domingo, 24 de agosto de 2014

Un cura de pueblo

He tenido la suerte de escuchar una homilía extraordinaria, de esas que alientan y hacen pensar, de las que elevan el espíritu, cuestionan y empujan a continuar scalando en familia. Ha sido en la misa de 20:00h del sábado, en la iglesia de San Martín, en Cabezón de la Sal. Don Pedro, el párroco, con una sencillez y rotundidad a prueba de diccionarios y sesudos tratados de teología nos ha estado hablando a la asamblea –pero de manera personal, alcanzando la individualidad de cada uno- de la relación con Jesús. No de algo irreal, no de una idea aprendida y asumida inconscientemente, no. Más bien nos ha planteado a cada uno de los presentes, como una pura entelequia aristotélica, cuál era nuestra relación personal real con Jesús. No una definición exacta ni una respuesta teórica a la pregunta dirigida en presente a cada uno de nosotros …«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», sino cuál es en verdad mi relación personal con Jesús hoy, en mi vida, en mi mundo.

Lo sencillo va tan a menudo de la mano de lo profundo y transcendente que ni lo vemos, ni lo apreciamos. De eso saben mucho los humildes curas de pueblo que, como Don Pedro, desgastan su vida por todos desparramando la Palabra y la presencia viva de Cristo no en un lugar único, sino atendiendo a varios pueblos, aldeas, barrios o parroquias. Vidas a lomos de un animal, subidos en un pequeño ciclomotor o en un destartalado utilitario. Sirviendo a sus feligreses que, quizás en demasiadas ocasiones, ni reparan en su vida real, la auténtica. Demasiadas veces somos ingratos, magnificamos un mal día, nos enmarañamos en chismes sin pararnos a ofrecer nuestro tiempo, nuestra sonrisa, ni siquiera nuestra comprensión, a quien nos regala el Cuerpo de Cristo, nos confiesa, nos bautiza, nos entierra o simplemente sí nos escucha. Demasiado ombligocentrismo y ensimismamiento y poco reconocer a Jesús en nuestro propio cura del pueblo.


Hoy ha sido uno de esos días en los que el sacerdote ha conseguido, como diría mi amigo el Padre Damián Mª Montes CSsR, que yo salga del templo “levitando”. Por eso quiero homenajear, en Don Pedro, el Párroco de Cabezón de la Sal, en Cantabria, a todos los curas de pueblo que entregan su vida, que dan su vida, que regalan Vida a diario, desdoblándose y no precisamente gozando de las mejores condiciones. Muchos son grandes hombres anónimos que no alcanzarán en vida un solo reconocimiento, pero que encontrarán un puesto de honor en la Mesa del Padre. A fin de cuentas, por lo que entregan sus días es porque sus feligreses sepan que ese puesto se nos regala a todos. ¡Gracias!

domingo, 10 de agosto de 2014

Primera Comunión


Cuando el 2 de marzo de 2005 subieron a la habitación de la clínica San José de Madrid a una personita recién nacida, mi hija mayor, casi ni me atreví a besarla; me invadió una suerte de consciencia real de que aquel ser humano no era mío: responsabilidad. Hice una señal de la cruz sobre su diminuta frente y, a continuación, la besé. Era mi hija, sí, pero no en el sentido posesivo. Fui realmente consciente de que era una criatura de Dios, y que fue Él quien nos eligió a mi mujer y a mí como sus custodios. Y, como custodios suyos, la primera idea que del Amor de Dios habría de tener sería el nuestro; la más cercana extensión del Amor de Dios, la nuestra; la más viva y primera presencia de Su Amor, nuestra conducta; la más viva presencia del Reino, nuestra propia vida; la mayor alegría de Su Amor, su propia libertad. Con estas premisas comencé mi temblorosa andadura como padre. En el seno de la familia es donde unos padres pueden hacer real la presencia del Reino en la tierra.

Uno, a veces, se tambalea, duda, tiene miedo. Pero cuando la Meta es clara, cuando la Roca es firme, las torpezas propias y reiteradas del ser humano se vencen. No se vencen por uno mismo, se vencen con fe; la propia y la de los demás: familia, acompañante, comunidad. Mi debilidad me hace tener claro que por mí mismo sería prácticamente imposible recorrer una senda recta por el camino de Cristo.

Desde aquel 2 de marzo al 9 de agosto de 2014, han pasado más de nueve años. No un simple transcurrir del tiempo, sino Vida compartida. En este lapso, hemos tratado de ir preparando a Toya para lo más natural: la Vida. Toya ha ido haciéndose mayor, en un entorno normal, en una Familia normal, con unos amigos normales. Una niña más, normal.

El nueve de agosto, tras tres años de preparación, Toya recibió a Cristo, comulgó por primera vez. Y lo hizo en una ceremonia familiar, especialmente familiar, en una pequeña capilla vinculada a su intrahistoria familiar. Tomada de la mano de Jesús, se hizo una con Él y para siempre. Confieso que me sentí orgulloso. Un orgullo sano y exento de cualquier vanagloria. Nos iremos equivocando, como cualquiera, pero creo que vamos ejecutando el trabajo encomendado de una manera acertada: amarla, enseñarla a amar, hacerla sentirse amada, amando a Dios por encima de todo.

Cristo vivo se hace presente cuando el amor, a pesar de las torpezas, a pesar de los nervios, a pesar de los miedos, se hace presente. Cristo vivo se ha hecho presente los días previos, en los desvelos familiares, en la preparación de la celebración; como se ha ido haciendo presente en el ejemplo de los catequistas que la han ido preparando, en cada uno de los Redentoristas que el Señor ha ido poniendo en su camino. Creo que Toya no olvidará este día. Sé que no olvidará este día. Pido que no olvide este día. No olvidará el cariño y los esfuerzos de su tía Teresa. No olvidará el cariño y las palabras del celebrante; no olvidará que le regaló y puso en sus manos el Cuerpo de Cristo por primera vez. Al acabar la ceremonia, alguien me dijo algo que me emocionó: “qué ceremonia tan, pero tan bonita. Se nota que el sacerdote es de la familia. Se nota que el sacerdote os quiere”. Me emocionó porque esas fueron hace un tiempo las palabras de Toya, que le quería como si fuera “el tío Jorge”. Me emocionó, aunque quien las pronunció no sabe que ese celebrante se da por entero en cada Eucaristía, en cada celebración; como tantos otros.

Es afortunada porque son muchos los redentoristas que la quieren y a los que quiere. Es afortunada porque hay Amor en su vida. Me siento por ello agradecido y satisfecho. Es afortunada porque va haciendo su propia scalada por la Vida y la va haciendo en Familia.

Orgulloso y satisfecho porque el Señor le concedió a mi madre vivir este momento con una nieta más; orgulloso y satisfecho porque comulgó ante Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Sí, orgulloso y satisfecho.

Orgulloso, satisfecho y agradecido porque siento que el Señor me Ama a mí cuando Ama a mis hijas. Agradecido por mi Familia, por mi Comunidad, por mis amigos, por la Vida.


Desde mi debilidad, junto a mi mujer, seguiremos enseñando a Toya a ir por la Vida scalando en Familia. Sólo puedo dar gracias a Dios. El camino continúa.

lunes, 4 de agosto de 2014

Cristo en la calle

Estoy viendo las noticias por televisión y me han llamado la atención dos. Una de ellas bien triste, muestra a unos jóvenes en Estados Unidos que, o tan vacíos o tan llenos de cosas superfluas, se han puesto a buscar nuevas sensaciones rociándose de alcohol y quemándose a lo bonzo; ya ha muerto un chico de 15 años. La otra son las declaraciones del costarricense Keylor Navas, nuevo fichaje del real Madrid, dando gracias a Dios durante varias veces en la breve entrevista, contando cómo pone su vida en manos de Dios.

Un deportista que muestra el espíritu de superación con Dios como centro y unos jóvenes, producto de una sociedad absolutamente decadente, que buscan... Navas es un ejemplo, y para jóvenes como éstos todos debemos de ser ejemplo. Con nuestra vida, con nuestra alegría y nuestra actitud en todo momento, también en las redes, hemos de ser ejemplo de esperanza. A veces también con la palabra, pero sobre todo con el ejemplo. Ejemplo de vidas que alienten y sean signo de esperanza incluso en la adversidad. No con dedos rígidos que señalen actitudes incorrectas, no con cejas levantadas ni ceños fruncidos, no con espanto ante el escándalo sino con caridad y misericordia ante el vacío y la desesperanza. Recuerdo cómo en el Santuario del Perpetuo Socorro, durante la eucaristía de envío para los voluntarios de la JMJ Madrid 2011, el sacerdote que presidía nos dijo tras la Comunión, “sois custodias de Cristo; que se os note, reflejadlo.” Ese fue uno de los momentos que se me quedaron grabados, y es una frase que recuerdo cada vez que comulgo. Nosotros con nuestra actitud, con nuestro ejemplo, con nuestras debilidades tenemos la posibilidad y la obligación de “sacar” a Cristo a la calle, en nuestros respectivos ambientes. Haciéndolo se empiezan a multiplicar panes y peces, a secar lágrimas que no conocemos y a arrancar sonrisas que no veremos; haciéndolo se pueden cambiar cosas aunque no veamos los frutos directos.


Scalando en Familia –con alegría, como diría mi amiga Pepa Garat- se pueden cambiar pequeñas cosas. Yo esta noche pediré por tantos jóvenes vacíos de todo, por tantos jóvenes saturados de lo innecesario.