Scala News

martes, 11 de julio de 2017

Aquí sí hay quien viva

La vida transcurre en comunidades como pequeñas colmenas. A veces uno no es consciente de ello, pero estamos todos interrelacionados. Las comunidades de vecinos son un ejemplo como otro cualquiera. Puede haber líos, desacuerdos, indiferencia o un simple saludo, a veces protocolario, en el ascensor. O pueden existir relaciones más o menos intensas. Es la vida misma. Cada uno decide cómo insertarse en ella; cada uno decide sus pasos. Sembrar o pasar de perfil.

De la mía tenemos grandes amigos. Los Robino son hoy en día unos extraordinarios amigos aunque ya no vivan puerta con puerta con nosotros. Una familia de inmigrantes americanos que forman parte de nuestra vida. 

Mi mujer nació en el edificio donde vivimos, y las cuitas de los vecinos forman parte de su intrahistoria.

En el piso de arriba, por ejemplo, Dios estaba llamando de forma clara. Uno se asombra de estas cosas. Joaquín (el tío Joaquín, como le llaman mis hijas), hará su profesión temporal en la Congregación del Santísimo Redentor el próximo domingo 30 de julio, en la parroquia Santuario del Perpetuo Socorro. Llamado y elegido. Ya me voy acostumbrando a admirar el nacimiento, florecimiento y afianzamiento de vocaciones en la Congregación - ¿a que soy un privilegiado?- pero se me sigue poniendo la carne de gallina sólo de pensarlo. De vecino a amigo y a hermano; si, hermano, aunque haya gente que no entienda que un laico esté agregado a una Congregación, y yo lo estoy como Misionero Laico del Santísimo Redentor.

Marta, otra vecina y gran amiga, testigo de la vida de mi mujer y ángel en los momentos duros del final de su madre cuando era niña. Una mujer fuerte, luchadora, optimista y entregada que ha educado a dos hijos magníficos.

Una comunidad de vecinos es la vida en gerundio, con sus momentos. Algunos son intensos, otros intensos y dolorosos. Ante el dolor ajeno te puedes mostrar como un simple espectador, lo cual indica altas dosis de frialdad, o implicarte y tratar de acompañar, cuando ese dolor no es ajeno porque se hace propio. Recientemente todos nos hemos podido enterar por los medios de comunicación de la tragedia de una familia; en el Valle del Jerte fallecían un matrimonio y sus dos hijas mayores haciendo barranquismo. Escuchas la noticia y te impresiona. Horas después te enteras de que esa familia eran Macarena, José y sus dos hijas de 11 y 9 años, apenas unos meses menores que las mías. Macarena ha sido vecina nuestra. Su madre, Mari Sol, vive un par de pisos más abajo. Aquí vivió Macarena hasta que se casó y con ellos nos encontrábamos cada vez que venían a casa de su madre, aunque simplemente fueran unas frases, intercambio de admiraciones mutuas por cómo iban creciendo nuestros hijos… Ya no están aquí. Ya han llegado. Nacemos para llegar al cielo y ellos nos han precedido. La fe no aminora ni un ápice el dolor, la fe no rellena el vacío, la fe no seca las lágrimas. No puedo dejar de pensar en Sol, acordarme de ella, rezar por ella. La fe ni rellena huecos, ni es un parche. La fe nos da otra perspectiva, ilumina con otra dimensión: la Esperanza. La oración nos ayuda a mantenerla; con la oración acompañamos a otros en sus duelos. A veces, ni sale, otras es lo único que nos brota junto a las lágrimas. Cuando ni siquiera somos capaces de rezar, cada una de esas lágrimas puede ser una oración que nace desde lo más profundo; cuando la desesperanza nos ahoga, esas lágrimas pueden convertirse en pequeñas luces que poco a poco reflejen una Luz mayor que ilumine de nuevo la Esperanza. No puedo ni imaginar la intensidad del dolor, pero lo que si que puedo hacer es rezar, acompañar con mi oración y pedir a los cuatro nuevos miembros de la Iglesia del cielo que acompañen y alienten desde Arriba. Oración, cariño y manos se convierten en sinónimo. Es todo lo que puedo hacer. Es lo que os pido hoy: oración por ellos, por los que se han ido y por los que quedan aquí.


Esta es parte de mi comunidad de vecinos y ¿sabéis qué os digo? Aquí sí hay quien viva. Y doy gracias a Dios por ello.