martes, 26 de julio de 2016

Desde el Islam


Estamos inmersos en una guerra que ya no es soterrada. El silencio ante la condena de los atentados que se vienen sucediendo en cualquier punto del globo supone una connivencia atroz con el terror. Uno no puede callar, no puede no condenar, sin ser en cierto modo cómplice.

Los estados nación y las entidades supranacionales tienen el ineludible deber de proteger a sus nacionales en primer lugar, de proteger y amparar a los ciudadanos que las conforman. La ley, el imperio de la ley y el derecho deben prevalecer sobre cualquier circunstancia para la defensa de los suyos; defensa con las armas de la ley y el derecho. Encuadrar los derechos humanos, y los derechos de los refugiados es otro deber moral de los Estados. ¿Cuál prima cuando uno pone en peligro al otro? Bajo ningún concepto han de dejarse de lado los derechos humanos, pero el deber de atención a los nacionales es constitutivo del propio Estado. Los derechos de los refugiados deben ser igualmente salvaguardados.

Ahora bien, cuando un refugiado o un solicitante de asilo mata de manera no ya indiscriminada, si no con el objeto de cercenar una civilización y modo de vida concreto, ya no es ni refugiado ni asilado, es simplemente un infiltrado del enemigo, no otra cosa.

Actualmente la guerra contra la civilización y modos de vida occidentales se viene librando en nombre de una manera determinada de entender el Islam, en nombre de Alá. Comprendo que se traten estos temas con pinzas para no dar lugar a equívocos, para no generar explosiones de odio, racismo o islamofobia. Nada de eso está en mi ánimo. Pero es la realidad; una guerra firmada cada día con la sangre de un nuevo muerto. No creo que se pueda acabar con esto sino desde el propio Islam. Aquellos que se dicen islamistas moderados o pacíficos son quienes tienen en su mano las llaves del cambio lento y doloroso. También los de a pie, de igual manera que yo con mi vida soy responsable de expandir el mensaje de Cristo. Aunque también los de a pie se ven en muchos lugares amenazados, torturados y asesinados. Pero son los poderosos quienes pueden poner en marcha el engranaje de filtros y reeducación. Una labor de ingeniería política y social sutil y lenta, pero eficaz.

Bien sabemos lo eficaz que es en Occidente. Esa labor se ha venido desarrollando durante décadas para llevar a la imposición de un laicismo feroz que ha calado en todos los ámbitos de la sociedad, en todas las capas, colores políticos e ideologías (suponiendo que aún perviva alguna ideología). El abono del laicismo lleva a muchos a elevar condenas a la Iglesia o a todo aquello que tenga que ver con la cultura judeocristiana y mirar con ojos de cordero aún no degollado a todo lo que traiga un aire musulmán. Germen cultivado durante décadas para que prenda lo que hoy tenemos con el silencio de demasiados.

Conozco a musulmanes que son realmente personas de Paz. He trabajado con ellos. Otros claramente no lo eran. Como conozco cristianos que son bellísimas personas y otros unos auténticos cretinos; la diferencia está en que de estos últimos, ni los más radicales, no hay uno sólo que mate en nombre de Cristo.

Los Estados, los gobernantes, deben ocuparse exclusivamente del cumplimiento de la ley y el derecho atendiendo al bien común. Son los ciudadanos quienes, de acuerdo a su conciencia, llevarán o no a la práctica sus ideas religiosas. Mi religión me lleva a perdonar, a poner la otra mejilla, a rezar por los asesinos. Mi religión me lleva a acoger, luchar por la justicia social y la concordia. Mi religión me lleva a acercar el reino de Cristo a la tierra. A lo que no me lleva mi religión es a no defender a mis hijas, a mi familia o a mi país. A lo que no me lleva mi religión es a callar y permanecer impasible; me lleva a hablar, condenar y actuar aunque simplemente sea concienciando. Y a rezar; por víctimas y asesinos. Cristo no calló ante el Sanedrín y se revolvió contra los mercaderes del templo; jamás permaneció impasible.

Ayer celebrábamos al apóstol Santiago. La leyenda le sitúa en Clavijo un 23 de mayo del año 844. Leyenda. Pero sin batallas como las de Clavijo o la de las Navas de Tolosa hoy no habría un Papa hablando español en el Vaticano. No se puede releer la historia con cicaterías, escrúpulos ni hipocresías. Tampoco así se puede mirar a nuestro mundo en nuestro momento.

Mi religión es una religión de Paz que nos ofrece el regalo de la Redención. Yo soy un hombre de Paz. Son los musulmanes de Paz, quienes sean y desde sus ámbitos de poder, quienes tienen que ponerse en marcha y a toda prisa para cambiar desde dentro cuantas facciones violentas existan en su seno. Desde Occidente se podrá contener, pero no se puede cambiar si no es desde el propio Islam.

Yo rezo por ellos, por los asesinos, por los muertos que van quedando en el camino y por los gobernantes que tienen poder de decisión y actuación. Lo que no puedo es callar.

Esta es una visión muy simplista, sin duda. Pero yo soy tan simplista que camino mi Vida scalando en Familia.

domingo, 17 de julio de 2016

Redención sin fronteras

Hace ya 32 años, durante el tiempo en el que estuve viviendo en Londres, acudía a misa al oratorio de Bromptom Road, sin embargo, cuando realmente quería encontrarme en “casa” me acercaba a St Mary’s, en Clapham. Allí encontraba el Icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, el mismo Icono ante el que recibí mi primera Comunión en Santander, en mi parroquia.

32 años después han sido mi mujer y mis hijas las que han estado en St Mary’s, y se han encontrado en “casa”. Allí han celebrado la solemnidad del Santísimo Redentor acogidos por la comunidad Redentorista de Londres con el cariño y la simpatía especiales de Fr. Richard Reid CSsR y de todos los religiosos. Han compartido Eucaristía y almuerzo; tiempo. Pasan una corta temporada en el hogar de Nicole y Godfrey Barber, también Redentoristas. Están en “casa”, arropados por un cariño y delicadeza fuera de lo común. Mi agradecimiento es infinito. Infinito.

Hoy es la festividad titular de ésta familia nuestra, y así lo han celebrado, en Familia. La sencillez, bondad y capacidad de acogida va unida al propio carisma tal y como lo han experimentado mis tres niñas.

Yo, por mi parte, lo he celebrado en PS con una Eucaristía celebrada por el inmenso P. Marciano Vidal CSsR. La homilía…. Ufff impresionante. El P. Vidal es claro, nítido, didáctico, apasionado y, además, simpático. De fe robusta y sabiduría ingente. Pero no apabulla a la feligresía con su conocimiento, ni su pasión, ni su fe. Estructura su discurso de manera que todos lo alcancen manteniendo la atención con agilidad. Eleva e instruye.

Ellas en Londres y yo en Madrid, celebrando con la misma Familia a Aquel en quien creemos. Hay cosas con las que el Brexit no podrá acabar… La Redención es abundante, gratuita y no conoce fronteras.

Ahí vamos, estemos donde estemos, scalando en Familia. Y contándolo.


Copiosa apud Eum Redemptio

miércoles, 6 de julio de 2016

Abandoné la Iglesia

“Abandoné la Iglesia cuando tenía 16 años por culpa de un catequista”. Hoy he escuchado esta frase. No la he escuchado simplemente, yo participaba en la conversación. Una charla de café tras la comida entre compañeros de oficina.

La autora de la frase es una chica brillante, culta y una trabajadora extraordinaria. Lo que es más importante es que es una buena persona. Tiene treinta y dos años, luego ha transcurrido media vida para ella desde entonces. Se lamentaba de haber abandonado la Iglesia. Hasta entonces iba a misa cada domingo, participaba en los grupos de su parroquia desde pequeña donde se lo pasaba fenomenal; amigos, gente divertida, camaradería, y muchísima acción social. Ella no fue la única. Me interesé sobre cuál había sido el problema con ese nuevo catequista y, la verdad, me quedé perplejo: les puso a rezar.

Hice un par de reflexiones y guardó silencio. Me sorprendió su afirmación porque yo estoy acostumbrado a todo lo contrario, tanto en PS como en cualquiera de las parroquias, iglesias o santuarios redentoristas. Tampoco conozco nada parecido en los movimientos, parroquias o congregaciones a los que pertenecen amigos, hijos de amigos o familiares. Me dejó perplejo.

Grupos estufa llenos de actividad y vacíos de contenido= vacío. Todo me recordó al Papa cada vez que nos recuerda la diferencia entre una ONG y la Iglesia. Por supuesto que “el que no está contra nosotros está con nosotros”, lo sabemos. Sin embargo, ni los niños ni los jóvenes son tontos por ser niños o jóvenes; todo lo contrario, son esponjas. No enseñar a los niños a orar desde bien pequeños es fomentar la oquedad espiritual, y la oquedad espiritual lleva al vacío existencial. No enseñar a orar a niños y jóvenes en una parroquia es… ni sé qué es ese tipo de parroquia. Enseñar a orar es enseñar al individuo a relacionarse desde lo más íntimo con su Creador; enseñar a orar a un niño es enseñarle a relacionarse con el Amigo más fiel que jamás tendrán. Ir formando a los niños en el conocimiento de la fe y la oración es darles las armas para que puedan encontrar su propio sentido. De ahí se derivarán, o crecerán en paralelo, la solidaridad, la acción social, la fraternidad. Fraternidad de todos, hermanos en el Redentor; todos hijos de un mismo Dios.

Enseñar a orar de manera individual y comunitaria, aprendiendo así el valor de la comunidad cuyos miembros se sostienen unos a otros, cuyos miembros se ponen en movimiento para ayudar a otros. Y todo ello divertido, y con alegría. Superando umbrales de frustración y aprendiendo lo que es el dolor, pero con alegría. Sobrellevando cruces siempre con el asombro de la Redención.

Ni se puede catequizar con el oscurantismo ni se puede catequizar con el buenrollismo vacío. Eso no es catequizar; en un caso es atemorizar y en el otro entretener.

Hoy me acostaré rezando por ella, por ese catequista y por los jóvenes de tantos puntos de España que pasan estos días en el monasterio de El Espino acompañados por Redentoristas ¡Qué suerte tienen!

Hoy mismo, a través de un tuit, me he topado con el artículo que os dejo aquí abajo. Está en inglés, pero viene al pelo para la entrada de hoy. De él me quedo con su último párrafo:

My hope is what’s getting cool is to take our faith in Christ seriously and not to retreat into our arguments or doctrine, but to, together, follow Christ into a faith and lifestyle that can change the world