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domingo, 11 de marzo de 2012

Una Cruz procesional y una aclaración necesaria


Una Cruz procesional, veintisiete niños, un sacerdote Redentorista y una iglesia abarrotada de fieles. No eran las 11,30 en punto, pasaban ya algunos minutos, cuando daba comienzo la Eucaristía de las familias en la Parroquia de la Inmaculada, en el Alto de Miranda de Santander con un Via Crucis especial, porque fue preparado el viernes anterior por los propios chavales, y cada Estación estaba señalada por un dibujo hecho por ellos mismos. No es mi Parroquia – esa está en Madrid y es el Santuario del Perpetuo Socorro-, pero quien llevaba la Cruz Procesional era yo, y entre el grupo de niños que la seguían estaban mis dos hijas. En Santander, mi ciudad natal, casi nadie conoce a esa iglesia por su nombre, sino que todo el mundo se refiere a ella como “los Redentoristas”. Fue mi parroquia en mis años de infancia y juventud, allí recibí mi Primera Comunión de manos del P Benigno Colinas, y tengo muchos y gratísimos recuerdos entre esas paredes. Pero hoy yo estaba simplemente feliz, y me sentía verdaderamente en casa porque era una parroquia Redentorista; punto. Ya no conocía a un solo feligrés, pero estaba en casa. Quizás por sentirme parte de esa Familia, y hacerlo excede a la adscripción a un lugar concreto.

Yo me siento así, y hay gente que debe intuirlo con nitidez, porque ha dado lugar a un pequeño e intranscendente equívoco. Unas queridas amigas religiosas me han visto como lo que no soy en realidad. Puede que en ocasiones uno no sea más que un reflejo de sus propios deseos; eso es todo. Pero en el fondo, aún teniendo que hacerlo en conciencia, me ha dado pena deshacer el entuerto. Pero había que hacerlo, porque no es bueno sustentar irrealidades que equivoquen a la gente; es innecesario y absurdo. Eso sí, pongo en manos del Señor aquello a lo que yo no alcanzo, confiando en que lo que yo no puedo Él lo podrá por muy difícil que me parezca.

Y mientras tanto, más que al tran tran, con el mismo empeño y con la misma ilusión y con toda la entrega de la que sea capaz.

domingo, 4 de marzo de 2012

Cristina Gómez


Se llama Cristina, es estudiante de medicina y es catequista en mi Parroquia. Una mujer con una entrega incondicional, una voluntad incorruptible y una generosidad sin límites; todo ello sustentado en una fe consciente, firme, segura y cimentada a prueba de cualquier vaivén. Ahí está contra viento y marea, domingo tras domingo, en la misa de 11 en PS, guitarra en mano ofreciendo lo mejor de sí misma para animar la Eucaristía de las Familias, entregándose por todos los niños. La guitarra entre sus brazos, y la mano derecha sobre las cuerdas acariciando con cada acorde a cada uno de esos chavales. El Amor que irradia su sentido de la responsabilidad es cuando menos sorprendente. Tanto como lo es el armonioso amueblamiento de su cabeza.

Son muchos jóvenes más los que entregan su tiempo y con él su vida en la parroquia -donde además crecen y nutren su fe-, pero hoy la quiero nombrar especialmente a ella, porque me he dado cuenta de que su corazón es tan grande que casi se podría decir que ocupaba todo el Templo. Sin dobleces, sin ambigüedades.

Cris es todo un ejemplo para los catecúmenos, no sólo en su faceta de formadora y transmisora de la fe, sino además como modelo de sentido del deber, esfuerzo, tesón y gratuidad. Ella atesora los valores de la Comunidad en la que sirve.

Uno no puede sino agradecer a los Redentoristas y al equipo que trabaja con ellos toda su labor, porque los que allí acudimos somos unos auténticos privilegiados. Este invierno unos amigos nos comentaron a mi mujer y a mí cómo tuvieron que sacar a sus hijos de la parroquia en la que se preparaban para la Primera Comunión porque su catequista ni creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía (entre otras cosas que no me apetece ni mencionar). A parte de entristecerme por ese individuo y no entender qué hace una persona que no comparte la fe siendo catequista en una comunidad católica, me hace ser consciente de que mi familia y yo tenemos un tesoro del que formamos parte. Como alguien que les conoce y quiere me siento orgulloso, y como padre, seguro de en qué Familia crecen mis hijas.

Y una resplandeciente piedra preciosa de esa joya, con una talla inusual y una transparencia incomparable, se llama Cristina Gómez.

¡Gracias Cris!

domingo, 29 de enero de 2012

Niños y Vida Consagrada

Me resulta curioso comprobar cómo lo más sencillo nos conduce de una manera silenciosa a lo más profundo de nosotros mismos.
Este fin de semana he estado ayudando a mi hija mayor a hacer un pequeño trabajo para su colegio. Estudia en un centro dirigido por Consagradas del Regnum Christi y Sacerdotes Legionarios de Cristo. Esta semana que entra la dedicarán a las vocaciones con una campaña entre los niños de Primaria bajo el lema “En mi familia conocemos y queremos a los sacerdotes”. Todo ello centrado en el día 2 de febrero en que la Iglesia celebra el día de la Vida Consagrada.
Lo cierto es que para ella misma, dentro de la inocencia de una niña de seis años, ha resultado fácil. Y lo ha sido porque en nuestra casa tenemos la suerte de que el trato con religiosos es algo que fluye de manera tan natural como el respirar. La idea del colegio me ha parecido buenísima, porque no todo el mundo tiene la misma suerte, y acercará a muchos padres a una generosa realidad de la Iglesia a través de sus propios hijos. De hecho resulta casi sorprendente ver cómo para unas niñas pequeñas, lo que se plantea como un ejercicio extraordinario, es simplemente natural, porque ellas mismas se sienten parte de la Familia Redentorista, y como a tales los quieren. Pero la naturalidad de la vida diaria lleva con la misma naturalidad al compromiso y a un modo de vivir y, por lo tanto, transmitir que ya no puede ser casual. Tanto en el actuar de una niña de cuatro años como en el de un señor de 45. Haber conseguido esto no es simplemente por empeño de unos padres, lo es como génesis por la propia vida de unos misioneros descomunales, su ejemplo, la forma en la que llevan la Buena Nueva desde el instante mismo en que comienzan a sonreírte antes de hablar.
El Espíritu no es casual cuando sopla, y el día en que a mí me llevó a ellos lo hizo con mi carga histórica y biológica. Que yo cayera de bruces ante ellos y su carisma no necesariamente significaba que lo hiciera el resto de mi familia. Pero un día llega tu hija del cole con esos deberes y es como si terminaras de ponerle la última pieza al puzzle, mostrando una imagen tan hermosa como jamás habrías podido llegar a soñar. El Espíritu me llevó a un innombrable y hoy su nombre no se cae de la boca de mis hijas. Y, además, mi mujer es catequista en PS y uno se siente diluido en su propia normalidad.
A medida que nos parábamos a pensar cuál es nuestra relación con ellos iba quedando claro que – salvando las obvias distancias- nos resultaba muy difícil separar con palabras lo que el corazón une de manera permanente, con lo que llegamos a la conclusión de que más que un “ellos” lo que realmente sentimos es un “nosotros”.
A mi me ha servido para reflexionar, y solamente encuentro como conclusión una serena felicidad; el agradecimiento ha dejado paso a algo muy diferente. Muy, muy distinto. Quizás porque sale de tan adentro que lo asumo como una identificación y deseo de implicación.
Y a través del trabajo de mi hija he recordado a los miembros de mi familia y de la de mi mujer que un día decidieron consagrarse al Señor como Carmelitas, Escolapios, Jesuitas, Hermanas de la Caridad o Esclavas.
Por un momento he pretendido imaginar un mudo sin religiosos y me ha aterrorizado lo que he visto. La imagen es espeluznante tanto desde el punto de vista espiritual como humano. Tres cuartas partes de la humanidad sin evangelizar, sin conocer a Cristo. Leprosos abandonados, enfermos de sida muriendo en soledad, niños sin educar, jóvenes sin instruir, bebés a su suerte, ancianos de los que nadie se acuerda, prostitutas sin atención, oprimidos sin que nadie reclame justicia por ellos, personas esclavizadas, moribundos enfrentándose a la muerte o solos o aterrorizados por un Juicio. Una Redención sin anunciar.
Eliminemos a los religiosos de la faz de la faz de la tierra y habremos eliminado a parte de mi familia.
Eliminemos a los religiosos de la faz de la tierra y nos encontraremos algo parecido al infierno en la tierra.
Unos sencillos deberes escolares para recordar a unos padres quién y cómo propaga la Palabra.

miércoles, 11 de enero de 2012

De un roscón sin gluten

La celiaquía es una enfermedad autoinmune crónica que hace que el organismo de quien la padece desarrolle distintas respuestas anormales ante la presencia del gluten, proteína que se encuentra sustancialmente en algunos cereales como trigo, centeno, cebada o avena; sin control puede derivar en diferentes patologías. Esto se complica porque muchísimos de los alimentos contienen gluten directamente en su composición, o los aromas, esencias o conservantes están realizados usando gluten, además de la contaminación cruzada en fábricas, restaurantes, comedores de colectividades o las cocinas de los propios hogares.
Cuando el miembro de la familia que padece la enfermedad es un niño la vida por un lado se desarrolla de una forma más natural que cuando el diagnóstico se realiza a un adulto, porque aprende a vivir con ello, pero por otro la tentación de chuches, chocolates, postres es casi continua, y aprender a vencerla es una tarea casi tan ardua como la continencia. Por suerte hoy en día podemos encontrar casi de todo exento de gluten, lo único que se resiente es el bolsillo, porque el precio de la cesta de la compra de un celíaco es más de tres veces superior a la de quien no lo es. A pesar de la gran cantidad de productos a nuestro alcance, los hábitos familiares cambian. En nuestro caso el gluten ha desaparecido de manera radical de nuestra casa, y solamente nos permitimos su entrada en situaciones o épocas especiales. Una de ellas ha sido la Navidad.
Mi mujer se va haciendo una experta repostera, casi de laboratorio, porque el uso de harinas y levaduras especiales obliga a una prueba/error casi continua hasta dar con la receta adecuada para que el resultado sea un bizcocho, una tarta, o unas galletas lo más apetecibles posible. Aunque ya se difumina por la popa la estela de ilusión dejada por los Reyes Magos en los niños, continúa para mí resplandeciendo el empeño de María para que nuestra hija pequeña pudiera disfrutar de un roscón “lo más roscón” que pudo. Estaba feliz sentada a la mesa con todos y comiendo como todos un roscón con sorpresa incluida. No habría pasado más si no lo hubiera conseguido porque se conforma sorprendentemente bien con su realidad.
La aceptación personal, la normalidad dentro de lo inusual, de la propia realidad individual es producto de la educación y de la manera de ser de cada uno, pero también de la sociedad. Y se nota que en este aspecto la sociedad evoluciona positivamente; cada vez es más habitual que en los cumpleaños o fiestas infantiles los padres tengan en cuenta que entre los invitados hay niños que no pueden comer de todo, y hacen lo posible por encontrar todo tipo de chuches sin gluten. Se agradece.
Hay otra Madre que también hace lo posible por atender las necesidades de sus hijos, la Iglesia, aunque paradójicamente lo tiene más difícil. Me refiero obviamente a la Comunión, y al acceso a Ella por parte de los enfermos celíacos. La Iglesia es administradora que no dueña de los sacramentos, por lo que en lo que a éste respecta no puede cambiar la disposición del propio Cristo, de modo que sólo se pueden utilizar pan y vino. Lo tiene más difícil porque hoy por hoy, para que realmente sea pan la hostia que se consagre debe necesariamente de contener gluten, de otra forma no se consigue la panificación; es decir, las hostias especiales “quibus glutinum ablatum est” son materia inválida para el Sacramento. Sin embargo, en 1995, siendo Prefecto para la Doctrina de la Fe el Cardenal Joseph Ratzinger, se aprobó el uso de las formas con una mínima cantidad de la dichosa proteína. No obstante, en nuestro caso esto no es suficiente dado el alto grado de sensibilidad; necesitará incluso un cáliz distinto para poder comulgar con vino. Será posible para el día en que reciba su Primera Comunión, pero no habitualmente. Aún queda mucho tiempo, quizás el suficiente para que la ciencia avance, o, como soñar es gratis, para que se produzca una redefinición de qué es realmente pan.
Todavía le queda seguir creciendo sana y feliz, pasar por la preparación para ese día de manos de los catequistas de la comunidad Redentorista del Perpetuo Socorro, aprender a encontrarse con Cristo día a día. De momento, gracias a su madre, este año ha podido disfrutar de un estupendo roscón.

sábado, 7 de enero de 2012

Mi regalo de Reyes

Ya hemos recogido juguetes, hecho maletas y lo tenemos todo preparado para regresar a Madrid, a casa, tras haber vivido unas Navidades estupendas. El Niño entre nosotros proporcionándonos calor de hogar en familia, y el contacto con otra Familia que nos llega por el ordenador y el teléfono móvil (aunque solamente fuera por esto, ya soy un fan incondicional de las nuevas tecnologías y de las redes sociales).
Calor en el día a día, intensificado en las fechas clave. La felicidad de mi madre viendo a mis hijas cómo disfrutan en casa de los abuelos; los nervios de mis hijas escribiendo la carta a los Reyes; las uvas en un cuarto de estar a estallar de gente, entre los presentes y los que aportábamos en nuestros corazones; la entrega de los deseos a Melchor y Baltasar que, como son Magos, saben perfectamente cómo nos hemos portado a lo largo del año y lo que nos merecemos o no; la comida en casa de mis padres con el P José Luis regalando a nuestras vidas bondad, inteligencia y un incomparable sentido del humor (y lo que a mí me pareció casi satisfacción por su parte escuchando a las niñas cómo quieren a un innombrable "-pues os monto  en el coche y nos vamos los tres a verle a Ganada", dixit-), cargado de anécdotas sobre personas a las que quiero como mi Familia; la inquietud expectante de anoche; la preparación y colocación de los regalos, el picoteo para Sus Majestades y el agua y la comida para los camellos.
Y hoy el día D para todos los niños sea cual sea su edad. Confieso que este año los Reyes, por muy Magos que sean, se han equivocado completamente, porque ni de lejos he sido lo suficientemente bueno a lo largo del 2011 para el reglo con el que me he encontrado esta mañana: la emoción de mis hijas al despertar; las caras atónitas al entrar en el salón y la emoción desatada al abrir los paquetes; la emoción incontenida de María; los ojos, los ojazos negros de mi madre disfrutando del espectáculo (una niñuca de setenta y siete  años con la sonrisa y la mirada de una chiquilla de siete). Poder contemplar algo así es el mejor regalo para cualquier marido, para cualquier padre, para cualquier hijo. Y todo sucedió alrededor del Misterio con una vela prendida a los pies del Niño.
Mientras veía semejante espectáculo no pude dejar de recordar algunas escenas de estos días: la cena de Nochebuena; la Misa del Gallo; un gran hombre sentado a mi lado en una Eucaristía de 9 en PS antes de que acolitara y el inmenso Pastor que la presidió; un chaval solo ante Melchor. Ese chaval lleva en mis oraciones desde que le vi, completamente solo, darle su carta al Rey. Debería de tener unos nueve años, iba sin compañía, y simplemente le dejó el papel sin mediar palabra; pero la cara que vi irradiaba felicidad y esperanza. Él ha hecho que esta mañana, en la Misa de Niños de los Redentoristas de Santander, le tuviera presente junto a todos aquellos que esta mañana no han tenido regalos, con todos los que esta mañana no han tenido una familia con la que compartir ni siquiera la nada.
Ya está todo listo para partir mañana hacia casa. Mis manos están preparadas para el 2012.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El Cardenal Tarancón

Me pareció magnífica la película que anoche emitió la primera cadena de RTVE sobre el Cardenal Tarancón. Un hombre extraordinario en todos los sentidos. Además de haber leído hace tiempo sus memorias, recuerdo con bastante nitidez aquellas fechas aunque por mi edad quizás no debiera, lo recuerdo por la intensidad con la que se vivió en mi casa –como imagino que en casi todos los hogares de España-, y porque siempre hemos convivido los pequeños con los ancianos escuchando de manera natural todo tipo de conversaciones. Eso es algo enriquecedor y de lo que disfruto con mis hijas cada vez que venimos a Santander a casa de mis padres.
Pertenezco a una familia esencialmente liberal por ambas ramas y esta tarde ha surgido la conversación sobre el Cardenal con mis padres y algunos tíos, lo que ha dado lugar a todo tipo de batallitas que casi me evocaban escenas de película, como cuando un hermano de mi padre de 83 años contaba cómo a los 11 años, en el colegio les dejaron a todos un día sin recreo para formar filas frente al Padre Prefecto y varios representantes de Falange para que se alistaran al Frente de Juventudes y de los cerca de 800 alumnos solamente 13 no lo hicieron, entre ellos mi padre y mis tíos paternos y materno. Ocurrió en casi todos los colegios, pero no así en el de mi madre; se nota que las monjas de su cole eran francesas.
Supongo que a mis hijas todo eso les suene a ciencia ficción, gracias a Dios. El caso es que todos elogiaban, como lo hacían en su momento, la figura de Tarancón. A mi se me ocurrió hablar del lamentable papel de gran parte de la jerarquía de la Iglesia española, que no de los sacerdotes y religiosos de calle; todos de acuerdo. Continuaban con las excelencias de gran liberal de D. Vicente en lo personal y en su faceta colateral de político. Llegado este punto yo opiné, que independientemente de la visión política, fundamentalmente intentó aplicar la doctrina de la Iglesia y que comenzara a hacerse efectivo el Concilio Vaticano II, acabar con una jerarquía eclesiástica con muchos puntos en común con la actual Iglesia Oficial china aunque por el otro lado (porque la potestad en el nombramiento de los Obispos por parte de Franco….., en fin, sin comentarios). Pues ese simple comentario hizo torcer el rostro de uno de mis tíos; sí, el laicismo hace estragos.
Sin embargo, una visión que trata de ser abierta y comprensiva (admitiendo poder estar equivocado) casi puede parecer retrógrada ante determinadas personas que pretenden retorcer el mensaje del Evangelio hasta hacerlo casi irreconocible para adecuarlo a ciertas situaciones sociales injustificables (y no pienso únicamente en la hermana Forcades…).
Hombres de Iglesia como D. Vicente Enrique y Tarancón han contribuido de una manera esencial –aunque no siempre visible- a que hoy podamos disfrutar de las libertades actuales, alentando las conciencias desde púlpitos y confesionarios.
Lo malo de este país es que damos demasiados bandazos, lo que, una vez más, me hace darme cuenta de lo inmensamente afortunado que soy pudiendo vivir mi fe entre la entregada y siempre sensata familia Redentorista.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Parroquia de La Inmaculada, Alto de Miranda; sí, Redentoristas

Mini puente en Familia. Nada más entrar en casa de mis padres y ver cómo mis hijas iluminaban la cara de mi madre, le di a mi padre una cierta cruz bendecida por un sacerdote amigo; verle agarrado a ella llevándola a la vista, además de hacerme sonreír porque parece un obispo con la Cruz Pectoral, me llena de orgullo. Llegamos de Madrid a Santander el día de la Purísima, con lo que teníamos claro que siendo la Patrona de los Redentoristas nuestra misa no podía ser en otra iglesia que en La Inmaculada, en el Alto de Miranda.
El viernes disfruté de una mucho más que agradable y abierta tarde con un inmenso misionero de esa Congregación. Ha empezado a acompañar a mi padre casi de la mano del sacerdote que me acompaña a mí; eso me llena también de orgullo. Quizás no esté bien que así sea pero es lo que hay. Hay cosas que son como son. Ya le conocía porque habíamos coincidido en alguna ocasión en Madrid, pero la del viernes fue una conversación profunda, sincera y muy divertida. Un corazón, el mío, al aire entorno a unos cuantos cafés. Espontánea y sin dobleces. Y otro corazón, el suyo, curtido en el Amor y la entrega en la Misión. Bondad, inteligencia y humor a raudales.
Sentarte a hablar con un Redentorista, incluso aunque apenas le conozcas, es como continuar con una conversación ya iniciada, como si tu interlocutor formara parte de tu vida desde siempre. Sin medir las palabras, sin miedo a hablar de más ni a meter la pata (y últimamente me estoy especializando en esto por muy buena intención que tenga). Te parece sentir el fuego de una chimenea y escuchar el crepitar de la leña porque se genera una sensación de hogar casi de película. Y despedirte te deja un cierto sabor a algo inacabado, a haberte dejado algo, casi como reflejo del deseo de que no termine nunca, o como simple excusa para poder continuar en otra oportunidad.
Más allá del cariño a las personas, y bien sabe Dios que lo tengo por alguno en concreto, se produce una suerte de identificación profunda y sincera que te implica y autocompromete. Una conexión no simplemente voluntaria, una conexión que no se inicia en uno mismo si no que es acogida como venida de fuera con un gozo sorprendente. Y se expande a tu entorno con una felicidad que a veces no entienden. Alegría sin ruidos. Ni unos entienden la autoimplicación ni otros la felicidad.
El caso es que de la mano de éste Padre he tenido la fortuna de recorrer cada rincón de la casa, me han abierto cada hueco, mostrado cada esquina. Ni siquiera flotaba: estaba andando por allí como si ya lo hubiera hecho antes. Saber que comenzaré el 2012 comiendo con mi mujer junto a la Comunidad es una nueva causa de felicidad.
Una tarde inolvidable junto a un párroco del que no quisieras despedirte.
Y la misa de niños del domingo –obviamente en el mismo lugar- ha terminado de poner la guinda de un puente exclusivamente familiar. Qué idea más buena la de dar a los niños, plastificado, el CREDO, para que puedan ir memorizándolo e interiorizándolo de forma natural, que para algo es nuestra profesión de FE.
Y todo gracias a Dios, y a alguien a quien ni nombro pero que es, por encima de todo, un pedazo de Pan.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Buen Adviento a todos

Ayer comenzamos el Año Litúrgico. Adviento, un tiempo de preparación y esperanza para la gran Venida. La celebración en la Eucaristía de las Familias en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid fue entrañable. Esta misa de los domingos se ha convertido en algo diferente a una misa familiar, ha tomado un rumbo claramente dirigido hacia los más pequeños y eso creo que nos ayuda a los mayores a tratar de hacernos como niños, a alcanzar un punto óptimo para ser conscientes de que no hemos de dar nada por sabido  respecto a lo aprendido. Escuchar lo que les dicen es escuchar lo que nos dicen, nos acerca a la inocencia que con el paso del tiempo y la madurez quizás hayamos perdido. Verles implicados y entusiasmados es un enorme impulso de esperanza; esperanza en la Venida y esperanza en uno mismo. Esos chiquillos entusiasmados me recuerdan que un día fui así, ergo la luz de la esperanza y la ilusión infantil aún brilla en cada uno de nosotros. Sólo es cuestión de buscarla, de esforzarnos en recuperarla, y hacerlo engrandecida con la madurez de los años y el conocimiento. Ahora que estoy embarcado en la carrera de Teología, me doy cuenta de lo importante que es la profundización en la fe; conseguir combinarlo con la candidez, la ilusión y la esperanza de un niño es casi como la cuadratura del círculo espiritual.
Un tiempo de preparación, meditación, oración y alegría. La Comunidad Redentorista nos ofrece la posibilidad de rezar con ellos Laudes y Vísperas durante este tiempo. Cuando cada mañana, Diurnal en mano, rezo Laudes lo hago con el convencimiento de no estar sólo, de hacerlo acompañado y acompañando a todos los que en cada lugar lo hagan en ese mismo momento. Pero esta mañana, en la Capilla, con parte de la Comunidad Redentorista, ha sido algo simplemente especial. Orar allí con ellos le hace a uno sentirse parte de nuestra Iglesia en una Comunidad para la que no tengo palabras. No es sólo una actitud, una disposición para esta época, verme ante el Señor rezando Laudes con los Redentoristas y el resto de laicos que ahí estábamos, escuchar las primeras palabras del P Olegario….. en fin, el corazón abierto de par en par.
Un tiempo de preparación personal, matrimonial, familiar y comunitaria. Uno no puede vivir la fe sin hacerlo con los demás, porque el convencimiento, le fe y la felicidad te llevan a querer, por encima de todo, experimentar de una forma nueva el siguiente verbo: COMPARTIR.
Ser un padre de niñas pequeñas implica la responsabilidad gozosa de la transmisión de la fe, combinarla con la ilusión infantil pero abstraída del mero consumismo. La grandeza, la alegría no está en las tiendas, está entre pajas en un pesebre. Y está en los demás, en darse y compartir con el que no tiene nada y con el que cree que lo tiene todo también, porque entre ellos los hay inmensamente pobres; tratar de hacerles ver que Dios no espera unas manos llenas de cosas si no llenas de Amor, unas manos limpias por puras pero embarradas por ayudar al otro.
En ese camino estamos, y desde ese camino os deseo a todos el mejor Adviento posible.

lunes, 3 de octubre de 2011

Hoy la Viña estaba en PS

El domingo por la mañana vivimos una preciosa eucaristía en PS. La primera presidida por el nuevo equipo responsable de la catequesis infantil: el P Juan Antonio y Damián un joven y entusiasta Redentorista. Y con ellos una parte del incomparable equipo de catequistas; algo de encuadre dentro de la Comunidad Parroquial como familia, no sólo de manera individual. Estar ahí, como esposo, como padre, en mi Comunidad ha sido algo realmente armonioso; engrandecido por el segundo plano: ver a María en representación de esta pequeña familia saliendo con nuestro Libro de Familia en las ofrendas me ha resultado extraño. Extraño por inusual dado el carácter de mi mujer, extraño por lo hermoso, y extraño por lo significativo. Pero precisamente por todo ello grande y hermoso.
Saberme a los pies del Altar con Toya, Paula y María sujetando los carteles que nos habían dado con la frase “La Familia es la viña del Señor” es algo pleno de sentido más allá de la frase y que, por el momento que estoy viviendo, hizo que todo yo estuviera tratando de absorber cada sensación, de interiorizar cada palabra, de impregnarme de cada rostro. Algo para no olvidar jamás. Pleno de sentido más allá de la frase porque yo era consciente de estar conformado en una familia más amplia; y ahora en bloque, con mi mujer y mis hijas. Una familia dentro de otra viéndose ampliada, conformada y sostenida. Tenía frente a mí a la feligresía mientras el Padre continuaba con la homilía, y yo al escucharle no podía dejar de ver a gente querida, mayores y jóvenes a quienes en poco pero intenso tiempo he podido ir conociendo y queriendo. Mayores entregados por la Comunidad parroquial y unos extraordinarios jóvenes con todo el entusiasmo y la pasión de su edad, cierto, y con toda la fe, todo su empeño y todo el cariño de sus corazones. Lo pueden llamar como quieran, pero eso es también una familia. Y nosotros allí; para mí todo un símbolo, porque cuando mis hijas tengan edad de estar en esos primeros bancos del coro nosotros habremos alcanzado ya “una cierta edad” que dirían en Francia para no llamarte viejo. Y quizás alguno de los chicos del coro sea padre de familia en esta misma comunidad o quizás alguno esté implicado de una manera aún más intensa e imprescindible. Y yo a esas personas, le choque a quien le choque, le pese a quien le pese, las quiero. Y me he sentido enormemente orgulloso de estar ahí con mi mujer y mis hijas, a los pies del Señor y entre ellos. Orgulloso, agradecido y satisfecho por que puedo proporcionar a mis hijas la vivencia de la fe, más allá de nuestro hogar, en el mejor entorno. Y con el ejemplo de unos jóvenes que serán referente para ellas.
Y ni siquiera ha sido el inicio. Ha sido, como dijo Damián el tímido arranque de la locomotora. Iremos viendo qué es lo que nos va trayendo el curso; sea lo que sea, aquí en casa, en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid será algo alegre, sorprendente y hermoso. Porque vendrá de la mano de la Familia Redentorista, y la Familia es la viña del Señor.