domingo, 8 de marzo de 2015

P. Pedro López CSsR

Esto de la itineraciancia es complicado, supone una generosísima capacidad de desprendimiento difícil de entender desde el plano meramente humano. Los misioneros itineranentes parten de una visión diferente del común, y esa visión tiene mucho de su entrega inicial, de su entrega total el día de su profesión perpetua. En ese día se desposeen de su vida para entregarla plenamente a Cristo en cada uno de aquellos a quienes acompañaran a lo largo del camino. En una semana, si Dios quiere, mi mujer, mis hijas y yo seremos testigos de esa generosidad absoluta con el “sí” de dos jóvenes Redentoristas, Carlos Galán y Pablo Jiménez, en el Santuario del Perpetuo Socorro de Granada. Desparramarán el anuncio de la sobreabundante Redención con sus palabras y sus actos. Crearán lazos, generarán afectos, sanarán almas, edificarán ánimos, regalarán esperanza y partirán de nuevo a otro destino. Esa será su vida. Como la de todos los religiosos itinerantes.

Hoy, tercer domingo de Cuaresma, en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid, hemos celebrado la Eucaristía de despedida del P Pedro López. Entre unos servicios y otros ha pasado en esa comunidad 19 años. Yo no llevo nada bien esto de la itinerancia. Sé que no es más que por un punto de egoísmo del que no consigo desprenderme, pero esa es la verdad y así lo reconozco. Los afectos y las distancias no dejan de desgarrar un poquito el corazón. No me importa que sea así, es más, me alegro. Eso quiere decir que estoy vivo y siento. Comprendo que cuando uno ha sido un privilegiado por la compañía de un Pastor fiel, en el fondo, ha de alegrarse porque otros puedan también beneficiarse. Y yo me alegro. Pero las despedidas… Con el tiempo sé que el valor del pastor es también una empresa de futuro; el valor no es sólo el del presente, si no las huellas que dejan como surcos. Surcos donde pueda germinar semilla fértil y fuerte regada por los recuerdos y la palabra y compañía de otros; es así como la Palabra florece.

La celebración de hoy ha sido una explosión de Familia, felicidad y alegría. Un templo a rebosar. Niños, jóvenes, adultos, mayores. Familia Redentorista. De la mano de Pedro vinieron mi entrada en el Grupo de Laicos de PS Madrid y mi promesa como Misionero Laico del Santísimo Redentor. Ese abrazo del 18 de julio en el Monasterio Redentorista de Nuestra Señora del Espino, en Santa Gadea del Cid, me acompañará siempre.

En el presbiterio había 12 sacerdotes redentoristas desde los 28 años a más de noventa. Caras de alegría de unos hombres santos. Viéndoles, conociéndoles, queriéndoles se entiende que la llama de las vocaciones en la Congregación del Santísimo Redentor continúe viva, que siga habiendo jóvenes que se planteen su sí al Señor atendiendo a éste carisma peculiar y en ésta Familia concreta. Son gente feliz, normal, atrayente. Un carisma hoy compartido con los laicos en una misión común.


Pedro parte a Granada, a su tierra natal, pero permanece aquí en el corazón de muchos que seguiremos scalando en Familia.

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