Scala News

miércoles, 26 de febrero de 2020

Por #Vosotros


Ya estoy deseando llegar esta tarde a misa para la imposición de la ceniza. No sé si podrá cuadrar en PS o en la parroquia de Aravaca, pero haré lo posible. Lo haré yo y desde Arriba me lo ponen fácil, la verdad. Una reunión imprevista en Madrid a las 4 de la tarde me lo facilitará. Toda una alegría. Recibir la ceniza como un susurro del Señor que me dice al oído del alma que cada vez queda menos para la Pascua… Porque cada vez queda menos.

No sé que es lo que me ha impulsado hoy de una manera potente a querer tener especialmente presentes en este camino de purificación, conversión y perdón a mis amigos perdidos. No me refiero a los muertos, que esos ya vieron cara a cara al Redentor. Me refiero a los perdidos… Ya empezó ese ronroneo en casa hace unas semanas hablando del proyecto Andrómeda, pero hoy es una llamada nítida a pedir por ellos estos días. Y aclaro, no es que estén perdidos, en absoluto. Fueron desapareciendo de mi vida sin hacer ruido, como queriendo que no se notase. Las malas rachas no ayudan a que la gente permanezca a tu lado, y yo hace tiempo las tuve. Casi no quedaron guardianes en las ocho puertas de las murallas, pero los que se mantuvieron son roca firme, de eso no hay duda.

Continúo contando con ellos, continúo rezando por ellos. La vida nos va llevando por caminos diferentes, es cierto. Todo está bien, no hay mayor problema. Pero igual que cuando yo caigo y siempre, siempre encuentro al Señor a mis pies para recomponerme quiero dedicarles mi Cuaresma, pedir especialmente por ellos para que siempre sepan ver al Señor a su lado, donde quiera que estén. Cierro los ojos, y casi queriendo oler los jazmines de Jerusalén se los llevo al Señor a caminar por sus calles. 

Y no hay camino interior sano sin una sana mirada introspectiva. ¿Qué hice yo y cuántas veces para apartarme del Señor? ¿Por qué?

Agachar la cabeza y recibir la ceniza. Alzarla y comenzar a andar. Y brotará la luz como la aurora. Isaías 58, 7-10.

Ahí voy, scalando en Familia. ¿Alguien se anima a caminar conmigo?


lunes, 10 de febrero de 2020

En Sus manos


Anoche me acostaba con la triste noticia de la muerte de David Gistau. No le conocía absolutamente de nada y, sin embargo, era alguien cercano. Una de esas voces que me acompañan a diario en el programa de Carlos Herrera en la COPE durante el largo trayecto en coche desde mi casa a la oficina. Unos 45 minutos diarios cuando estoy en España. Voces que corresponden a personas con historia propia, más allá de la actualidad que comentan o la noticia que nos acercan.

La de Gistau era tan potente como sus ideas, como su verbo y como su inteligencia. Eran mucho más numerosas las veces en las que estaba de acuerdo con su opinión que aquellas que disentía. Hoy me conmueve su pérdida. Me conmueve especialmente tras releer “Del Martini al meconio”, un artículo en el que expresaba su miedo a morir joven para su hijo Luca, o escuchar su voz en una más reciente entrevista en la que insistía en la preocupación de morir joven para sus hijos. No quería que fueran, como lo fue él, unos adolescentes enfadados con el mundo por haber perdido a su padre. Pido por él, que haya visto cara a cara a su Redentor. Y por su familia, por sus hijos. Os animo a unios. 

En el citado artículo manifestaba su intención de dejar de fumar, ergo hacer lo posible por cuidarse para los suyos.

Yo abandoné el tabaco hace más de un año. En ese tiempo aumenté una considerable cantidad de kilos y actualmente me encuentro en proceso de descenso. No obstante, no todo depende de nosotros. Hacemos lo que podemos y lo mejor que creemos. Si yo actualmente me cuido es porque no me seduce nada la idea de dejar a mi mujer viuda y a mis hijas huérfanas, no por el miedo en sí mismo a la muerte, que es algo que tengo bien aceptado como el paso definitivo. No he llegado al “muero porque no muero “de Santa Teresa, pero trato de hacer lo posible en mi vida diaria para que la idea del tránsito no sólo no me asuste si no que la vea como un descanso, un inmerecido regalo, confiando siempre en la infinita bondad del Todo Misericordioso, del Redentor. 


No me preocupa el recuerdo que deje tanto como el amor a mi mujer y a mis hijas, a los míos. La solidez que haya sido capaz de hacer crecer en las dos vidas que el Señor nos dio en custodia; que algo de Él hayan podido ver en mí. Haber acertado a ser un tímido remedo de su Luz sería ya suficiente; seminans ad seminandum.

Trabajemos, oremos y confiemos. Amando. Siempre en gerundio. Scalando en Familia.

Empeño, esfuerzo trabajo, voluntad, son básicos. Pero nada son sin ponerlos en Sus manos y dejarnos llevar mecidos por la fe y acunados por la Esperanza.