viernes, 27 de septiembre de 2013

Yo, mi, me conmigo

Me encanta la claridad con la que habla el Papa. Habla realmente claro, dejando abierta la idea, el pensamiento, pero realmente claro; un lenguaje de andar por casa y una naturalidad encomiables.

Parece que hay quien se embelesa por lo que dice o por lo que quieren entender que dice; otros se ofuscan, se molestan, dan un respingo de incomodidad. Respecto a los primeros, quién sabe, quizás diga lo que quieren escuchar; no me preocupa. Respecto a los segundos, tras algunas conversaciones con amigos y conocidos que dejaban entrever esa incomodidad, poco puedo decir después de haber leído el magistral artículo que ayer publicó Néstor Mora en un conocido medio digital, porque es imposible describirlo mejor: el hijo fiel contrariado ante la llegada del hijo pródigo. Demasiado yo, mi, me conmigo. Pienso en unos y otros y casi los veo como las trifulcas de Pedro y Pablo por las comunidades de Antioquía, allá como por el año 36, más o menos.

Todo es como un misterio en el fondo. Yo, es que soy muy básico. No sé, quizás es porque en mi ADN espiritual entró hace ya tiempo cómo un personaje de la talla intelectual de San Alfonso “adaptó” el lenguaje, ya en su época (siglo de las luces), para que nadie se quedara sin entenderle; puede que, si doy una vuelta de tuerca a la imaginación, me parezca incluso contemplar a Alfonso de Ligorio poniendo sensatez entre el rigorismo y la laxitud; o porque en cierto modo (en una amplísima medida) llevo casi cuatro años empapándome (hasta hacerlos míos) de unos conceptos muy similares y nada me resulta nuevo, salvo porque el sacerdote que habla va vestido de blanco y es Papa; o porque me entusiasma que muchos alejados o vuelvan o les ronde el camino de vuelta; o porque explicita de una manera fresca la Iglesia sanadora y de brazos abiertos. O por los “simples” conceptos de la ternura y el Amor. La ternura de la Redención sobreabundante.

Quizás nada sea nuevo, simplemente de otra forma. Pero es que la forma también imprime novedad al fondo; o la mera presencia de novedades  provoca formas nuevas que iluminan la Vida a la Luz del Evangelio (la vida actual, la de hoy) con una Luz que deja al descubierto TODAS las periferias existenciales, sin exclusión de ningún tipo.

La primera vez que escuché que esto no consistía en conseguir sellos en un salvoconducto para presentar a San Pedro y entrar en el cielo fue un 26 de mayo, en una habitación acristalada. Y pegué un respingo… pero no quedó ahí, sino que continúo con un engranaje de palabras que no englobaban sólo frases o ideas, sino la verdadera ternura del Amor de Dios. Ya, si es que he dicho muchas veces que yo soy no afortunado, un privilegiado. Puede que mi tranquilidad venga de que, antes de esa fecha, dejé al Señor entrar en mi vida con todas las consecuencias; y si le dejas entrar es para sacarle a la calle y que los demás le conozcan. No hay otra. No se puede ir por la vida buscando seguridades propias para ir al cielo, creo que más bien compartiendo Amor.

Además de la experiencia íntima y personal, cuento con ejemplos vivos. La experiencia de otros. Y con eso, si nos fijamos bien, contamos todos. La Palabra, Jesús Eucaristía y Cristo en el hermano. Si decaemos, podemos fijarnos en esos ejemplos cotidianos y ayudar a llevar su Cruz personal, o contemplar cómo la llevan, y dejarnos de tonterías dialécticas. O ser ejemplo de cómo llevamos la nuestra. En la homilía de hoy en Santa Marta el Papa ha dicho que “la prueba de que un cristiano es un cristiano verdadero es su capacidad de llevar con alegría y con paciencia las humillaciones”. No me dirán que no conocen a nadie. Pues yo sí, la verdad. Y es un luminoso ejemplo ¿Cómo llevamos las nuestras? ¿Ayudamos a llevar las ajenas? 

Creo que lo más sano es mirar a nuestro interior, igual descubrimos aquello que Francisco nos invita a sanar, no porque lo haga él, sino porque nos invita cada día a inundarnos del Espíritu, a caminar con Jesús; a dejar que Cristo camine a nuestro lado. No como un buenrollismo melifluo, sino mostrándonos, también con naturalidad, el camino de la salvación.

lunes, 23 de septiembre de 2013

De la dignidad

Creo que esto no va a ser popular, nada, nada popular, pero es lo que tienen las opiniones personales: cuando uno las escucha puede que coincidan con las propias o no. Y aquí lo que reflejo es totalmente personal.

No creo que la falta de trabajo nos despoje de la dignidad. Hay una dignidad que es inalienable de la persona por el hecho de ser eso, un ser humano. Por muy dura o trágica que sea la situación, no podemos perder la perspectiva de que la dignidad siempre es intrínseca al hombre. Uno sólo se enajena de su propia dignidad por una actitud continuada, libre, consciente y voluntaria. E incluso entonces, siempre es posible recobrarla; todos podemos ser Dimas.

Creo que la dignidad sigue incólume en un padre que se ve incapaz de alimentar a sus hijos, en el desahuciado, en los niños que mueren de hambre en cualquier lugar del mundo y en los padres que ver morir por ello a sus hijos. Como hay dignidad en prostitutas, chaperos, presos, políticos, eclesiásticos, empresarios, asalariados, autónomos, gente común y corriente. Como hay dignidad en el Cireneo y la hay en la Cruz. Humillado, condenado, escarnecido, en la Cruz resplandece la dignidad que todos tenemos como hijos de Dios, como seres tan humanos como el Nazareno. Que no lo olvidemos, nadie puede despojarnos de nuestra dignidad consustancial. Porque quizás esa certeza sea la única lucecita que pueda mantenernos.

Las frustraciones, la humillación, la angustia de las circunstancias de la vida pueden acarrearnos, y de hecho lo hacen, turbulencias psicológicas, pero abogo por recordar que seguimos siendo dignos.

He visto resplandecer esa dignidad en indigentes como la veo a diario en otras muchas personas. Quizás cuando empezamos a no ver la dignidad que cada ser humano, cada hermano, nosotros mismos tenemos es cuando ponemos en marcha el más cruel engranaje de la humillación al otro.

Quien acaba con la vida de otro semejante se despoja de su propia dignidad; el opresor se despoja de su propia dignidad; el avaro, aquel que pone el corazón en el dinero se despoja de su propia dignidad; quien machaca por cualquier razón a un hermano se despoja de su propia dignidad. E incluso ellos pueden recobrarla.

El sistema que impide al hombre ganarse la vida honestamente es indigno. Las estructuras políticas, jurídicas y/o económicas que no tienden al bonum comune, son en sí mismas indignas; contribuir al mantenimiento de ese statu quo es en sí mismo indigno.

Hay tanta dignidad en tender la mano como en asir la mano que te tienden; hay tanta dignidad en ofrecerse como en pedir ayuda. Nadie puede robarnos la dignidad. Porque la Verdad nos hace libres, porque ya no somos siervos, porque somos hijos de Dios, no nos pueden arrebatar la dignidad.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Salió el sembrador a sembrar


"Audite. Ecce exit seminans ad seminandum…



  
Bueno: Útil y a propósito para algo
Pastor: Persona que tiene la prelatura o cualquier otra dignidad eclesiástica cristiana con fieles a su cargo y cuidado. En la Iglesia católica sólo se emplea la forma masculina.
Buen Pastor: Cristo, porque se dio a sí mismo ese dictado. Ego sum pastor bonus.
Fiel: (1) Que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él. (2) Cristiano que acata las norma de la Iglesia.
Iglesia: Congregación de los fieles cristianos por medio del bautismo.
Iglesia católica: Congregación de los fieles cristianos regida por el Papa como vicario de Cristo en la Tierra.
Religioso: (1) Perteneciente o relativo a la religión o a quienes la profesan. (2) Que tiene religión, y particularmente que la profesa con celo. (3) Que ha profesado en una orden o congregación religiosa. (4) Fiel y exacto en el cumplimiento del deber.
Redentorista: (1) Se dice del individuo de la congregación fundada por San Alfonso María de Ligorio. (2) Perteneciente o relativo a dicha congregación.
Sacerdote: En la Iglesia católica, hombre ordenado para celebrar el sacrificio de la misa y realizar otras tareas propias del ministerio pastoral.
Cura: Sacerdote católico.
Católico: (1) Universal. (2) Verdadero, cierto, infalible, de fe divina.
Sembrador: Que siembra.
Sembrar: (1) Arrojar y esparcir las semillas en la tierra preparada para este fin. (2) Dar motivo, causa o principio a algo. (3) Hacer algo de que se ha de seguir fruto.
Semilla: Cosa que es causa u origen de que proceden otras.
Fruto: Producto o resultado obtenido.
Hermano: Persona que con respecto a otra tiene el mismo padre que ella en sentido moral; p. ej., un religioso respecto de otros de su misma orden, o un cristiano respecto de los demás fieles de Jesucristo.
Padre: (1) Usado para referirse a ciertos religiosos y a los sacerdotes. (2) Origen, principio.
Hijo: Persona con respecto al confesor que tiene elegido por director de su conciencia.
Conciencia: (1) Conocimiento interior del bien y del mal. (2) Conocimiento reflexivo de las cosas.
Mensajero: Que lleva un mensaje, recado, despacho o noticia a alguien.
Noticia: (1) Noción, conocimiento. (2) Divulgación de una doctrina…

… y qué mejor noticia que el Evangelio, la auténtica Buena Noticia de Jesucristo, la sobreabundante Redención que del género humano hizo con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Hoy hemos despedido en mi parroquia al P Jorge Ambel Galán CSsR, un compendio ejemplar de todo lo anterior, que no son sino algunas definiciones que nos ofrece el diccionario de la lengua española de la Real Academia, que alguna autoridad al respecto aún conserva.

Lo mezclamos todo y da como resultado un nombre que no escribiré, y que en virtud a la itinerancia ha partido ya, con Cristo en el corazón, a seguir anunciando Su Evangelio en otros lugares y a otras gentes: un misionero y sacerdote redentorista.

Sí, EVANGELIZAR: Predicar la fe de Jesucristo o las virtudes cristianas. También de la RAE. Y bastaría, quizás, para definir lo que éste hombre ha estado haciendo por y entre nosotros. Pero encuentro frías las palabras; no alcanzan a abrazar y mostrar su labor. Ahora bien, ampliemos la eficaz práctica de dicho verbo con estas otras frases: ofrecer un testimonio cercano de vida creyente”, “provocar preguntas”, “dar a conocer el verdadero rostro de Dios”, “respetar la libertad”, “presentar la fe como camino de salvación”, “ayudar a dialogar”, “proponer la fe de la Iglesia”, “acompañar en la búsqueda. Los entrecomillados, que tomo prestados de otro redentorista cuyo nombre también hoy guardo, centran mucho más la realidad de su paso por PS

Siempre alegre y con una fe inquebrantable, contagiosa; con pasión y una entrega incansable pero permaneciendo de manera natural en un cierto segundo plano, como un simple mensajero: mostrando con claridad que sólo Cristo es el camino.

Además de las definiciones de la RAE con las que comienzo este post, hay un adjetivo que va intrínsecamente unido a él: brillante. Sí, pero no un brillo de focos, farolillos o autobombo, no un brillo efímero que busque el aplauso o la admiración. Se trata más bien de un brillo inevitable para él e independiente de sí mismo. Ese brillo que proviene de “una luz mansa, una luz tranquila, una luz de paz, como la luz en la noche de Navidad: sin pretensiones”, “una luz que se ofrece y que da paz, no hace espectáculo, es una luz que va al corazón”. Éstos últimos entrecomillados en cursiva son de un jesuita de quien sí daré el nombre: el Papa Francisco, palabras de su homilía en Casa Santa Marta el pasado 3 de septiembre, referidas a la Luz de Jesús.

Por una de las magistrales homilías de quien hablo, la primera que le escuché hace ya algunos años, una cualquiera de una Eucaristía de diario, estoy aquí escribiendo, vivo mi fe en la Familia Redentorista, voy scalando en Familia. Permaneceremos unidos  a él en la oración, contentos por todos aquellos que conocerán la Buena Noticia, la sobreabundante Redención, de su boca y con su vida; dando gracias a Dios por su vida. Siempre dando gracias a Dios. Y a él mismo.

Eclesiatés 3, 1: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo”. Pues ahora toca, entre otras cosas, la cosecha de su siembra. Y dar gracias a Dios por este llamado y elegido, y a San Alfonso; y a él por su FIAT.

Con la mirada en el Sagrario, bajo la protección del Perpetuo Socorro de María,  es tiempo de rezar por él, es tiempo de rezar por los sembradores que quedan en casa, en PS; por, con y entre ellos. Y para todos. Y orar por las vocaciones redentoristas, las forjadas estos años y las que vendrán. Ahora es tiempo de continuar, alegres, viviendo nuestra fe en la Iglesia, en la comunidad parroquial, en nuestra vida común y diaria, acompañados por la comunidad religiosa formada por esos grandes hombres de fe robusta que son los Redentoristas. Poniendo fe, ilusión, corazón, manos, tiempo, los dones que pueda haber, al servicio de la misma causa. Copiosa Apud Eum Redemptio, porque en Él está la Redención copiosa.

Mirando al futuro, con María y en pos de Cristo, la siembra continúa. Continuamos scalando en Familia.


 … et alia ceciderunt in terram bonam et dabant fructum".






jueves, 5 de septiembre de 2013

Duc in altum

El Evangelio de hoy, Lc 5, 1-11, meditado en mi momento histórico, personal y geográfico y en clave absolutamente egoísta, me hace dudar. No es una duda de fe, es simplemente un puntito de envidia –dejémoslo en un puntito de envidia- si miro de reojo al Rito Oriental. Y si lo miro de frente, por mucho que lo estudie, por mucho que conozca génesis históricas, por mucho que me cuenten, ni he entendido nunca, ni entiendo ahora, ni creo que llegue a entender jamás alguna “pequeña” diferencia organizativa entre el latino y el oriental.

Como, además, yo he nacido en un lugar cuya Patrona es Nuestra Señora Bien Aparecida, y no Our Lady of  Walsingham, pues vamos a lo que vamos, que es lo que hay, y son lentejas; que son bien ricas, por cierto. De modo que trato de leerlo de una manera un tanto peculiar.

Imagino que Simón Pedro, a cuya suegra Jesús curaba ayer, deja de ser él para que ocupe su lugar cualquier otro, yo mismo.

“No temas”. Ese “no temas” alto y claro. Dos palabras simples que producen un cambio radical: no hay que temer a Dios. Por un lado no hay que temerle a Él, y no hay que tener miedo cuando dejamos que sea Él quien tome la caña de nuestro barco. Miedo quizás a nosotros mismos, a nuestras caídas y fracasos, al yoismo, a nuestros demonios. Pero confianza en el Señor.

Pedro era un avezado pescador, conocía bien el lugar y seguro que habría hecho sus cábalas de por dónde andarían con mayor probabilidad los bancos de peces…. Y ni uno sólo cayó en las redes. Sólo cuando escuchó, confió y cumplió su Palabra, rebosaron... ¡y pidió ayuda…! Si tuviéramos las redes llenas, a punto de romperse ¿Pediríamos ayuda o seríamos una suerte de epulones espirituales ahogándonos en autocomplacencia? Y teniéndolas vacías ¿las llenamos del orgullo que nos impide pedir ayuda? ¿Qué hacemos cuando nos la piden a nosotros?

Duc in altum. Remar mar adentro. Jesús y Simón-Pedro. A solas con Jesús. Un mano a mano con Jesús para empaparnos de Él, de su Palabra. Y echó las redes quizás aún medio incrédulo. Es ese tomar distancias de tierra y de uno mismo, la intimidad con Jesús, dejarnos cautivar por Él  lo que hace que nos lancemos a la aventura. ¡Y pescar! Sí, incluso donde ya lo habíamos intentado.

Y le hizo pescador de hombres. Lo dejaron todo y le siguieron.

Dejarse a uno mismo en la orilla, vaciarse y que sea Él quien nos inunde y tome la caña. ¿Lo hacemos? ¿Nos quedamos a solas con Él? ¿Vamos con Él adonde nos indica? ¿Adónde nos llama? ¿A qué nos llama? ¿Salimos al encuentro? ¿Permanecemos abiertos o nos encerramos en nosotros mismos a modo de sepulcro? Ideamos estrategias, planificamos actuaciones, pensamos en el éxito, valoramos el éxito con cifras pero… ¿seguimos nuestros propios planes o los suyos…? ¿De verdad…? ¿seguro que son los suyos? ¿Lo hacemos porque son los suyos o para alcanzar la autocomplacencia? ¿Lo hacemos por los demás o por nosotros? ¿Por nosotros o por Él?

Rema mar adentro. ¿Te atreves? ¿Me atrevo? Sólo hay que remar, nada más; Él lleva la caña.

No tengas miedo. Duc in altum.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Dios con nosotros

Terminó agosto. Sólo en casa tras la Eucaristía de siete de la tarde. Entrar en PS, saludar al Santísimo, a María, a Alfonso dar gracias por un magnífico mes de agosto y presentarles y pedir por el nuevo curso que comienza, por los nuevos proyectos, por quien se va, por quien se queda. Esa inexplicable sensación de Paz, de hogar. Paseito por el barrio, saludos, abrazos y besos. Tiempo de cambios.

Dios con nosotros. Y nosotros con Él. Creo que así es como mejor puedo definir éstas vacaciones. Sanas, en Familia, con Él. Familia, peregrinos, Amigos, montaña, playa, sol, lluvia. Aquellos con quienes he ido compartiendo físicamente cada día y a quienes siempre llevo en el corazón. Compartiendo. Amando. El transcurrir del tiempo con la meta clara.

Ver disfrutar a mis hijas que crecen felices y a zancadas de gigante, a mi mujer; disfrutar con ellas. La sonrisa pintada de nostalgia de mi madre. Orar a pleno sol en la playa, al anochecer en la montaña.

Esta noche simplemente toca dar gracias y poner en manos del Señor el curso que comienza. Y Dios con nosotros. Scalando en Familia, sin más.

“Si los cinco sentidos
Buscan el sueño,
Que la fe tenga el suyo
Vivo y despierto.”
(Del Himno de Vísperas)