jueves, 18 de febrero de 2016

Cruz de navajas


Son muchas las opiniones que vengo leyendo últimamente en las redes sociales sobre cuál debe ser la actitud de los católicos ante las ofensas que venimos recibiendo. Con casi todas estoy parcialmente de acuerdo; con unas más y con otras menos. Lo que me queda claro es que en todas subyace la melodía de la caridad. Como debe ser.

Si eliminamos de cualquiera de nuestros juicios la caridad podríamos hablar de muchas cosas, pero no de un pensamiento o actitudes cristianos. Empleo la palabra “juicios” intencionadamente, porque juicios emitimos como meras opiniones casi en cada frase. Y eso es sano. Confrontar los juicios mediante el diálogo es aún más sano, porque contribuye al crecimiento mutuo de quienes dialogan, aunque no siempre al entendimiento.

Respecto a cómo reaccionar a los ataques a la Iglesia o al ser cristiano, yo tengo mi opinión particular. Tan particular como la de cualquier otro. Los ataques los sufro como católico en general y los sufro y he sufrido también de manera concreta y particular. Son varios (ni uno, ni dos, ni tres…) los comentarios ofensivos en éste blog que no he publicado, y uno en concreto que conservo sin eliminar, porque es tan aberrante que me ayuda a rezar periódicamente por quien quiera que fuera la persona que lo escribió. Amenazas más serias venidas de fuera también existen, y también rezo por ellos. Y sigo adelante. Sin más.

Recuerdo la pintada en mi parroquia de “arderéis como en el 36” el día del inicio de la JMJ2011, junto a un par de pintadas más, como recuerdo la tensión en la Puerta del Sol al finalizar el Vía Crucis. Recuerdo sin miedo, con pena, a unos jóvenes “indignados” cuando volvía andando a mi casa; recuerdo la mirada de uno de ellos, un chiquillo, cuando les dije que hicieran lo que quisieran (fue ese chiquillo quien decidió que no me hicieran nada). Sigo rezando por él.

Las ofensas públicas que venimos aguantando, ya lo siento, pero no creo que sean ni individuales ni espontáneas. Es mi opinión. Tan legítima como cualquiera. Ni si quiera en esto me gusta el pensamiento único. El pensamiento único adocena; la libertad de pensamiento hace crecer al individuo. Y para todos, absoluta libertad de conciencia. Sin condenas cuando no hay hechos reprensibles.

Ahora bien, comprendo perfectamente que quienes se sienten indignados ante la comisión de un hecho presuntamente delictivo utilicen cuantas armas legales tengan a su alcance. No ya para obtener una satisfacción personal, sino para que el delito no se repita. Será por mi formación jurídica, pero es mi opinión. Si entran en mi casa a robar perdonaré al ladrón en mi corazón, pero llamaré a la policía. Siempre recordaré el funeral de la madre de Marta, una amiga mía. A su padre lo había asesinado la ETA con una bomba lapa hacía años, y en el funeral de su madre pidieron por su padre y por su asesino. Incluso fueron a visitarle, pero a la cárcel, que es donde debe estar hasta que cumpla condena. Y, sin embargo, “abrir las prisiones injustas…” (Isaías 58,6).

Lo que no deja de parecerme curioso es que se cuestione, casi criminalice, a quien use su derecho justamente. Porque utilizar el derecho justamente ni va contra el perdón ni contra la caridad. Es más, no ejercer el derecho puede ser caer en dejación de la defensa de los más desfavorecidos; sean quienes sean. Curioso ver cómo se acoge la indignación de unos y se señala la de otros. Ante el acorralamiento hace falta también valor para alzar la voz, sino por uno mismo, por los demás. "...Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal, pero si hablé bien ¿por qué me pegas?" (Juan 18, 23). 


Y todo ello sin politizar el hecho religioso. No hay que politizar el hecho religioso jamás. Libertad de pensamiento y libertad de conciencia. Desde el más absoluto y escrupuloso respeto. Eso sí, se politiza ese hecho religioso cuando se le ataca desde algún partido político; es el hecho de que sea un partido político, o un grupo organizado, o una institución administrativa quien ataque lo que lo politiza, no el ejercicio del derecho. Ejercer el derecho libremente no equivale a caer en una cruz de navajas. Cruz sólo hay una. Llevemos la nuestra con fe y ayudemos a aligerar el peso de la del hermano.


Y mientras, con caridad, perdonando y acogiendo. Orando. En gerundio. Scalando en familia.

domingo, 14 de febrero de 2016

Bety, descansa en Paz

Hay personas que aúnan tantos dones que son un imán para dispares. Personas cuya bondad natural hace que a su alrededor se disipen rencillas, porque emanan Paz. Con mayúsculas, porque hablo de esa Paz que nace de Dios, que refleja el Amor de Dios, que expande el Amor de Dios, que contagia el Amor de Dios.

Hoy se nos ha ido, de repente, una de esas personas. Se le ha ido a su familia, pero se nos ha ido a muchos más, a todos los que la queríamos. Hablo de alguien que era un remanso de Paz, un referente de serenidad y fe en la Parroquia del Perpetuo Socorro de Madrid, donde ha desparramado sus dones durante tantísimos años. Alguien que marca y a quien recordaremos siempre.

Bety Renjifo no era simplemente una buena persona, Bety personificaba la bondad, la serenidad. Pero, además, encarnaba muchos otros valores que tan poco abundan: señorío, elegancia, educación, discreción, entrega, inteligencia, humildad… Siempre con una sonrisa, siempre con una frase agradable en la boca que, con la dulzura de su acento limeño, era aún más agradable.

Sé que no soy objetivo, porque a Bety la queríamos, la queremos. Hace apenas una hora que nos hemos enterado de que el Buen Padre la ha llamado. Hemos llorado. He despertado a mis hijas para contárselo y hemos rezado por ella; las palabras y las caritas de mis hijas son lo suficientemente expresivas, pero no son para escribirlas, son para contárselo en su momento a Alejandra. Dejémoslo en que hemos rezado en familia, porque Bety, Alejandra, David, Horacio, Elvira, Jacobo… son como de la familia. Los queremos. Toca rezar y arropar a su familia, Ale, Pilar… Si alguien lee estas palabras le invito a rezar por ella. Yo, además, le rezaré a ella.

Hoy lloran las calles de Lima y las del barrio de Chamberí. Estoy triste; muy, muy triste. Pero estoy contento porque el Señor la puso en nuestro camino. Me siento un privilegiado porque he podido conocerla y quererla. Estoy contento porque sé que ha entrado en la Casa del Padre por la puerta grande, y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso habrán salido a su encuentro.


Queridísima Bety, que veas cara a cara a tu Redentor y goces de la contemplación de Dios por los siglos de los siglos.