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domingo, 25 de diciembre de 2011

La Misa del Gallo en el Perpetuo Socorro de Madrid

Hace 41 años que no asistía a la Misa del Gallo; tenía cuatro y me dormí. La misma edad que mi hija pequeña, que también acabó dormidita. Pero hay una diferencia fundamental, yo recuerdo un aburrimiento soporífero y una imagen que había en los Capuchinos de Santander y que me aterrorizaba. Ella, sin embargo, podrá recordar una fiesta sensacional de la que formó parte. El sonido de los cascabeles con los que, junto a su hermana recorrió el pasillo de la iglesia, el dibujo con unas campanas que llevó en el ofertorio y que recogió un cariñosísimo P Nicanor. O puede que no lo recuerde. Aquella Misa del Gallo de 1970 fue algo circunstancial en mi vida, como lo fue esa iglesia; ni siquiera sé por qué fuimos allí ya que nuestra parroquia era La Inmaculada (los Redentoristas como directamente la conoce todo el mundo en Santander), imagino que porque nos cogía de camino de vuelta a casa desde la de mis abuelos maternos.
Mis hijas puede que no lo recuerden porque mi mujer y yo nos esforzamos (lo cierto es que no es un esfuerzo sino un gozo) en que crezcan y vivan su fe en la Comunidad del Perpetuo Socorro de Madrid, con la Familia Redentorista; de esas edades suelen recordarse hechos extraordinarios por buenos o por desagradables, pero la cotidianeidad al hacerse propia se diluye en una especie de ADN vital, que es justo lo que pretendemos con la naturalidad del día a día en el mejor entorno que podemos ofrecerles porque es el entorno en el que el Señor un día quiso que apareciéramos y del que nos enamoramos.
La Misa del Gallo, la celebración de esa Noche Santa, es una Fiesta en sí misma, pero lo de ayer fue la exaltación de la celebración del Nacimiento del Niño Dios. Una familia pequeña como la nuestra en una Familia gigantesca que es la nuestra. Yo realmente me salía de contento y emocionado contemplando al Niño, a una Comunidad concelebrando al completo, escuchando a un Párroco que ya empieza a acostumbrarnos a la excelencia, a un Superior Provincial que estuvo eso, superior, a tanta gente querida. Nuestra entrada en el templo fue acompañada del abrazo especial de un religioso al que aprendo a querer a medida que le trato y le conozco, y la salida con el abrazo de un sacerdote que es como un hermano.
El coro de esos jóvenes que hacen que el cielo baje a la tierra con su entrega, su esfuerzo, su fe y su alegría. La feligresía inacabable, montones de familias reunidas entorno a un Bebé que nacía por y para cada uno de nosotros. El chocolate que nos ofrecieron a todos a la salida. Jamás me cansaré de contar las maravillas de esta Comunidad porque son inagotables. Pero es que, además, tengo la constatación objetiva de que ni me ciega la pasión ni lo que es mucho más que un inmenso cariño. Allí estuvieron por primera vez unos vecinos nuestros, atraídos por el entusiasmo con el que hablamos de estos gigantes misioneros. Son católicos norteamericanos y en Madrid acuden los domingos a celebrar la Eucaristía junto a la comunidad angloparlante, pero anoche eligieron el Santuario del Perpetuo Socorro. Hoy por la tarde, celebrando la Navidad en su casa junto a otros vecinos nos dijeron que se quedaron sorprendidos por la fuerza y el empuje que habían visto en mi Parroquia. Lo que a mi me faltaba para seguir engordando en estas fechas…. Porque me hicieron engordar de orgullo. No sé si mis hijas lo recordarán, pero para mi mujer y para mí esta será una Navidad INOLVIDABLE.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Antón Pirulero

"Cada cual atienda a su juego, y el que no lo atienda pagará una prenda". Sonará raro, pero esta mañana, ante el Cristo del Perdón en PS me he acordado de esta canción infantil. Creo que ha sido por lo del pagar la prenda.
A los pies del Cristo nos ofrecen dos oraciones. La primera es la Ignaciana “Anima Christi” que me encanta, aunque a mí me gusta más la versión original “et pone me iuxta te” en lugar del “iube me venire at te”, tal y como aparece manuscrita por primera vez en Excercitia Espiritualia de 1548. Me parece que expresa mejor la acción primera de Dios que es quien nos ama primero y es quien nos salva y nos redime; más que ordenarnos ir a Él es Él mismo quien nos sienta a su mesa. Puedo ser un friki, pero la rezamos en versión original cada noche con las niñas. La segunda oración, y la que realmente me trajo a la cabeza el Antón Pirulero, es el tradicional soneto español “No me mueve, mi Dios, para quererte”. Y lo hizo por contraposición al “no me mueve el infierno tan temido”, que sería algo así como la prenda. Siento de verdad que ni me mueve el Cielo prometido ni el infierno temido para quererle. Supongo que se debe a una evolución personal, a la fe, que no es si no la respuesta a una llamada. Y sé que se debe en gran parte a quien me acompaña y a la gente entre quien tengo la suerte de vivir mi fe. Yo he decidido atender a mi juego, y dónde hacerlo; adónde me lleve no es cosa mía, sino Suya.
El caso es que cada uno sea capaz de atender a su juego, que se atreva a jugarlo. Ni por la prenda ni por el premio. Por el hecho de jugarlo; porque hacerlo es una consecuencia natural de sentirse amado por Quien nos amó primero. Porque el juego de la Vida es un juego de amor y por amor para ser compartido. Otra cosa no es Vida. Algo así como caminar a Dios con Dios en los demás. El pasado 22 de marzo, escuché a un sacerdote Redentorista en unas catequesis que no se puede caminar a Dios sin Dios. Pues no se puede caminar en la vida sin los demás, porque también en ellos está Él. No se puede caminar sólo para uno mismo, más bien debe hacerse para los demás. Compartir el Amor que uno siente y del que no es ni acreedor ni propietario; no se es más que mero depositario o custodio. Pero para compartirlo.
Y ahora que está próximo el nacimiento de la encarnación del Amor y me siento ansioso por su llegada y nervioso por acogerle, voy acercándome a la consciencia de –a pesar de todos los sinsabores- lo extraordinario que ha sido este año para mí, y que me voy acercando al Pesebre aún con timidez, pero arropado por las mejores personas y en la mejor Comunidad.
Entre otras cosas, este año me ha ayudado a derribar mitos con rotundidad, y uno de ellos ha sido sobre las distintas familias de la Iglesia. He podido comprobar que nuestra Iglesia es la institución más plural del mundo, con una cantidad ingente de carismas y familias; aunque incluso desde dentro, a veces, haya quien no quiera verlo así. Una Gracia impagable para la propia Iglesia; formas de jugar que nos vienen ofrecidas por ese pulmón amazónico del que habló Monseñor Tobin recientemente.
Lo importante es jugar, no ser un simple espectador del juego de otros o, más triste aún, un espectador del propio caminar. Buscad quien os anime, os aliente y os acompañe; si os dan largas algo falla, y no tenéis porqué ser vosotros.
Yo sé claramente donde quiero atender a mi juego. Animo a todos los que ya sientan esas pequeñas ganas de lanzarse al tablero, que elijan para empezar a mover ficha; mover ficha, porque la partida empezó el día en que Dios decidió amarnos, el día en que fuimos concebidos. Juegos hay tantos como personas, y los lugares donde jugar inagotables. Simplemente hay que atender al propio juego.
Y voy jugando al tiempo que con tímidos pasos creía acercarme a una supernova; pero sé que no lo es, porque esa Luz que me va atrayendo ni decrece ni se extingue.
Animaos y atended a vuestro juego; no sabemos cuándo aparecerá el "game over".