jueves, 21 de noviembre de 2013

¿me oyes?

Hay rachas raras, durante las que no sé muy bien si uno no oye porque no hay más que silencio o porque sencillamente se predispone a no escuchar; arideces durante las que o uno simplemente no es visto, tal cual, o porque decide, sin hacerlo, apartarse de Su mirada. Son tiempos en los que sientes y entreves que el infierno, más que fuego, puede ser el frío inevitable de la nada: helador horror vacui.


Pero sigues adelante, caminando y descubriendo que aunque todas las líneas son rectas no todos los caminos lo son, que, a veces, un zigzag es el mejor sendero para sortear obstáculos y llegar salvo. En gerundio, siempre en movimiento. Pero con frío.

Y un día, en medio del ruido, aterido, eres consciente de que lo importante es que continúas caminando, buscando, perseverando… En ese momento paras. Paras porque comprendes que únicamente la fe te mantiene en movimiento, y en virtud de la fe, decides coger a San Alfonso de la mano, llevarle a que te acompañe a visitar al  Santísimo (como si necesitaras compañía para eso) y hablarle, casi exigirle… y nada. Pero ahí te quedas, roto por el silencio, y frío. Simplemente contemplas…

…Ahí te quedas en lo que parece un interminable tiempo perdido… en el que por no sentir ya no sientes ni frío. Y, sin venir a cuento, ves una mano de la infancia que agarra la tuya, ves imágenes de un país devastado y niños sonriendo, indigentes tratando de refugiarse del frío real cualquier noche en tu propia ciudad; te ves a ti mismo en gerundio esos tiempos de secano, tus manos; resuena cada una de las palabras con sus énfasis y entonaciones de las únicas cinco conversaciones en una inexistente habitación acristalada, cada uno de los silencios; la lucha incansable de tu mujer, los ojos de tus hijas. Es sólo un instante, en el que el rostro se torna rojo por tus exigencias y, ahora sí, como aquel Alfonso anciano, enfermo y casi ciego a los pies del Sagrario decía “Jesús ¿me oyes?”… repites con él humildemente “¿me oyes?”...

Esa lágrima que lentamente se desliza por tu mejilla te devuelve por contraste el calor; esa llamita imperceptible que te mantuvo en gerundio va calentando poco a poco de nuevo, aumentando la intensidad de manera constante.

¿Que si te oigo? ¿Que si te veo? ¿Qué crees que te ha traído hasta aquí?... anda, pregúntate más bien si me ven y me oyen en ti, y procúralo.

Ya calentito uno recuerda con vergüenza la oración al Cristo del Calvario de Gabriela Mistral. Con vergüenza pero sonriente, con la confianza de que, aunque tiritando, siempre acabaré ante un pedacito de Pan.

lunes, 11 de noviembre de 2013

281 años después

Mientras en Madrid se celebraba la festividad de Nuestra Señora de la Almudena, nosotros íbamos camino de Cuenca, de peregrinación a la ciudad donde los seis recientes Beatos Redentoristas sufrieron el martirio. Un día especial, 9 de noviembre, porque se cumplían 281 de la fundación de la Congregación del Santísimo Redentor por San Alfonso Mª de Ligorio.

No íbamos solamente nosotros, éramos unas 160 personas de tres parroquias redentoristas de Madrid, desde una bebé de meses a ancianos, aunque no voy a ocultar el frío vacío que se sintió de una franja de edad determinada. Por quienes podrían haber ocupado ese hueco recé en la Eucaristía en la iglesia de San Felipe Neri, presidida por el Sr. Obispo. Cada vez rezo más por ellos ante el Santísimo.

No sé cómo llamarlo, la verdad, porque siendo tres (Parroquia Santuario del Perpetuo Socorro, Parroquia del Santísimo Redentor y Parroquia de San Gerardo) lo de peregrinación parroquial parece quedarse corto. Lo cierto es que los nombres dan igual, fue un día en Familia; un día de compartir, de Comunión. Un día feliz de peregrinación y aniversario. 

No fueron los innumerables escalones que ascendimos (lo de “scalando” se hizo físicamente real), ni siquiera los lugares desde donde sacaron a algunos de los beatos para matarles lo que más me impresionó; lo que de verdad me impresionó vino más tarde.

A la noche, ya de vuelta en Madrid, iniciando la preparación de una cena en PS, fallecía un anciano sacerdote redentorista, el P Pedro Núñez. Yo no le conocía de nada, pero eso es lo de menos, la fiesta ya sólo estaba en el cielo para recibirle. Me pareció significativo el día, el ciclo de la Vida en el seno de una Familia y la normalidad absoluta de la muerte que no es fin sino principio; así al menos he aprendido a vivirlo yo.

Al día siguiente, durante la misa de las familias, después de haber rezado un rato en su capilla ardiente, me vi a mi mismo finalizar las preces, micrófono en mano, pidiendo por él y por todos los redentoristas que entregan su vida por cualquier lugar del mundo anunciando la Buena Noticia de la Sobreabundante Redención. Esos ataques de espontaneidad no son nada frecuentes en mí; qué se le va a hacer. Al salir alguien me preguntó si yo le había conocido mucho. Contesté, como siempre, con total sinceridad: “A él de nada, pero conozco a tantos, la fe de tantos, la entrega de tantos que se puede decir que en ellos le conocía a él”. Sí, reconozco que me miraron como quien ve a un loco y no me importa lo más mínimo.

Lo que me impresionó de la peregrinación llegó por la tarde, viendo las fotos del día anterior, la imagen de un puente a rebosar, “soportando” a casi todos los peregrinos al tiempo. Todos esos corazones latiendo por lo mismo, cada uno de su padre y de su madre, pero ahí estábamos todos; por esos seis beatos redentoristas. Todas esas almas cruzando el puente. Ahí estábamos, en el fondo, porque Alfonso de Ligorio tuvo una intuición que se había materializado hacía 281 años. Yo con mi vértigo, sin las gafas y flanqueado por mi mujer y el P Damián, cruzaba tamaño puente 281 años después junto a ciento cincuenta y tantos locos más. Y tras cruzarlo, una foto familiar casi como de un primero de mayo.

martes, 5 de noviembre de 2013

Ya está preparado

Pobre, lisiado, ciego, cojo… escuché su voz y me sentí invitado… y rico y sanado y con vista. ¡Qué importante es traer a la memoria esos momentos! El recuerdo vivo de una experiencia así centra, y empuja de nuevo. Ayer leí un tweet que venía a resaltar la importancia de compartir ciertos momentos con personas que son referentes pastorales. Cuando se unen ambas experiencias y se hace en Familia la consecuencia es que uno recorre kilómetros levitando, con el depósito lleno, a toda potencia y como si lo hiciera con los neumáticos nuevos; porque hay pinchazos que son señales.

Y con tamaño estado de ánimo, ardiente en el espíritu, uno se para ante las lecturas de hoy con la pretensión real de ponerse al nivel de la gente humilde, de los pobres, lisiados, ciegos, cojos…y ser como el criado anunciando lugar en el banquete con la misma insistencia con la que su Señor desea ver la casa a rebosar. No caben excusas para uno mismo, la invitación está hecha, y para quien la recibe no caben excusas. Es nuestra opción en plena libertad acudir o no. Como también lo es, viendo que el Señor insiste y que queda lugar en el banquete, buscar, anunciar, contar que el banquete está ahí y todos tienen sitio en la mesa.

No se trata solamente de ser invitado y acudir, sino de ser invitado e invitar poniendo para ello los dones y con toda la naturalidad del mundo, sin farsas, sin intenciones espurias, aborreciendo lo malo, sin mayor pretensión que la de compartir con todos la Buena Noticia de la Redención.

¿Sentimos que nuestro nombre figura en la invitación? Porque ahí está escrito, como lo está en la palma de Sus manos. ¿Nos sentimos invitados? ¿Acudimos? ¿Nos excusamos?

Y si decidimos ir ¿Cómo lo hacemos? ¿Sólos? Pues la verdad, hacer el camino sólo es infinitamente más aburrido, puedes incluso perderte y no llegar. Además, intuyendo lo que habrá en el banquete ¿Cómo no querer compartirlo? ¿Cómo no querer que otros lo disfruten? Al menos contémoslo y que cada cual decida en consecuencia, pero conscientemente.  Tratemos de eliminar el “mí”.

¿Te sientes invitado? Yo lo estoy, y tu también. ¿Te vienes conmigo, con nosotros? La casa es enorme y aún queda sitio… Hagámoslo juntos. ¡Anímate!