domingo, 18 de octubre de 2015

Caballo de Troya

Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: No todos vosotros estáis limpios.” Jn 13,11

Un infiltrado en sus filas, Jesús sabía que había uno, y quién era. Lo sabía y compartió el pan en la Última Cena. Judas era ya el pecador que entregaría a Cristo aunque aún no hubiera perfeccionado el contrato, y el propio Cristo, sabiéndolo, lo sentó a la Mesa.

Infiltrados los hay también hoy en la Iglesia. Infiltrados los hay también en los campos de refugiados. ¡Claro que los hay! No creo que nadie dude de eso. Y por supuesto que es labor y obligación de los Gobiernos y los Estados proteger y defender en primer lugar a sus nacionales. Es una obligación natural y no deberían hacer dejación de su cumplimiento. Pero su cumplimiento no habrá de ser obstáculo para dar satisfacción a los Derechos Humanos de quienes huyen de la guerra, la barbarie y una muerte segura; aunque haya infiltrados entre ellos. Conjugar ambas obligaciones compete a quien compete, y en las democracias los elegimos nosotros. El pasado día 16, festividad de San Gerardo Mª Mayela, en Budapest se ha estado homenajeando a Ángel Sanz Briz, un diplomático español, Justo entre las Naciones, que durante la Segunda Guerra mundial salvó a unos 5200 judíos en la Hungría ocupada. Conjugó bien, muy bien; arriesgando su vida. No miró para otro lado ante el dolor de tantos y comenzó expedir pasaportes españoles a los sefardíes húngaros. Lo hizo en virtud de un Real Decreto del directorio de Primo de Rivera de 1924 que no había sido derogado. Eso al principio, porque acabó haciéndolo a cualquier judío perseguido. Eran personas perseguidas; punto. Un cristiano arriesgando hace no tanto en el mismo país que hoy cierra fronteras.

Natural es para todo sacerdote, profeta y rey, para todo bautizado, seguir el Evangelio con la palabra y con el ejercicio diario de la Vida. Dar cumplimiento al Evangelio supone también acoger y alentar la acogida al extranjero, dar posada al peregrino, agua al sediento, pan al hambriento, vestir al desnudo, consolar al triste... …ser misericordioso y limpio de corazón. Y hacerlo sin preguntar ni de dónde vienen ni adónde van. No es simplemente una obligación más o menos abstracta de la Iglesia, lo es concreta y de todos y cada uno de quienes la formamos. De no hacerlo seremos los más grandes hipócritas. ¿O no?


¿Infiltrados? Los hay, los habrá. ¿Porcentaje? Ni idea, pero son muchos más aquellos perseguidos. Hombres huyendo buscando nuestra ayuda. No me pregunto ahora por qué no se deciden a acudir a otros países de cultura similar o idéntica religión. La realidad es que llaman a la puerta de casa; de la nuestra. 







¿Quién llama a la puerta de casa? 

Mateo 25, 35

jueves, 15 de octubre de 2015

Descubriendo a un cura

Nada como ponerse ante el Señor; sin más. Un pedazo de pan en la custodia. Cristo y uno mismo. Todo se desvanece. Las piezas se reestructuran y la cabeza no para de comunicar, serena y veloz. Rodeado de fieles, pero somos uno mismo y Él. Una multitud. Casi sin saber si pides, escuchas o simplemente cuentas; sabiendo que eres todo para Él.

Hoy ha sido la primera vez que he podido ir a la Oración ante el Señor en PS desde que comenzó el curso parroquial. Celebramos a Santa Teresa, tan querida de San Alfonso y ahí estaba yo, en una casa Redentorista preguntando: ¿Qué mandáis hacer de mí?

¿Yo? No, nosotros, todos los feligreses congregados en la Capilla. Todos, con esa fe sencilla que se sostiene en la de quien tienes junto a ti. Sostén de uno a otro que va formando la roca de una comunidad.

Hoy la oración la ha dirigido el P. Jesús Hidalgo CSsR, nuestro párroco; nuestro nuevo párroco. Ha sido para mí todo un descubrimiento. Uno no acaba de conocer a la gente cuando la gente regala de continuo nuevos dones que, de puro luminosos, pueden pasar desapercibidos si uno se muestra ciego. Pero en semejante situación se mira con los ojos del corazón, limpios, nítidos y sinceros. De repente me he visto escuchando a Jesús, primero de rodillas ante la Custodia, luego de pie, más tarde mirándonos a todos y a Él, como conduciéndonos directamente al corazón de Cristo. Lo hacía con el gesto y de manera rotunda con la palabra. He descubierto la profundidad serena y alentadora de mi párroco.

Por un momento me he imaginado al autor de las Visitas al Santísimo, Alfonso, comentando con Teresa, en su día, lo grande que era ese hijo suyo enviado a apacentar el rebaño al que yo pertenezco. Descubrir a la persona, al sacerdote, al misionero es adquirir otra perspectiva sobre la itinerancia; es saborear dones nuevos que de manera individual se encauzan en un carisma común. Y he dado gracias. He tenido la suerte de darle gracias a Él, en persona, por el P. Jesús. Y por un momento me he dado cuenta de que ya no estaban ni mis problemas ni mis planes, que era a él a quien ponía a sus pies; a Jesús y a toda la Congregación.

Todo está en orden; en paz. He podido disfrutar de una nueva cita de cada jueves. En Familia. Así me quedo, descubriendo a mi párroco; descubriendo a un cura, a un misionero.

Pero quizás eso sea poco. De modo que os animo a acercaos al vuestro. Hablad con él, sed cercanos y dispuestos. ¿Os habéis preguntado si a veces se siente sólo, si necesita algo? En demasiadas ocasiones solamente nos acercamos para quejarnos. Dejemos las quejas a los pies del altar y ofrezcámonos para resolver los problemas de otros. Así los nuestros desaparecen.


Ésta noche ni oración, por Teresa, será breve: ¿qué mandáis hacer de mi?