. No por ello se es mejor ni peor que nadie; compromete, empuja, implica y exige. Tomar cada uno su propia Cruz, los dos la de ambos y seguirle.

Yo he sido bendecido con esa gracia, con ese gozo inmerecido. Como tantos otros que a diario ven renovada su fe y la visión del mundo; tantos otros que recibiéndole a Él reciben a Aquel que le envió.

En el entorno cercano los hay que se extrañan, los hay a quienes les resulta indiferente, los hay que se molestan, los hay que preguntan. El pasado sábado por la noche hubo quien me preguntó directamente: “Pero tú ¿qué tienes que ver con los Redentoristas?” Cuando empezaba a contestar (como soy yo, en plan ciclón arrollador) escuché una voz que decía: “Lo somos los dos; yo hablo menos, pero lo somos los dos”. Y mientras escuchaba el final de la frase, mientras me volvía mirando embobado a mi mujer pronunciar las últimas palabras, le daba gracias a Dios por ir scalando en esa Familia.

¿Espadas? ¡Venga ya!

viernes, 12 de julio de 2013

Un adiós definitivo

El tiempo es algo mensurable, aunque la vida transcurrida pueda hacerlo parecer denso o totalmente vacío. Es lo que hagamos en la Vida, nuestra actitud, nuestros modos, que demos o no Vida a los demás lo que le da valor al tiempo. Quizás por eso los tiempos del Señor no son nuestros tiempos; quién sabe.

En nuestra existencia hay llegadas, anuncios, permanencias y despedidas. Llegadas que ni se notan y pasan de largo; anuncios que ni escuchamos; permanencias a pesar de las ausencias; despedidas que rompen, que duelen o que son liberadoras. Para cómo sean cada uno de ellos entran en juego la subjetividad inevitable de los sentimientos y nuestra propia actitud, en qué hayan consistido nuestros pasos.

En las despedidas uno puede resistirse, tratar de aplazarlas o presentarse de forma súbita. La despedida de la que hablo, aún siendo súbita era previsible; no lo que la ha causado, eso es quizás producto de algún tipo de injusticia. A mi no me ha dejado frío. Llevo un cierto tiempo por aquel lugar, y uno es como es, emocional. Me implico simplemente estando, escuchando, desde el silencio. Pero se acabó. Todo toca a su fin y éste ha llegado. No volveré por allí.

Que yo no vuelva es lo de menos. Ni le afecta a nadie, ni a nadie implica. Uno es perfectamente prescindible, pero mientras se es, mientras se está, todos tenemos una responsabilidad importante aunque ni nos enteremos de ello. Cómo seamos, gestos, respuestas, preguntas, aunque puedan parecer anodinas afectan a los demás en una medida mucho mayor de lo que pudiéramos imaginarnos. Hoy lo he aprendido.

Llevo casi seis meses comiendo de lunes a viernes en el mismo restaurante de un polígono de Alcobendas. Casi siempre las mismas caras, las mismas personas. Saludos, petición de comandas y despedidas. El personal es bastante joven y el negocio es de todos ellos, cada uno cumple además su función: cocina, camareros de mesa, barra… Y se han visto obligados a cerrar porque al dueño le embargan el edificio. Más caras de la cruda realidad que se vive a diario.

Y he escuchado una conversación que me ha hecho pensar, entre un chico que se llama Iván y es algo así como el maître y uno de los clientes que acudía a diario. El tal Iván se ha emocionado, bastante: “…nunca podré olvidar que bautizamos a nuestra hija por ti, porque los viernes de cuaresma pedías tu mixto con huevo sin jamón, y yo me reí; te pregunté, porque creí que estabas enfermo. Y me contestaste. Y nació Laura, y la bautizamos. Y nosotros nos casamos por la Iglesia, y vamos a catequesis. Cuando crezca la niña le contaremos que es católica porque un señor un día a la semana pedía su mixto sin jamón”.

Ya tienen visto local y abrirán otro restaurante en Alcobendas pueblo. El señor en cuestión también se emociono un poco, y recibió una pequeña gran lección. “Iván, que os vaya todo estupendo, que ya no nos veremos”. Y recibió como respuesta: “…ehhhhhh no puedes decir eso, claro que nos volveremos a ver, nos veremos en el cielo; aunque igual no nos reconocemos, que a Jesús no le reconocieron. Cuando en el cielo oiga a alguien que pide un mixto sin jamón, sabre que eres tu”.

Unos pocos meses, apenas una hora al día en un restaurante, y a alguien le hicieron sacerdote, profeta y rey. No, no es un adiós definitivo; volverán a encontrarse.


Me ha hecho pensar en lo poco consciente que soy a veces de que mi actitud puede afectar a otros.

Karina tiene razón

Volver la vista  atrás es bueno a veces, como decía “El baúl de los recuerdos” de Karina. Es bueno cuando identificas desviaciones del camino y cómo las corregiste, la presencia del Señor, las manos de Cristo en las de aquellas que de ofrecieron las suyas, los momentos en los que ensanchamos torticeramente el camino hasta desdibujar la meta. Pero sobre todo es buenísimo echar la vista atrás y recrearnos en los momentos en los que vimos a Dios, sentimos su mirada, nos traspasó por cada poro el Espíritu. El encuentro personal con Dios cambia la vida y la perspectiva de una manera radical, te transforma la vida en Vida. Eso es una realidad incontestable.

Ilumina y produce variaciones insospechadas. Compromete. Incomoda. Alienta. Fortalece. Cambia. Dificulta. Asienta. Facilita. Alegra. Contagia, atrae y es adictivo…

Pero otra realidad, también incontestable, es la tozudez y facilidad para tropezar con guijarros. Pues da lo mismo; cada uno de ellos es una oportunidad nueva para levantarse, sacudirse el polvo del camino y “tirar p’alante” animoso y confiado. Mirar, así, hacia delante es vivir sin temor, que sí, Karina tiene razón. Pero uno, además de torpón, es “preocupón” cuando no hay por qué.

Ayer escuché, en una conversación con mucha gente, que no hay que buscar la gloria ni terrena ni divina y me dije “¿qué se habrá tomado esta persona?”. No buscar la Gloria es no buscar la salvación, y no buscar la salvación es rechazarla para la eternidad. Hay que buscar continuamente la gloria propia y la ajena, es más, buscar la propia buscando la ajena es una vía segura. Y comencé a recordar algunas citas de San Alfonso, de Santa Teresa, de San Felipe Neri, de San Francisco Javier al respecto, y todas me llevaban al mismo sitio: “El negocio de la salvación del alma es el punto más importante de todos los negocios” (San Alfonso). Pero también me vino a la cabeza otra: “La viña del Señor son las almas que nos fueron dadas para que las cultivemos con la buenas obras para que puedan un día ser admitidas en la Gloria eterna”. Y con todo ello llegué a la conclusión de que, muy posiblemente, lo que escuché fuera una frase inacabada. Un no pensar continuamente en alcanzar la gloria, sino que, en lugar de un pensamiento permanente y machacón, llegue a ser connatural a nosotros mismos, de manera que siendo ya permanente en nuestro inconsciente ni reparemos en ello. O es que quizás se tratara de un mero planteamiento puramente filosófico, en cuyo caso cualquier cosa vale, obviamente.

Y a vueltas con ello comprendí, de nuevo, que ese encuentro personal te cambia la Vida de tal forma que nada te es ajeno, de lo contrario me habría dado exactamente igual. La cambia y la complica. Pero llegué a la conclusión de que, en el fondo, todos quieren expresar lo mismo. Lo que ocurre es que yo soy más de “al pan, pan y al vino, vino”; no me gustan nada las indefiniciones estudiadas. Buscar el Reino de Dios y su justicia, en eso estamos, y lo demás, pues por añadidura. Vamos, lo que Francisco, como Papa, tantas veces dice: la Iglesia no es una ONG. Porque claramente no lo es.

En fin, teniendo claros unos conceptos básicos desde la fe, le doy la razón a Karina: mirar hacia delante es vivir sin temor. Otra cosa es cuáles sean esos conceptos; cuáles y cómo se transmitan.


Mirar hacia delante es vivir sin temor cuando comprendes que es el Amor lo que te espera, que es por Amor por lo que nos regala la Redención. Eso te hace vivir sin temor, con dudas, pero sin temor.

martes, 9 de julio de 2013

Del orgullo

Esta mañana he amanecido con la siguiente frase de San Alfonso Mª de Ligorio, de las que casi a diario tuitea mi parroquia, @parroquiaps:  “¿Para qué quejaros de éste o de aquél cuando os habríais de quejar de vosotros mismos por mostrar tan poca confianza y paciencia?”.

Anoche yo me había acostado contento porque, por fin, tras ocho días en el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, mi hija mayor se había recuperado y los cuatro ya estábamos juntos en casa. La pequeña ya no “tenía que imaginar que su hermana dormía en la cama de al lado” para conciliar el sueño. En principio todo estaba en orden. Aparentemente.

Sólo aparentemente, porque yo no estaba satisfecho. Largas “completas”; largas, profundas y duras “completas”. Y amanezco con esa frase como una bofetada. Tengo un amigo sacerdote al que le gusta decir –y no le falta razón- que con el pecado es mejor no innovar. Y voy yo y ¿qué hago al respecto? Ni más ni menos que ponerme a innovar; tal cual.

No sé si es así la condición humana, o simplemente la mía. Parece que cuando vas perfilando aspectos, limando errores, te tambaleas y aparece una nueva arista. Y ha tenido que ser justo esta. En otra persona puede que sirvan justificaciones psicológicas por la tensión, la situación o lo que se quiera argumentar (demasiadas veces se “utiliza” la psicología como justificación cuando no pasa en otras tantas de ser una mera excusa). En mí, en este caso concreto, no cuela. No cuela porque en las situaciones que se me escapan me pongo en Sus manos y… ¡lo que venga!

Si ya lo dijo el propio San Alfonso, que “más vale equivocarse pensando bien que acertar pensando mal”, aunque aquí creo que más bien subyace aquello de juzgar…

Creo que no ha sido ni siquiera falta de confianza. Ha sido más bien la aparición del orgullo: “yo”; “mi” hija; “mi” mujer; “nuestro” amigo. El orgullo que todo lo enturbia. El orgullo que me parece de lo peorcito de los pecados. Ya sé que no he matado a nadie; y espero no haber matado algo. El orgullo que ofusca la razón, disipa la empatía, inclina al juicio y te lleva a darte un monumental golpetazo. Lo peor es que casi se convierte en una bomba racimo, porque mi orgullo puede generar rabia en terceros, y la rabia enturbiar el corazón.

¿Y por qué lo cuento? Bueno, lo primero porque normalmente carezco de ese tipo de orgullo insano, y desde luego no lo tengo para mis defectos. Pero, sobre todo, porque es una estupidez de tal magnitud que quizás alguien pueda verse reflejado y, antes de pisar una piel de plátano similar, puede que se lo piense dos veces; puede que en lugar de quejarse “de éste o de aquél” se queje de sí mismo antes de mostrar poca confianza y paciencia. Si así es, piénsatelo bien antes de hacer daño a otros y a ti, antes de verte como un orgulloso errante en busca de unas manos sobre tu cabeza.

Y a por ellas voy… aunque en esta ocasión bien me merezca, además, un capón. Por orgulloso, sí, pero sobre todo por tonto.

En fin, me voy a quedar con lo que decía Agustín de Hipona de que ni hay Santo sin pasado ni pecador sin futuro. Un maravilloso futuro que compartir.

domingo, 7 de julio de 2013

¡Gracias!

Julián, Joaquín, María, Ale, Oita, Santi, Esther, Dani, Manuel, Pedro, Horacio, Tere, Pilar, Juan, Julio, Lolita, José Luis, Luisa, Dani, Juan Antonio, Sandra, Marta, José Fernando, Ceci, Damián, Susana, Daniel, Faus, Elena, Álvaro, Mª Jesús, Teresa, Fernando, Laureano, Mª Emilia, Mati, Jesús, Marina, Cris, Angelines, Asun, Manoli, Carmen, Yvonne, Miguel, Maira, Marcos, Ana, Nacho, Laura, Irene, Susa, Lucía, Oliva, Keka, Elvira, Bárbara, Suyapa, Inma, Javier, Carol, Pepa, Guida, Mercedes, David, Asunta, Paula, Blanca, Mariángeles, Enrique, Helena, Antonio, Rosario, Carlos, Guada, Patricia, Julia, Jorge, #LaicosRedentoristas, #GrupodeMatrimonios, equipo de #iMisión, personal del #HospitalInfantilUniversitarioNiñoJesús, #amigos y unos cuantos nombres más ¡GRACIAS! Por ser el calor, la ternura y las manos del Señor estos días. "La caridad, la paciencia y la ternura son un gran tesoro. Quien lo tiene lo comparte con los demás". (Papa Francisco). 


¡GRACIAS!


miércoles, 3 de julio de 2013

En un Hospital Infantil

Ayer un buen amigo me dijo una frase realmente tremenda: “el infierno son las urgencias de un Hospital Infantil”. Sé que quería resaltar la crudeza de la desgracia cuando se ceba con los más pequeños, lo sé.

Sin embargo, los días que estamos pasando con mi hija mayor en un Hospital Infantil de la Seguridad Social en Madrid me muestran otra cosa. Veo la Vida, veo Vida en estado puro. Miro hacia atrás y veo todas las veces que me quejé, que me quejo por estupideces; por mucho que en su momento me parecieran montañas no llegan ni a granitos de arena.

Caras de niños de distintas edades con todo tipo de problemas, pero que no despegan la sonrisa de su rostro, que invitan a gozar de la vida, que son esperanza tierna; niños que se te abrazan en cuanto les hablas, que entablan sin pudor y sin respetos humanos conversación a la primera de cambio y “hacen amigos”.

Padres cuya vida está entregada por completo a sus hijos, algunos las 24 horas del día; alguno que duerme apenas cuatro horas desde hace años y cuya prioridad no es otra que las necesidades de su hijo.

Médicos, enfermeras, ats, celadores y todo tipo de personal sanitario que se desvive por el bienestar y la salud de los pequeños.

Un ejército de ángeles que en los voluntarios acercan cada día un viento fresco de ilusión a los pequeños enfermos. Magos, payasos, acompañantes que suplen a las familias para que no se queden solos…

¿Es eso acaso el infierno? Yo lo veo como el mismo cielo. Es donación por el otro, es olvidarse de uno mismo para darse y hacerse inmenso, interminable. Eso es Amor. “El que no está contra nosotros está con nosotros”. Las palabras de Jesús que nos relata Marcos se hacen carne en un hospital infantil. He entablado conversación con alguno de los voluntarios, hemos intercambiado experiencias y llego a la conclusión de que me da igual cuál sea su motivación porque, lo sepan o no, llevan el Espíritu del Evangelio por los poros.

El misterio está en la Encarnación, la Resurrección del Hombre-Dios, la Redención Copiosa para TODOS. Y a su imagen y semejanza está también en un Hospital Infantil. Habrá recortes en Sanidad, pero Cristo entonces, en lugar de recortar, desparrama su Amor sobre un Hospital Infantil. Y éste lleva su nombre: Niño Jesús.

¿Problemas? Date una vuelta por uno de ellos. ¿Problemas? Emplea algo de tu tiempo en servir, en darte, en ayudar a los demás. Si tenías diez problemas, quizás veas que realmente sólo tenías uno –puede que ninguno- y ni te acuerdes de él.

Cristo está en esos niños, en la sonrisa que desdibuja el dolor, en sus ojos que iluminan de esperanza al alma más triste; Cristo está en sus padres. Y un espléndido ejército de Ángeles de la Guarda que en ese lugar se llaman VOLUNTARIOS.

¿Infierno? ¿Problemas? Que no, que tenemos que aprender a enfocar, y hacerlo desde la Fe. 

martes, 2 de julio de 2013

Flashes de Luz

“Quien no se preocupa de los suyos, especialmente de los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que el que no cree.” (1 Tm 5, 8).

Confieso que a mi no me hace ninguna falta una redefinición de “los suyos” ni de “casa”, porque hace años que lo tengo muy claro, aunque a veces parezca que no sepa demostrarlo. Y es extensa, muy, muy extensa.

Desde el viernes pasado llevamos una racha digamos que convulsa en varios aspectos. Pues es curioso comprobar, una vez más, cómo los tiempos adversos muestran la solidez cuando la casa se asienta sobre roca y “se bendice su nombre por siempre”.

El Creador que reclama lo suyo; la decepción profunda y clarificadora, que se erige en bienaventuranza para los perseguidos por causa de la Justicia; la enfermedad aleccionadora en las reflexiones de una niña de 8 años.

Suena el teléfono y recuerdo haber dicho: “estamos en las mejores manos, las de Dios”. Escuché unas lágrimas.

Suena el teléfono y repito la misma frase. Escuché algo así como una carcajada.

Suena el teléfono y escucho la voz de a quien ahora tanto le cuesta comunicarse. 

El Señor empieza a hablar. Casualidades, diosidades que nos asombran en un ambulatorio y que continúan asombrándonos en la sala de espera de un hospital. La bondad que se desparrama desde el piso de arriba. Oraciones que sostienen. Manos que no paran de ofrecerse. Mensajes. Llamadas. Whatsapps. Emails. Cristo se nos presenta como flashes de Luz. Cristo que se hace presente casi a cada paso. Ayuda que en la necesidad se hace real. Jesús que cambia el nombre para llamarse Jorge, o Julián, o Joaquín, o Ale, o Pedro, o Teresa, o Antonio, o Pilar, o Carol, o Santi, o Susana, o Esther, o Enrique, o Gonzalo, o Inma, o Bárbara, o Javier, o Marina, o Maira, o Miguel, o Álvaro, o Faus, o Damián, o Blanca, o Paula, u Oita, o muchísimos otros nombres. Y Julián de nuevo venido de lo Alto. Y el Espino que se hace presente. Adultos y niños. Y en cada nombre, en cada oración, en cada llamada, en cada mensaje, un calor que quema.

Esos son los míos, los de mi casa. Eso es una Familia, la que hoy nos sostiene para seguir scalando.