martes, 24 de mayo de 2016

¡Gracias, CATEQUISTAS!


En muchas parroquias están a punto de finalizar las catequesis de los más pequeños. Demasiadas veces ponemos el acento en los niños y muy pocas veces tendemos a ponerlo en los catequistas, laicos, sacerdotes y religiosos, que emplean su tiempo en enseñar, junto a las familias, a que vivan la fe con alegría.

Tengo la sensación de que – no sé si será la naturaleza del género humano- a veces aflora más la crítica que el aplauso. Creo que lo que debe primar es el reconocimiento y el agradecimiento. Empezando por mi.

En la entrega, esfuerzo y desvelos de los catequistas yo veo el Amor. Cada viernes, cuando voy a recoger a mis hijas al colegio y veo la cara de ilusión al preguntarme si hay catequesis o “Magdala”, lo que veo es el Amor. Cuando voy a recogerlas a PS, mi parroquia, y veo el revuelo de niños, jóvenes y los rostros de los Redentoristas (tanto los jóvenes como los más mayores), lo que veo es el Amor.

Y en el fondo de ese Amor es de lo que va todo esto, la fe. Aprender, sí; formarse, sí; conocer, sí. Pero de nada valdría si no se enseña a vivir el Amor, la fe con una alegría espontánea y real.

Cada vez que nos quejamos porque las cosas no se hacen “exactamente” como a nosotros nos gustaría… ¿No nos falta el Amor? Cada ocasión perdida para dar las gracias… ¿No es una falta de Amor? Cada crítica compartida… ¿No es una falta de Amor?

Nosotros no “soltamos” a nuestras hijas un rato a la semana para que las preparen para un trámite. Nosotros confiamos sus corazones a una Comunidad que coopera con nosotros en la vivencia de la fe de nuestras hijas. Sí, es cierto que somos una familia Redentorista y que vivimos la fe en un carisma concreto; es cierto que yo soy misionero laico del Santísimo Redentor y que quienes nos acompañan son Redentoristas. Pero creo que la experiencia de cualquier padre en cualquier parroquia no debe ser la de “delegar” para cumplimentar un trámite…

Muchos niños comulgarán y punto. No es la experiencia de mi parroquia ni de mi comunidad, porque esa vivencia se comienza antes y continúa después de recibir el sacramento. Adaptada a cada etapa de la Vida lo que se ofrece es un camino de Vida. A la salida de misa de los domingos, compartiendo unas breves palabras con algunos padres que no suelen ser asiduos al santuario, nos van comentando su intención de que sus hijos, para el próximo curso, se incorporen a la parroquia. Por lo que ven: por las caras de los niños; por la “tranquilidad” de los padres; por el sacerdote y el diácono que predican y se ocupan de la pastoral de niños y jóvenes; por la apertura y acogida de la Comunidad; por las catequistas que se hacen presentes también los domingos.

Animo a quien tenga hijos pequeños a que se acerque a su parroquia, que hable, se interese, se vaya implicando e integrando. No es responsabilidad de unos religiosos o sacerdotes; no es responsabilidad de unas monjas o religiosas; no es responsabilidad de unos catequistas. Es responsabilidad de los padres. Formar una comunidad es responsabilidad de todos y cada uno de los que la integran.

La mía es la mía… sí ¡LA MEJOR! Allá donde vamos scalando en Familia. Hoy mi “GRACIAS” va para los catequistas. Encontrad la vuestra… con vosotros será la mejor. Pero sabed que en PS tenéis una que, con vosotros, será aún mejor, en Manuel Silvela 14, Parroquia Santuario del Perpetuo Socorro #Redentoristas 

miércoles, 18 de mayo de 2016

¿De qué sirve enamorarse?

Acabo de tener un momento completamente cotilla. He estado observando en twitter una conversación iniciada con la siguiente pregunta: “¿De qué sirve enamorarse, para qué, por qué?”

Ahí estaba yo, como mirando por el ojo de una cerradura, sin intervenir. Divertido.

La verdad es que eso de… “de qué sirve” me parece que encierra un cierto utilitarismo. Es como decir: ¿qué voy a sacar yo de esto de enamorarme? No sé, soy raro. Eso sí que es una certeza.

¿Por qué? Pues porque es un regalo. Sí, soy así de simple.

¿Para qué? Para relegarte, olvidarte de ti y ser en el otro. Esto imagino que no será muy popular por aquello de tener tu propio espacio –que es necesario- y esas cosas.

Somos hijos del Amor, pensados por el Amor, creados por el Amor, luego estamos hechos para amar. Todo sacerdote, todo religioso es un enamorado en estado puro, pero sospecho que la pregunta no iba por ahí. Creo que se refería al amor de pareja, que es también Amor; así, con mayúscula.

Ese Amor, ese enamorarse y ser correspondido no es otra cosa que un regalo. Ese es mi caso. Yo no buscaba enamorarme, no elegí enamorarme. Pero el Señor me regaló a María y… cuatro hijos después (dos en el cielo y dos aquí) sigo enamorado. Un regalo que hay que cuidar, mantener, cultivar. Lo primero que supone ese regalo es olvidarse de uno mismo para centrarse en el otro. Un regalo que es una misión, la misión primera de cualquier marido o de cualquier mujer. Misión hacia el otro y hacia el propio matrimonio; misión hacia los hijos si se nos regalan; misión hacia los demás, porque cualquier matrimonio cristiano debe ser ejemplo de lo que es. Propagación del Amor por el ejemplo; evangelización conjunta con la vida diaria de cada matrimonio. No es más que un camino; no es más que la Vida misma.

Pero no es una película de Walt Disney. La propia vida vapulea, presenta problemas, hace surgir inseguridades, aflora “yoismos” descarnados. Es la propia formación como persona de cada individuo, la propia historia personal, la que hará que encaremos las distintas situaciones de una u otra forma. Es la propia solidez del fundamento de cada matrimonio, la Roca Firme, la que capacitará al matrimonio a solventar los problemas.

Cuando es el bien del otro, la felicidad del otro, lo que te hace feliz, pue eso… ahí está el primer indicio de que estás enamorado. Las mariposas lo son, pero también pueden ser zarpazos cuando el dolor del otro te duele más que el propio.

Ensamblado, firme, y con dos voluntades empeñadas al unísono; luego pueden o no venir otras misiones. Ahí vamos, scalando en Familia; día a día y en gerundio.

¿Que para qué? ¿Y si digo que cuando ese enamorarse es correspondido y plenificado “sirve” para alcanzar la santidad…? ¿Me llamaréis ñoño…?


Y todo esto por ser un cotilla.

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Dónde están los dones?

Hoy hemos participado de una celebración hermosísima. En misa de 21h en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid. Presidida por el P Damián Mª Montes.

Es curioso ver que el padre, el sacerdote, aunque sea más joven que yo, es precisamente eso, el padre, el sacerdote. Y por mucho que sea más joven que yo, me pastorea. Cosas del Espíritu, cuya fiesta celebramos. Cosas de llamadas, renuncias, entregas, fe. Cosas de mansedumbre, dones, desprendimiento, paciencia, humildad, grandeza.

Le he visto crecer como persona y como sacerdote; estuve en su profesión perpetua, en su ordenación diaconal y en su ordenación sacerdotal. Me pastorea. Por mucho que sea el responsable en la parroquia de niños y jóvenes y yo ni sea joven ni niño, me pastorea. Con su presencia, con su palabra y son sus silencios. Le he visto crecer. Si sigue así acabará elevándose sin que los demás nos demos casi ni cuenta.

Cuando recapacito y veo a personas como él que van creciendo a la misma velocidad con la que van desprendiéndose, me surge el “yo”. No lo puedo evitar. ¿Y yo? ¿Sigo igual? ¿Avanzo? ¿Crezco? ¿Me doy? Preguntas que no tienen tanto la respuesta en mi boca, si no en la boca del otro y en el corazón de Dios. Cuando las debilidades son las que son es muchos más fácil reconocerlas que vislumbrar los dones.

Hoy Damián nos ha puesto a todos a pedir los dones al Espíritu Santo. Yo, además, pedí por un concreto estudiante redentorista venezolano. Pedir dones... Pero igual que conmemoramos, con la venida del Espíritu, el inicio de la Iglesia en misión, Iglesia como Familia, como Comunidad, hemos pedido esos dones de manera individual y para nuestra Comunidad. Me ha encantado. El Espíritu, descendiendo sobre cada uno de los apóstoles, lo hizo sobre la comunidad. En silencio pensaba: “Pero ¿cuál pido si estoy necesitado de todos?”. En fin, según la fe de tus siervos… Sobre la comunidad… ahí están todos repartidos.

Nos animó a que salieran siete personas a encender cada una de las siete velas de manera espontánea. Vi que comenzó el turno un pobre hombre de fe, torpe, cargado de defectos y debilidades; avanzaba fuerte por la comunidad y tambaleándose como individuo. Sabiduría... A ese hombre le reconozco en la sombra y en el silencio mucho más de lo que le reconozco a la luz. Se fueron animando otros, y se me iluminaron el corazón y la mirada al ver a mi hija pequeña decidida, caminando inocente a encender una de las luces por uno de los dones.

Ese Espíritu que habita en nosotros. “Recibid el Espíritu Santo”. Para recibirlo uno tiene que estar abierto, dejarlo entrar, dejarlo hacer. Ese Espíritu que habita el corazón de cada uno y que yo reconozco en tantas personas. El “yo”, de nuevo. ¿Lo reconocerá alguien en mí? ¿Y los dones?

Los que me falten sé dónde están. En la Comunidad. Así que ahí continuamos, scalando en Familia.

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.