viernes, 31 de mayo de 2013

...if I cannot do much

Lo dicho ayer: es mejor no hacer planes. Ese momento de Oración ante el Santísimo es tan especial que uno nunca sabe... Íntimo y compartido. Yo compartí mi presencia y mi silencio, nada más. Me supe amado y estaba con la mejor compañía. A veces lo más sensato que uno puede dar es presencia y silencio, nada más.

Cuando el incienso comenzaba a elevarse, no sé por qué me vino a la cabeza una oración en inglés que aprendí de bastante joven, como con 12 o 13 años. La leí en un libro de oraciones del “Mary Ward”, el colegio de las Madres Irlandesas (IBVM) de Zalla en donde estudió una de mis abuelas (yo es que siempre he sido así de raro y con esos años leía a Palacio Valdés, Pereda… y rezaba ¡qué cosas! Además de gustarme  todo lo “normal” y propio de esa edad). Despertó el calorcito que había comenzado unos cuantos años antes y la debí de estar rezando a diario como hasta los 20. Luego cada vez con menor periodicidad, hasta dejar de hacerlo. Desde entonces es la segunda vez que me viene de manera espontánea a la cabeza o, mejor dicho, al corazón. La anterior fue justo tras la JMJ en una acción de gracias que tuvimos en PS junto a muchos de los peregrinos que habían sido acogidos por voluntarios de la Parroquia. Recuerdo que agradecí en español y en inglés, y que el final fue exactamente el de esa oración: gracias por el regalo de la fe derramado inmerecidamente sobre mi; déjame hacer un poco si no puedo hacer mucho (sí, lenguaje de principios del s. XX).

Ayer callé aunque me moría por hablar. Le hablé a Él. Pero ahí estaba, y también para los demás.

No sé qué me pasó, pero durante un buen rato no pude dejar de repetirla, repensarla…

Ésta es la oración (más o menos, que han pasado muchísimos años):

“Oh Lord Jesus Christ, strengthen those who are hesitating on the threshold of the Church, those whom temporal motives hold back. Make me generous with time, sympathy, whatever I can place at their service and count every effort, every desire, an act of thanksgiving for the gift of faith bestowed so undeservedly on me. Let me do a little if I cannot do much.”

Me moría por agradecer en alta voz por todas aquellas manos que nos hacen presente a Cristo Eucaristía; agradecer y pedirle que los cuidara. Callé. Lo hice en silencio. Ahí estaba.

Aquí estoy.

jueves, 30 de mayo de 2013

Tengo una cita

Hoy tengo una cita especial a las nueve de la noche en @parroquiaps; sin planes, simplemente la cita. Nada preconcebido. Lo que surja ante Él, que es con quien tengo la cita; cita compartida con quien acuda. Adoración, #oracióndelosjueves, oración en comunidad, llamémoslo como queramos. Da igual el nombre

Cristo, Jesús, Dios, Hijo de Dios, Hijo de María. Tal cual, no “fundamentalmente como lo que fue: un profeta” según algunos quieren circunscribirle, sino como lo que realmente Es, Quien realmente es. Un hombre, Hijo de una mujer, la Virgen María. Un hombre, Hijo de Dios. Dios. La tercera Persona de la Trinidad. El hombre que murió por mí, por TODOS. Si se hubiera quedado en la persona del profeta habría sido un bellísimo acto heroico, con un transfondo alentadoramente profético como manual de autoayuda y comportamiento comunitario, generador de una especie de Karma de buenrollismo universal. Pero no, es que resucitó. RESUCITÓ. Nos regaló de Redención. Todo aquello es inseparable a que nos regaló la Eternidad; y francamente, entre lo uno y lo otro lo fundamental es la Eternidad regalada. Eso sí, como es inseparable, todo lo anterior se eleva y transforma en el Camino que hemos de andar y cómo hemos de andarlo. Es al andarlo tras sus pasos como acercaremos el Reino a la tierra, a los hermanos; es al andarlo como nos toparemos de nuevo con Él en los hermanos. Ya veis, yo siempre con mi visión tan particular de todo.

Estaré ante Cristo realmente presente en ese trocito de Pan. Sin más. Hoy no quiero ir de entrada con algo o alguien en el corazón para ponerlo ante Él, porque en muchas ocasiones he salido con los esquemas rotos, porque me he quedado en blanco simplemente mirándole. Y así, en blanco, se han dado otras conversaciones que no estaban ni previstas ni planificadas.

Ante Cristo. Hablándole con ese Trato familiar aprendido de San Alfonso Mª de Ligorio. Unas veces desde el silencio del corazón y otras con el corazón en la palabra. Haciendo mía la oración de la comunidad, haciendo mías las oraciones, peticiones o agradecimientos de quienes allí estamos.

Un jueves más que no es un jueves más por ser el suyo, el Corpus. Hoy acudiré a PS ante Él. En una comunidad concreta, en un lugar concreto. Ahí me tendrá, para Él, en esa comunidad y en ese lugar. Y de ahí adonde sea. Porque enviar a “la periferia de la existenciaestá muy en sintonía con el calificativo “espirituales” en “necesitados de auxilios”.

Le llevaré hoy mi presencia con toda su carga existencial. Me sabré amado.

Es para el próximo domingo, día en el que en mi parroquia permanecerá expuesto, cuando he reservado una hora en la que sí que pretendo un “cara a cara”, por decirlo de algún modo. En PS nos iremos turnando para que en ningún momento esté sólo. Además llevaré a mis niñas, la familia junta; con toda la normalidad del mundo, a que le vean con la mayor naturalidad y se vayan acostumbrando a hablarle con la más franca familiaridad. Como acostumbramos. El domingo llevaré personas, rostros, nombres, anhelos, llantos frustrados, incomprensiones, arrinconamientos, risas compartidas, meteduras de pata, intentos de aciertos, abrazos, desencuentros, incomprensiones, preguntas, la soledad de una anciana, la esperanza de unos padres. Él acoge los gozos y enjuga el llanto.

martes, 28 de mayo de 2013

Scalando hacia el Cambio

Ayer hablaba de caídas, y muchas no son casuales. Son producto del empecinamiento, la obstinación en una idea preconcebida. Uno cree amar, pero si no lo hace de la forma adecuada, no es amor. Cuando miramos a quien queremos buscando lo que quisiéramos ver, lo que entendemos como perfección, caemos en un error brutal, porque ni acogemos la realidad ni comprendemos de verdad de qué va la historia. Lo bueno es que nunca es tarde para darse cuenta de esto.

He tenido quien me lo explique por activa y por pasiva, entre parábolas actuales, con el ejemplo y con palabras casi directas. Y nada. Me he tenido que dar un bofetón contra el suelo para darme cuenta. Así que: bendito bofetón.

Amar es cambiar la mirada para ver al otro no como quisiéramos, sino como Dios le quiere. Amar es aceptar lo que vemos, no juzgar y acoger. Amar es amar hasta los desacuerdos y los errores ajenos, porque cada error es una oportunidad que tiene el hombre para mejorar y una oportunidad que se nos da para ayudar a hacerlo. Amar es hacerlo a pesar de, que a favor del viento todo es fácil y sencillo. Amar es estar en las caídas ajenas y en las alegrías compartidas. Amar es acompañar, crecer, sonreir, llorar. Amar es hacerlo incluso sin entender, por mucho que uno quiera comprender. Amar no sólo es tender una mano, es estar, hablar e incluso callar. Amar es aceptar los cambios, aunque sean súbitos, aunque no los entendamos; amar es asumir el dolor del esfuerzo en asumirlos. Amar es pedir perdón y recibirlo es sentirse amado.

Amar también puede ser cambiar. Cambiar la mirada. Cambiarla para acoger, cambiarla porque muchas veces el escándalo no viene de lo que se ve, sino de los ojos que miran o los oídos que escuchan. Mirar la buena voluntad ajena con esos ojos supone acoger, adaptarse a cambios y modos. Cambiar supone asumir la posibilidad de que sea uno quien esté equivocado; cambiar supone amar tanto el camino propio como el que cada uno tome para llegar todos a la misma meta. Cambiar la mirada no hacia otros horizontes, sino hacia otras realidades, porque las más extrañas pueden ser las más cercanas. Cambiar es soltar lastre, pero no renunciar a uno mismo. Cambiar correctamente es tratar de ser quien eres, pero como Dios quiere que seas (aunque nos ame tal y como somos); conseguirlo será mirar con sus ojos, que nuestras manos sean las suyas, nuestros pies recorran sus caminos. Conseguirlo será contribuir a adelantar su Reino a la tierra. Y mientras, al menos, lo vamos intentando.

Amar es querer renovar el mundo, cambiar el mundo. Amar es tener la humildad suficiente para reconocer que el primer cambio, y tal vez el más necesario, sea cambiar uno mismo. Es el cambio que más a mano tenemos, pero puede ser el más difícil. Un cambio que no se desarrolla por que sí, tal cual. Un cambio para el que también se necesita comprensión, hombros y manos. Un cambio que sólo Él puede llevar a cabo, motivar e impulsar; porque Él es el cambio. La Alianza nueva y eterna renovada en cada Eucaristía. NUEVA. ETERNA.

La consciencia de ese cambio es que ya está en marcha, y eso es el primer pie en el primer peldaño para ir scalando hacia el cambio.

lunes, 27 de mayo de 2013

Sí, decepciono

Me acabo de dar cuenta de que he recibido últimamente tanto tweets como mensajes directos en el blog (que no he publicado) excesivamente laudatorios. Obviamente el 100% de esos mensajes es de almas buenas que no me conocen en persona, porque si lo hicieran se lo pensarían dos veces antes de escribir. Los agradezco, los agradezco de corazón porque me animan a continuar. Los leo y pienso que esto no será malo del todo.

Pero voy a ser honesto. A ver, que eso trato de serlo siempre; todo lo que tecleo es impulso de una necesidad, y palabras completamente sinceras (a veces demasiado). Soy lo que escribo, pero no soy solamente eso.

Soy un pobre hombre lleno de magulladuras de caerse y levantarse, y volver a caerse y levantarse de nuevo. Magulladuras que duelen de verdad, porque muchas de las caídas me parecen incomprensibles por absurdas; como quien tropieza con una piel de plátano… ¡cómo no la habré visto! Y cómo no verla cuando está siempre en el mismo lugar y es la misma piel del mismo plátano caída tras caída. Magulladuras que duelen porque pueden tener un efecto en cadena: le duelen a Dios, me duelen a mí y duelen a otros (o ya ni les duele). Muchos aspectos parece como si no mejoraran nunca, como si no fuera capaz de cambiar. Y no podré yo hasta que no deje que sea Él quien pueda. A veces creo que sólo crezco porque cada vez me duele más caer.

Porque cada vez me duele más caer. Pero sigo levantándome. Avergonzado de ser un pobre hombre torpe, que ama y hiere aunque no quiera hacerlo. Un pobre torpe lleno de moratones. Pero me levanto con la confianza puesta en un acto de Amor: la Cruz. Con la victoria de la Redención, de la Resurrección. Porque sé que el perdón es un regalo para todos, también para mí. Me avergüenza caer aunque sean nimiedades, pero no me avergüenza pedirle perdón al Señor ni a quien he decepcionado. 

Sí, esa puede ser mi ventaja, la confianza absoluta de que en Él está la Redención Copiosa. Pero que no se engañe nadie, me decepciono y decepciono también a la gente que tengo a mi lado. Torpe, impaciente y también cargado de preguntas. Prejuzgo aunque no deba hacerlo; acertar o equivocarse es lo de menos, lo erróneo es juzgar. Con mis miedos y mis inseguridades. Me entrego pero lo hago o poco, o torpemente, y cuando amo o no es lo suficiente o no de la manera adecuada. Otras veces, las menos, acierto y camino firme. Pero lo intento. Y caído, cuando casi llego a pensar que se me ha escapado entre los dedos, y soy yo el que se suelta, siempre está El; en ocasiones Él y la mano de un hermano.

Hoy alguien me ha enviado un tweet en abierto que yo agradezco, pero con total sinceridad he tenido que contestar que, tras conocerme, vendría la decepción.

Imagino que como todo el mundo. Peor que muchos y mejor que nadie. Pero sigo levantándome. Me levanto y continúo. Y busco un par de manos sobre mi cabeza.

La primera frase de la Primera Lectura de hoy, “A los que se arrepienten Dios los deja volver y reanima a los que pierden la paciencia”, me hace ver que cuando caigo scalar es levantarse y buscar esas dos manos, el perdón.

Que nunca deje de querer levantarme, Señor.

sábado, 25 de mayo de 2013

Un día de niños

Hay personas que forman parte de nuestra vida sin darnos cuenta. Aparecen acoplados en el engranaje de nuestro paisaje existencial de una forma tan natural que ni nos percatamos de que están; sin embargo, si no estuvieran ahí las cosas serían diferentes. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros, el propio existir, la relación directa o la mera presencia suponen algún tipo de influencia sobre los demás. Esto me ha llevado a ser consciente de cómo nuestra actitud ante la vida influye, aunque sea de una manera nimia y sutil, en los demás. Soy protagonista en mí mismo de que a veces nos dejamos llevar, pero la elección personal hacia la apertura con optimismo, hacia el encuentro en el Amor sin más trabas mentales (por mucho que nos encontremos esporádicamente con decorados o tramoyistas que, según las circunstancias, no encajen demasiado en nuestros esquemas prefijados) es importante para uno mismo y para los hermanos. No depende más que de cada uno elegir entre la alegría de la Luz o la actitud tenebrosa. Evitar aquello que no es para todos, sino sólo para algunos, porque sólo lo que es para y por todos es el Amor; el resto, elementos superfluos o distracciones perfectamente prescindibles.

Pues yo hoy he estado en uno de esos lugares donde se siente el Amor de Dios,  en una celebración para todos. Para todos. Hablo de las Primeras Comuniones que han tenido lugar en mi parroquia. Una celebración sensacional, presidida por un jovencísimo sacerdote (el P Damián Mª Montes) que pareciera salirse de sí mismo hacia todos. Un montón de niños felicísimos con sus familias. Catequistas exultantes. Ha sido una auténtica maravilla. Un templo abarrotado.

He reparado en que he ido viendo crecer, desde la distancia, a alguno de esos niños; me he dado cuenta de que muchas de esas caras con las que intercambio saludos casi a diario por el barrio son parte de mi paisaje existencial. Muchos de esos saludos sonrientes me alegran el inicio del día o, a veces, una tarde taciturna. Por eso mismo, mi ceño en ocasiones fruncido, puede ensombrecer a esas mismas personas. ¡Hay que elegir iluminar! Hay que elegir ser positivo, transmitir la alegría de nuestra fe con cualquier gesto y en cualquier circunstancia. Definitivamente necesito un par de manos sobre mi cabeza.

Un día de niños. Ha sido un día de niños. Sintiéndome un poco niño, porque yo soy muy raro, y no he podido evitar recordar al P Colinas el día de mi Primera Comunión en otra parroquia Redentorista.

De PS fuimos a la celebración de un setenta cumpleaños. De una niña de setenta años. Y seguíamos rodeados de niños, varios preparándose para la Primera Comunión. Yo hoy iba de “corporativo”, porque llevaba mi polo de www.redentoristas.org. Un padre a quien acababa de conocer cometió la insensatez de preguntarme, y a mí, si me preguntan, pues contesto. Me puse a hablar, y llegó un momento en el que pensé: “le estoy abrasando”. Pues no; siguió preguntando, comentando y los ojos se le iban abriendo cada vez más, hasta que me dijo: “no sé que me entusiasma más si lo que cuentas o la pasión con la que lo cuentas, porque yo sólo soy capaz de hablar así de mi familia”. A lo que le contesté: “bueno, es que yo voy por la Vida scalando en Familia”.

Al llegar a casa, mientras organizaba baños y cenas mi hija mayor me preguntó por el “flaco”, un alma buena caída literalmente de Arriba, de esas que llenan de sentido que la f sea mayúscula.

Un día de niños tan feliz, que creo que dormiré como un bebé, después de darle gracias a Dios porque tengo una suerte que no me la merezco: saber que en Él está la sobreabundante Redención.

¿Cómo no querer contarlo? ¡Si es para TODOS!

viernes, 24 de mayo de 2013

Un amigo fiel no tiene precio

Lectura del libro del Eclesiástico (6, 5-7):

"Una voz suave aumenta los amigos, unos labios amables aumentan los saludos. Sean muchos los que te saludan, pero confidente, uno entre mil; si adquieres un amigo, hazlo con tiento, no te fíes en seguida de él; porque hay amigos de un momento que no duran en tiempo de peligro; hay amigos que se vuelven enemigos y te afrentan descubriendo tus riñas; hay amigos que acompañan en la mesa y no aparecen a la hora de la desgracia; cuando te va bien, están contigo, cuando te va mal, huyen de ti; si te alcanza la desgracia, cambian de actitud y se esconden de tu vista. Apártate de tu enemigo y sé cauto con tu amigo. Al amigo fiel tenlo por amigo, el que lo encuentra, encuentra un tesoro; un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un amigo fiel es un talismán, el que teme a Dios lo alcanza; su camarada será como él, y sus acciones como su fama."


Esta es la primera lectura de hoy. Sin más comentarios. Simplemente una íntima y profunda reflexión por mi parte; tan íntima y profunda como lo es el agradecimiento
.

jueves, 23 de mayo de 2013

Sumo y Eterno Sacerdote

Hoy, día en el que celebramos la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, creo que es una buena oportunidad para dedicar un sereno rato de oración por los sacerdotes.


Yo lo haré esta tarde ante el Santísimo en la #oracióndelosjueves en PS, y animo a que todos dediquemos un rato a hacerlo, donde sea. Cualquier momento del día, cualquier lugar es bueno para orar, pero hacerlo ante el Señor es –por decirlo de una manera coloquial- como la cuadratura del círculo sacerdotal. Ante un pedazo de Pan que es el propio Cristo. Pan consagrado por otro Cristo, por un hombre como cualquier otro; por alguien que, escuchando su nombre, dijo, como María, Fiat.


No es porque yo sea muy anticuado –que en muchas cosas lo soy- ni por convencionalismos sociales añejos; que no, que no es por eso por lo que yo, de entrada, me dirijo a cualquier sacerdote con especial respeto. Respeto que nace de la admiración y el agradecimiento; admiración por su “Sí” y agradecimiento por su vida. Eso de entrada. Que luego, cuando conozco a la persona, al hombre, esa idea inicial varíe es otra cosa. ¿Que algunos puedan ser además amigos y el trato varíe? ¡Pues claro! Porque, aunque el Sacerdote lo es las 24 horas del día desde el momento de su Ordenación (bueno, yo aquí tengo una idea un tanto particular: efectivo para el mundo desde su Ordenación, pero para sí mismo y en el corazón de Cristo desde el inicio de los tiempos), sigue siendo hombre las mismas 24 horas del día.


Como tal hombre sujeto a las debilidades, fallos, frustraciones de cualquiera. Como cada ser humano, dotados del mismo corazón que late y que un día dejará de hacerlo. Los hay simpáticos, secos, afables, antipáticos, altos, bajos, gordos, mayores, con coleta, rapados… tan variopintos como el género humano. Podremos estar de acuerdo o en desacuerdo, porque quitando lo fundamental que es el Amor, una grandeza de esta torre de Babel que es nuestra Iglesia es que es capaz de alcanzar la unidad desde la diversidad más extrema. Alguno puede ser casi como nosotros mismos y otro estar en las antípodas, pero sea cual sea la opinión personal que podamos tener, sus manos consagran el Pan y el Vino, nos perdonan los pecados, nos auxilian en la muerte…


Merecen nuestra oración, nuestro calor, nuestra compañía, nuestra comprensión, nuestro cariño. En la segunda lectura de hoy Pablo nos relata la tradición que recibió y nos transmite, “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía»”. Cristo se entregó por nosotros, y ellos a Cristo también por nosotros.


Cada rebaño requiere su pastor y cada pastor atiende a sus ovejas; y no nos engañemos, que somos churras, merinas, shetland, hampshire, charollais, alcarreñas, corriedale, carranzana…y así los pastores. Yo hoy pediré para que no les falte el calor y el cariño, para que estén donde estén encuentren una mano amiga, para que en su soledad no se sientan solos; para que sepamos alentar a los ancianos a conservar el ánimo, las fuerzas y la ilusión; para que seamos comprensivos con los jóvenes que comienzan a andar como curas. Pediré por todos, no sólo por los más cercanos, porque, como recordaba S.S. Benedicto XVI en la Audiencia del 30 de marzo de 2011, el propio San Alfonso Mª de Ligorio no se cansaba de repetir que “los sacerdotes son un signo visible de la misericordia infinita de Dios”.

Y lo haré ante Cristo en ese pedazo de Pan que algún sacerdote habrá consagrado. ¿Alguien se anima?

martes, 21 de mayo de 2013

Santi Casanova ¡Gracias!

Mi querido amigo, querido Santi. Ni te imaginas lo que me impresiona cuando me doy cuenta de lo que Dios me quiere a través las personas que va poniendo en mi camino y que, a veces, me dan un par de bofetadas de sensatez que acaban por centrarme. Esas personas que nos regala para hacerse presente sin necesidad de mirar a lo Alto; presente aquí, en la tierra. Tú eres una de esas personas y con la entrada de hoy en tu blog lo has hecho. ¡Y de qué manera!

Me voy a permitir la licencia de transcribir, entrecomilladas y en cursiva, unas poquitas de tus palabras: “No es fácil mantener la firmeza, por eso se hace clave tener una comunidad, una parroquia un acompañante… ¡lo que sea! Solo, uno es extremadamente débil y vulnerable. A veces tengo miedo de fallar, de perder la valentía y tirar por la calle del medio….pero también sé que mi guardia nunca duerme, que me protege, que me quier, que me cuida…” (Santiago Casanova Miralles). Señores, éste es @scasanovam, no dejen de seguirle en Twitter.

Pues tú hoy has sido mi guardia. Quienes están cargados del Espíritu lo transmiten en las redes a través de la pantalla de un PC o de un smartphone; eso has hecho tú hoy.

Nada grandilocuente ni rebuscado, con la normalidad cotidiana con que el Señor deja actuar al hombre, se deja actuar en el hombre. Tú has hecho que repare en una obviedad que para mí es ya tan natural que ni soy consciente como debiera, ni agradezco cómo y en la forma que debiera. “Tener una comunidad, una parroquia, un acompañante… ¡lo que sea!”. Esa es la obviedad natural para mí. ¿Sabes, Santi? Uno se enfanga como puede, ora a lo Alto y en lo más carnal que es el hermano, pero… qué poquitas gracias doy por ese lujo que yo tengo ¡qué poquitas!

Gracias a Dios por haberme regalado una comunidad, una parroquia que, en su conjunto, me acompaña y me sostiene. Gracias a Dios no por tener una comunidad o una parroquia, no; gracias por ser parte de. Y en mi caso gracias por ser parte de algo que es más amplio que una comunidad o una parroquia, gracias por ser parte de una Familia extensísima, que es la Redentorista; porque así me siento sea cual sea el santuario o parroquia Redentorista, así me siento cuando estoy entre ellos, en Familia. Creo que ni al Señor ni a ellos sé darles adecuadamente las gracias. Puede que no sea perfecta, pero es la mía. Y les quiero, con sus virtudes y con los defectos que pudieran tener. Una familia en la que mi mujer, mis hijas y yo vamos scalando. Qué importante es para cualquiera formar parte de algo así, pero, sobre todo ¡qué importante es para un padre! Porque ¡qué importante es para unos niños!

No voy a contar más; no voy a explicar más. No siempre lo parece, no siempre lo demuestro. Yo no soy un personaje permanentemente sonriente (en realidad me inquieta lo que una permanente sonrisa es capaz de ocultar), y eso puede llevar a equivocaciones. Pero desde aquí les digo ¡GRACIAS! Desde aquí les digo que les quiero. Bien pensado esto me ahorra que esta tarde cuando, como cada día, vaya a PS y me cruce con Olegario, o con Nicanor, o con cualquiera les dé un abrazo y les plante un par de besos, que yo soy muy capaz (igual lo hago sólo por ver las caras). Lo que es seguro es que ante el Sagrario, con el corazón hacia lo Alto, le daré al Señor las gracias por esa Familia; lo que es seguro es que a San Alfonso le daré las gracias por fundar esta Familia, cuyos miembros me han enseñado a mirar a Cristo a los ojos en el hermano.

Gracias Santi por mostrarme lo profundo de lo obvio, por la sensatez. Tú Casanova y yo Casanueva, diez años de diferencia y medio metro de altura nos separan pero ¡hay que ver lo que nos une! Ya quisiera yo ser la mitad de generoso y de acogedor que tú. Y ya ves ¡lo único que soy es la mitad de tamaño!

Mantén el corazón firme


Creo que la lectura del libro del Eclesiástico propuesta para hoy (2, 1-13) es de las que me muestran con mayor claridad mis debilidades. Curiosamente lo hace porque, en líneas generales, siempre me he mantenido con el corazón firme ante las pruebas que enumera. No sólo me he mantenido con el corazón firne, sino que esas pruebas me han fortalecido y acercado más a Dios, con confianza, abandono y valor. Tratando de mantener el buen humor y la estabilidad de ánimo con más que relativo buen resultado. No lo voy a ocultar, porque la falsa molestia siempre me ha parecido ridícula, y hasta bochornosa en muchas situaciones. No lo oculto porque no ha sido nunca cosa mía, porque, sin falsa modestia, siempre he sentido que en esos largos períodos la fuerza venía de mi propia debilidad; sentí el gozo de experimentar que la fuerza venía de lo Alto. Sí, de lo Alto, aunque tengo algunos amigos que fruncirán el ceño, por aquello de que no hay que mirar a lo Alto; en fin, por muchos cambios que se quieran introducir, por muy original, moderno, enrollado, transgresor o simplemente avanzado que uno quiera sentirse, si algo no conseguirá nadie eliminar jamás de la faz de la tierra es la mirada del hombre a lo Alto, para pedir o para agradecer, aunque no sea más que el sol que viene de lo alto. De lo Alto y también de personas con rostros, historias propias, nombres y apellidos (muy poquitas y ligadas a mí desde mi infancia a la madurez). Me he mantenido pegado a Él como una lapa, con confianza ciega. Pegado a Él mirando a lo Alto, y pegado a Él en un puñado de personas; sostenido por Él desde lo Alto, y sostenido por Él en un puñado de personas.

Siempre he visto esos períodos de prueba como períodos de gracia, asentado en el Señor, y acompañado. Sin embargo esta lectura me hace pensar que, por tratarse de cuestiones sobrevenidas, cuya solución no estaba directamente en mi mano, el abandono en el Señor me asentó en la templanza, tan inusual en mí. Ayer fue Pentecostés, tengo 46 años, y reconozco que no tengo ni la menor idea de cuál es el don que me ha sido regalado. Lo que tengo claro es que mis prontos denotan tal falta de frutos del Espíritu Santo que espero que Dios me conceda tiempo para ir scalando hacia la santidad, porque me queda tanto para alcanzarla que… en fin.

Pues bien, el Eclesiástico me muestra que para la prueba que más debo prepararme, aquella ante la que tengo que mantener el corazón más firme, redoblar el valor para no asustarme y pegarme más a Él, es algo así como el combate espiritual que me provocan la frustración ante lo desconocido, la provocación, decepción y los errores de terceros queridos, las incógnitas ante la idoneidad en el futuro de mis hijas; cuestiones de repercusión exponencial y largoplacista. Combate quizás conmigo mismo, entre la quietud y la acción, el laissez faire en silencio y la pataleta; es decir, situaciones todas en las que están implicadas personas a las que quiero y frente a las que sí que tengo, por muy pequeño que sea, margen de maniobra. Doble pirueta emocional de un cocktail cuyos ingredientes principales son el corazón y la confianza. Choque que me produce algo más que una simple desazón y cuyas consecuencias, lamentablemente, no solamente padezco yo mismo, aunque de esto sólo yo tenga la culpa. Y cuando me encuentro en plena espiral de desazón, además de mi propia batalla interior (que tiene lo suyo, la verdad) sé la decepción que puedo llegar a causar a quienes bien me quieren, y la satisfacción al innombrable que, aunque momentáneamente, a veces me devora. Batalla entre lo que entra por el ojo y lo que sale del corazón, del mío; pero batalla ganada, porque como en el bautismo fuimos instituidos sacerdotes, profetas y reyes, por la fuerza del Espíritu tenemos el poder real de vencer.

Satisfacción que no le dura demasiado, también es cierto, pero ahí está. Por eso es por lo que he de redoblar los esfuerzos y evitarle la oportunidad.

Pero sobre todo, para poder redoblar esos esfuerzos, sencillamente pido más fe.

Así que, para continuar scalando en Familia, me quedo con el Salmo también propuesto para hoy: “Encomienda tu camino al Señor, y él actuará”.

lunes, 13 de mayo de 2013

Intercesión de San Gerardo Mª Mayela


Mirar al mundo, a mi alrededor, me suele llevar en bastantes ocasiones a elevar los ojos y la mirada interior a lo Alto. Hay cosas que se me escapan, a las que uno no alcanza y, lo cierto es que sin el menor esfuerzo, procuro ponerme en manos del Señor. Y sí, cuando me pongo en manos de Dios, mi actitud es la de mirar a lo Alto. Cuando algo se me escapa en mi vida, o cuando la impotencia ante los problemas de “mi” gente, o ante situaciones sobrevenidas e incluso estructurales, es evidente, no me resta más que rezar, con confianza plena (San Alfonso: “La oración es la elevación del alma y del corazón a Dios para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos” / “todas cuantas cosas pidierais en la oración tened viva fe de conseguirlas”). Soy tan raro que yo creo en los milagros, tanto en los que se producen por la cooperación humana cuando prestamos nuestro propio ser a Cristo para hacerle visible en el mundo de la forma que sea, como en los que de manera inexplicable vienen directamente de lo Alto sin más mediación que la oración (como para no mirar a lo Alto). Además, y como producto de una rarísima pirueta mental, creo firmemente en la Comunión de los santos. Soy así. De modo que suelo encomendar mis peticiones a la intercesión de alguno en concreto.


Bueno, pues si lee estas líneas alguien tan raro como yo, le quiero pedir un favor, que pida a San Gerardo Mª Mayela (misionero Redentorista) por las madres que están embarazadas y por los bebés que esperan. ¿Por qué a San Gerardo? Pues por ser Patrón de las madres gestantes y de los niños: http://nuevaweb.redentoristas.org/redentoristas/santos-y-beatos/san-gerardo-ma-mayela/ Que rece en general por todas, aunque yo tenga presente en concreto a una, que iría incluida en las anteriores. Voy por la vida scalando en Familia, y ella es parte querida y luminosa de esa Familia. Con tranquilidad y absoluta confianza. En este caso no es necesario un milagro, la verdad, simplemente que todo vaya bien. El Señor hará el resto. Es lo único que puedo ofrecer: oración, cariño y unas cuantas manos.


Por si ese alguien también raro es un poco perezoso y no quiere pinchar en el link que he pegado unas líneas arriba, termino agradeciendo la hermandad, comunión y entrega de la oración y escribiendo la Oración a San Gerardo Mª Mayela, aunque cualquier otra, cualquier gesto hacia lo Alto será fructíferamente visto con igual complacencia.


Oración por las mamás y los niños

Dios y Padre nuestro, tú sembraste en San Gerardo María Mayela
un amor increíble a tu Hijo Crucificado, con quien se identificaba,
ayúdanos a seguir siempre tus pasos
y ofrecerte nuestra vida sin guardarnos nada.
A ti te invocamos, Señor de toda vida,
que concediste a san Gerardo, a lo largo de su corta existencia,
un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas.
Este rasgo típico de su caridad constituye para toda la Iglesia
un estímulo a amar, defender y servir siempre a la vida humana.
Bendice, por intercesión de San Gerardo,
a todas las mujeres que esperar un nuevo nacimiento
y a los hijos que llevan sus entrañas,
para que ambos lleguen sanos a un feliz alumbramiento.
Y a toda tu Iglesia dale el don de amar,
anunciar, defender y ofrecer la vida,
que es el mismo Redentor Jesucristo,
que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 12 de mayo de 2013

Mirando a lo Alto


Mirando a lo Alto. Debo ser un carca, ñoño, trasnochado, demodé, extemporáneo o lo que se quiera, pero a mí me gusta ir por la vida mirando a lo Alto. Quizás porque un día comencé con fe, consciencia y pasión a scalar en familia; comencé a ir scalando, ascendiendo a una meta clara, que está en lo Alto. Quizás porque Su Reino no es de este mundo. Distraer la mirada es distorsionar la propia realidad de mi conciencia y de mi Vida. Elevar el corazón y mantener permanentemente fija la mirada en la Meta.

Eso no quiere decir que pretenda ir deambulando embobado haciendo oposiciones para conseguir una contractura crónica en el cuello, ni chocándome contra las farolas. Es simplemente tener claro que el Resucitado ascendió a los Cielos, de los que nos abrió la puerta; es mantenerme bajo la mirada de Dios, sintiéndome amado y amando. No es otra cosa. No me quedo estático, “plantado mirando al Cielo”, pero mantengo alzada la mirada interior; ("...y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios." Lc 24) la alzo cuando oro (mantener la mirada en el Sagrario es hacerlo a la vez en la tierra y a lo Alto) y cuando miro a la tierra. Elevarla a la lo Alto para pedir y para agradecer.

Mantener alzada la mirada interior me ayuda al mismo tiempo a tratar de mirar al mundo, a  mi mundo, a mi entorno, a los hermanos como creo que Él lo haría. Quien mira con el corazón a lo Alto, quien se sabe bajo la mirada amorosa de Dios, es capaz de prestarle sus ojos en la tierra. Es esa mirada alzada la que me hace amar, y tener el corazón pegado a la tierra lo que hace que me duela. Verle en quien sonríe y en quien llora, en quien se entrega, en quien amaga con hacerlo y en quien tiene el corazón yermo. Y tratar de poner un granito de arena para acercar su Reino a la tierra. Mirar a los ojos al sufriente, al atormentado, al humillado y verle a Él; tratar de poner, aunque sea con una sonrisa, ese insignificante granito de arena, elevar la mirada interior a lo Alto y saber que somos igualmente amados. Verle en quien me acoje, apoya, ayuda y sostiene, en quienes lo han hecho a lo largo de mi vida, elevar la mirada interior a lo Alto y saber que somos igualmente amados.

Meterme en el fango consciente del por qué, aunque a veces no sepa muy bien el cómo. Ya, ya sé que quien no está contra nosotros está con nosotros, pero proclamando abiertamente con la vida a Jesús, la Redención, lo que me recuerda un poco a la homilía del Papa Francisco el 14 de marzo ante los 114 Cardenales Electores.

Si yo no scalara en Familia estaría perdido, y si no lo hiciera con la mirada interior dirigida a lo Alto, también lo estaría. Ya lo siento, pero que no me diga nadie que no mire a lo Alto porque..., en fin, pues que como que no. Puedo ser peculiar, pero así soy.

jueves, 9 de mayo de 2013

Ni siquiera soy yo


Eres tú quien acaricia el rostro de un bebé dormido, y le provocas un esbozo de sonrisa. No es un simple gesto inconsciente, es el reflejo vivo de una ternura plácida; es el reflejo del calor y la seguridad de quien es amado sin saberlo, aunque lo sepa; es la reacción natural de quien se entrega seguro. Una criatura amada sin pedirlo, sin saberlo. Abandonada a quien le ama sólo por ser. La respuesta es la sonrisa, y la placidez y el sueño tierno. Una criatura abandonada a la mirada del Padre.

Ni siquiera soy yo, que no soy apenas nada y lo soy todo porque me miras; porque lo soy todo cuando me veo consciente bajo tu mirada. Cuántas veces pregunto y no te oigo; cuántas veces te busco y no te veo estando ahí. Y sin embargo, en ocasiones, de repente siento cómo me miras, veo cómo me miras. Y no hago nada. Soy apenas capaz de esbozar esa sonrisa y dejarme mirar.

No te quiero dejar escapar cuando esto ocurre. Te oigo entonces en el silencio y en el ruido de la calle. Te veo en mí y a mi lado, y en mi mujer cuando duerme, y en mis hijas, y en el hermano; cierro los ojos y te veo en un pedacito de pan; te veo por la calle en el que pide y en el que da, en el angustiado, en el risueño y en el indiferente; te veo en quien me aconsejó esos salmos. Entonces casi alcanzo a entender por qué no puedo evitar querer, el dolor de amar; casi encuentro sentido al ansiar más, al desear hacer más, al pedir más, al desaparecer yo mismo. Es entonces cuando quiero darte mis ojos, mis manos y mi tiempo. Es ahora cuando me gustaría conocer mis talentos para poder explotarlos. Es así como soy paciente. Así comprendo, no juzgo, entiendo y encuentro la paz.  Me vuelvo diminuto ante la fortaleza y el cansancio de María; recobro la ternura al ser yo quien simplemente contempla a mis hijas. Me admiro ante quien pide una mano y ante quien la tiende; ante quien se refugia en el silencio y ante quien grita por los ojos. No puedo dejar de querer, no quiero dejar de querer. Y duele; a veces duele. Y yo ya ni estoy, está la paz. Estás sólo tú.

Cierro los ojos y te vuelvo a ver en un pedacito de pan. Ya no me asusta mirar atrás; hace tiempo ya que no me asusta mirar a popa y encontrarme rodeado de amigos mientras acallo mi nombre entre las risas, sorteando el susurro entre las olas, porque tú estás aquí, ahora. Paciente, fiel. Estás nítidamente en María y en Toya y en Paula, en quien habla en el silencio, en tantos jóvenes y mayores que he venido conociendo; estás en la fe pura, desnuda e ignorada de una indigente. Estás tanto en mi pasado como en mi presente porque, además de mi creador, eres el vigilante amoroso de mi historia. Cierro los ojos y me veo pecador y salvado; y me duele el Agua del Costado, y me duele la Sangre derramada: eso es Amor, tu Amor. Sentirlo así, saberlo así con la certeza absoluta, con la seguridad absoluta del bebé que sonríe me lleva a gritarlo, a contarlo a escribirlo. Nadie, absolutamente nadie debería vivir sin conocer que nos amas. Todos, absolutamente todos deberían conocer lo que significa una palabra: Redención. Tu Palabra. Tu Amor. Tu regalo de eternidad. Nada más importa.

Ni siquiera soy yo aunque te busque, eres tú, Padre, paciente, fiel y tierno que me miras. Interior intimo meo et superior summo meo (San Agustín). Ojalá permaneciera siempre así, consciente de tu mirada.

“Sólo el que la disfruta puede entender cuán suave es la paz de que goza, aun en éste mundo, un alma que está en gracia”. (San Alfonso Mª de Ligorio) ¿Será acaso por eso?

viernes, 3 de mayo de 2013

Primeros Cristianos de hoy

“Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados y os está salvando”. Con estas palabras iniciales de la Primera Lectura de la festividad de los apóstoles Felipe y Santiago, el vehemente Pablo se dirige a los Corintios. Puede ser una tontería, pero cuando lo he leído en lo primero que me he fijado ha sido en una obviedad, en que proclamó el Evangelio.

Esto me ha hecho pensar en los apóstoles, en todos aquellos de los tiempos de Jesús que proclamaron la Buena Noticia redentora, quizás en pequeños grupos; en todos los discípulos y en los seguidores que se iban sumando y que, a su vez, iban proclamando ese mismo Evangelio de Salvación. Y yo me pregunto: "Enrique ¿qué lugar habrías ocupado de haber escuchado en esos primerísimos años tras la Resurrección, en el nacimiento y formación inicial de la Iglesia de Cristo, tamaña Noticia?"

Pues quiero pensar que el que ocupo hoy, el de un padre de familia –también vehemente- que, con su mujer y junto, a ella no simplemente trata de educar y transmitir la fe a sus hijas, sino que la vive con ellas, en una Comunidad cristiana concreta, en el trabajo, andando por la calle..., en el mundo. Un vehemente, enamorado de Cristo, transformado por la realidad de la sobreabundante Redención que, en ocasiones es un poco torrente y en demasiadas ocasiones torpe. Veo algún paralelismo más, porque recientemente he vivido una situación cotidiana, intranscendente a primera vista, pero que se convirtió en algo así como una reducida reunión alrededor de uno de los Apóstoles. Varios hermanos unidos en Cristo y de una misma familia escuchando un Evangelio vivo del siglo XXI; no me refiero a la Palabra, no hablo propiamente de un texto de los Evangelios; me refiero a la expresión, plasmación y praxis real de un Evangelio vivido por alguien asimilado a Cristo de tal forma, que la propia fe individual, lejos de verse empequeñecida, se ve alentada, fortalecida y engrandecida en una diminuta comunidad. Un grupo afortunadísimo de personas, un sentimiento de familia en torno a uno más de nosotros sí, pero no simplemente uno más. Ahí estaba el Señor y todo era por él y en el Señor; y todos formando parte, siendo parte, scalando en Familia. No hacía falta ni siquiera tratar de trasladarse a hace más de dos mil años; no, no hace falta.

Nuestro tiempo es aquel en el que vivimos, ese es el realmente importante e imprescindible. Nuestra historia, que se ve transformada por el Único que es inmutable, no es simplemente nuestra; no lo es porque es compartida y de ella depende en mayor o menor medida cómo sea la historia de los demás. Nuestra historia sí puede cambiar el mundo; puede hacerlo cada día y a cada momento. Hoy, en nuestro tiempo, en nuestro mundo, no es que podamos, es que tenemos que ser como uno de aquellos discípulos o seguidores de hace más de dos mil años. Los tiempos cambian, cambian las personas, pero la Verdad permanece y, para quienes hemos tenido el gozo de experimentar la acción real del Espíritu en nuestras vidas, es una necesidad y una obligación contarlo; contarlo de manera explícita y no hay forma más explícita que nuestra propia vida.

Contarlo a todos. Y yo lo hago también por estos medios, por qué no. La historia importante es la que cada uno desarrolle en el lugar del mundo en el que se encuentre, porque en cualquier lugar del mundo se ha de saber que Él resucitó y que la Redención Sobreabundante es para todos. Que todos se sientan igualmente Amados, porque todos somos Amados por igual.

Juan nos recuerda en el Evangelio de hoy las palabras del propio Cristo: “…el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”…/… “Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”.  Así que creamos, pidamos y contémoslo.

Transformados y resucitados cada día, cooperemos para hacerle a Él presente en nuestro mundo. Abrazados a nuestra cruz y llevando como cireneos la cruz de nuestros hermanos, claro; pero sonriendo por la Redención y tratando de llevar un poquito de su Luz.

La Lectura y el Evangelio de hoy son mucho más jugosos, lo sé. Sabrá Dios por qué en lo que yo me he fijado es en algo tan obvio como que Pablo proclamaba el Evangelio y en las comunidades de los Primeros Cristianos. Y en que el mundo está lleno de “primeros cristianos” deseando serlo… …¿a qué esperamos?