martes, 31 de diciembre de 2013

¿Cómo acabo el año?

Ya es 31 de diciembre, último día de 2013. Termino el año en Paz. Diez años de matrimonio y cuando miro a mi mujer a los ojos todavía me parece trasladarme a Oruña y siento lo mismo que en el primer cruce de miradas el 15 de agosto del 2002. Afortunado ¿A que sí? Miro a los ojos de mis hijas y siento lo mismo que la primera vez que las vi, y veo en ellos la apuesta de Dios por el mundo, por el hombre. Miro los ojos de mi madre, una joven niñuca de 79, y sé que al mirarme ella también ve a un bebé peloncete. ¿Afortunado? Pues sí, sin duda.

Acabo el año con trabajo y habiendo abandonado el tabaco. Vamos, que no lo acabo mal. Y lo acabo sabiéndome bajo la mirada de Dios, en Paz y aún inflamado tras la Adoración de la Plaza de Colón. Lo acabo tras haber asistido a misa de 20h en PS, en casa, teniendo a mi lado a Oita, y eso es una gracia. Lo acabo con la ALEGRÍA del Evangelio gracias a Francisco.

Lo acabo contento y recordando la visita a Mérida del puente del 1 de noviembre en nuestro décimo aniversario viendo la felicidad de mis niñas, de las tres. Lo acabo contento porque pienso en Bárbara y Josefer y veo a dos vencedores encomiables y en ellos la mano de Dios, por muchos recovecos que quieran darse. Lo acabo contento porque veo a Joaquín y en él la esperanza de una fe incandescente. Lo acabo después de unos recientes encuentros con amigos de siempre, con las cenas familiares de Navidad, habiendo vuelto a ver a Antonio y a María. Lo acabo tras una invitación de Santi y Esther al cine con los niños que hubiera sido como ir en familia; tal cual. Lo acabo con unas recientes manos sobre mi cabeza: el Señor fue bueno conmigo. Lo acabo tras la cena parroquial en familia. Pienso en un grupo dispar y variopinto de personas, muy distintas unas de otras, unidas por algo superior a nosotros mismos, como cualquier familia, y veo a la Comunidad de Laicos Redentoristas, y veo también al Grupo de matrimonios. Lo acabo con el P. Marcelo con un hueco en el corazón y recordando el paseo por Madrid con el P. Manuel Cruz.

Ya es 31 de diciembre, y en unas horas, si Dios quiere, celebraré en familia la última cena del año, y recibiré al nuevo en familia. Por ella le pido al Redentor, por la Familia. No sé muy bien por qué pienso también en Horacio y en sus padres y en su hermana; será porque también los quiero, como pienso en un puñado enorme de Redentoristas. Tampoco sé muy bien por qué ahora echo en falta un último #iEncuentro, como echo en falta una última cena con Miguel, Maira, Juanjo y Rocío. Ahora que acaba el año tengo en la cabeza y en el corazón a Lalo y a Guille. Y pienso en un 150 aniversario por el que tengo motivos personales para dar gracias, porque por ellos también estoy donde estoy y soy quien soy ahora.

Está a punto de acabar el año y me doy cuenta de que sigo aún un poco en Astorga, en Casa San Alfonso, y en Granada. Está a puntito de finalizar, y me gustaría poder abrazar a José Luis Marra-López. Se acaba con Carlos en Filipinas, de quien siempre tengo algo que aprender y que me ha regalado, hace solamente unas horas, una mesa en un rincón de un café de la mano de Miguel Pérez (http://mesarinconcafe.blogspot.com.es).

¿Cómo acabo el año vivido? Pues tranquilo, contento, en Paz y, creo, habiendo crecido un poquito. Lo acabo conscientemente bajo la mirada del Señor, de la mano de San Alfonso, con mi mujer a mi lado y unas hijas felices.

Acabo el año scalando en Familia.

Vamos, que visto lo cual ¿cómo voy a acabar el año? Pues dando GRACIAS a Dios. Tal cual, así, con mayúsculas y bien alto y claro: GRACIAS.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Una misma familia

Qué subidón de Adoración en Colón, por decirlo de una manera coloquial. Mi familia al completo está en Santander y esta tarde me lancé a la calle de paseo; al pasar por la Plaza de Colón, me metí en la carpa donde se ha estado desarrollando durante 33 horas seguidas la Adoración al Santísimo, y me quedé sorprendido de la inmensa cantidad de gente de todas las edades, pero sobre todo jóvenes de toda condición. Estuve allí un rato y salí con la intención de regresar por la noche, pensando que habría mucha menos gente. ¡Qué iluso!

Volví sobre las once y media y de nuevo tuve que sentarme en el suelo. Impresionante, realmente impresionante. La custodia elevada en un monumento blanco y a sus pies, flores, velas y la Sagrada Familia. Ni una sola silla libre y casi sin hueco donde sentarme sobre el suelo. El turno de adoración lo dirigía un grupo de jóvenes de la Parroquia de San Germán de Madrid. Sin palabras, no tengo palabras. La sencillez, la profundidad, la naturalidad, el respeto y la sensación de familia eran sobrecogedoras. Yo llevaba ante el Señor a mi mujer, mis hijas, mi madre, mis hermanos, a un amigo y de manera muy, muy especial a mi ahijado. Entre meditación y meditación me vi entonando canciones para mí más que conocidas.

Meditaciones, música, gente entrando y saliendo con la normalidad de quien anda por casa y mis pensamientos. La carpa abovedada con estrellas sobre el Santísimo era una maravilla. Uno va como va, y de repente se hace el silencio y todo adquiere un color especial, un sonido especial, brilla la Luz, reina la Paz y las piezas del puzzle se recolocan armónicamente. Mis pensamientos, las "Visitas al Santísimo" y los hijos de San Alfonso Mª de Ligorio... Con el transcurrir del tiempo algunas sillas quedaron vacías, pero yo estaba cómodo en el suelo y pensé en una alfombra roja… ¡le llevaba también a una enorme Familia!

En el suelo, a ratos de rodillas, a ratos sentado según el entumecimiento de las piernas. A sus pies. Tenía justo frente a mi la talla de la Sagrada Familia. Era como estar ante el Pesebre y ante la Cruz a la vez. Le miraba y repetía en silencio “Jesús ¿me oyes?” como San Alfonso anciano.

Había un par de confesionarios de los de la JMJ de Madrid 2011 y el Señor fue bueno conmigo. Me levanté para ir a confesarme. Yo no veo muy bien, y en penumbra aún peor, de modo que no me di cuenta de que conocía a aquel joven sacerdote hasta que estuve frente a él. Sus manos sobre mi cabeza. El Señor fue bueno conmigo. Me levanté para arrodillarme de nuevo porque ya retiraban el Santísimo. Era casi la una de la madrugada. Continuaron los cantos y me vino a la cabeza una frase que suele decir siempre el sacerdote redentorista que celebra los domingos la misa de las familias en la Parroquia de la Inmaculada de Santander: “que todos seamos una misma familia”. Todos los desconocidos que allí estábamos éramos una misma familia.

Salí de la carpa y me encaminé hacia la calle de Génova dándole gracias a Dios. Adorando en familia. Scalando en Familia.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Nombres

María, Toya, Paula, Teresa, Juan Manuel, Ana, Juan, Nachón, Pilar, Anuca, Nachito, Jorge, Emilia, Enrique, Eduardo, Luisa, Rosario, Nieves, Teresa, Fernando, María, Ignacio, Almudena, Ana Luisa, Enrique, Marta, Sofía, Javier, Arturo, Lucía, Ana, Iciar, Mª Rosa, Lolita, Angelines, Carmen, Ciano, Dorita, Otelia, Cora…

Jorge, Olegario, Víctor, Nicanor, Pedro, José Luis, Antonio, Octavio, Juan Antonio, Marciano, Michael, Rafa, Manolo, Esteban, Benigno, Fabriciano, Francis, Juan Bautista, Enrique, Víctor, Francisco, Lauri, Miguel, Carlos, Damián, José Luis, Antonio M, Leopoldo, Manuel, Bryan, Tomás, Paul, Klemens… CSsR.

Maximiliano, Julián, Miguel, Laurentino, Manuel, Rafael, Ramiro, Eusebio, Urbano, Javier, Fabián… SchP.

Sor Jacinta, Sor Teresa y Sor Lourdes, Siervas de María.

Gonzalo, Ramón, Ana, Pablo, Pilar, Belén Íñigo, Simón, Rocío, Magdalena, Borja, Manolo, Javier, Miguel, Joaquín, Gonzalo, Pepito, Nacho, Suyapa, Antonio, María, Rocío, Juanjo, Miguel, Maira, Curro, Flavia, Joaquín, Ale, David, Oita, Jorge, Carla, Ana, Julio, Elisa, María, Pepe, José Mari, Bea, José María, Marga, Keka, Alonso, Elías, Douglas, Almudena, Rafis, Gabi, Max, Beth, Horacio, Asun, José Luis…

Bárbara, Mariel, Lolita, Betty, Carol, Vicente, Ana, José, Antonio, Rafa, Pili, Antonio, Inma, Daniel, Mónica, Mª José, Enrique, Maribel, Javier, Marina, Luis, Faus, Álvaro, Pilar, Javi, Antonio, Manuela, Tito, Gonzalo, Lalo, Guille, Cris, Laura, Íñigo, Marcelo, Braulio, Joséfer, Santi, Esther, Marta, Patxi, Julián, Dani, Xiskya, Nando, Juan, Jesús, Dori, Fer, Sergio, María, Pepa, Irene, Xoan, Moncho, Enrique, Mane, Susana, Pedro, Elena, José María, Néstor, Joan, Tille, Pifa, Lita, Tinín, Tilde, Lalo, Jaime…

Son solamente algunos de los nombres que han contribuido a alguna sonrisa, a algún frunce de ceño, a cogerme de su mano, a suavizar el golpe o a evitarlo, a alguna carcajada o a alguna lágrima, a equilibrar los ánimos o a exasperarlos;  Son solamente algunos de los nombres que están o han estado en mi vida. En alguno de esos nombres el Señor es presencia permanente, en otros visita inesperada. En directo, con palabras, desde la distancia, con gestos, con un tuit abierto o privado, o una simple mirada. Lo que me impresiona es cuántos nombres están grabados en las diminutas palmas de las manos de quien nos acaba de nacer. Me impresiona y me sobrecoge que esté el mío. Me anonada saber que llegó el momento en que dos clavos los bañaron de sangre. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Un Dios meoncete

A estas horas posiblemente ya han encontrado, por fin, posada; quizás sea José el más nervioso, el más preocupado, que María casi seguro piensa ahora en el Niño. José en los dos: en su mujer y en su hijo. Sí, su hijo, porque aunque sea el Hijo de Dios, el Dios con nosotros, ese bebé que está a punto de nacer es su hijo, lo hizo suyo, lo asumió como propio. Ni el progenitor 1 o progenitor 2, simple y llanamente su padre, y María su mujer. Dios se encarnó en María y José lo hizo suyo y le dio una estirpe y una genealogía que lo entronca en la historia del hombre, y está muy bien y según estaba escrito, pero sobre todo le proporcionó el calor de una familia completa y el amor y la ternura también de un padre. El sí de María es el fundamental, pero sin el sí de José todo habría sido diferente; sólo Dios sabe por qué quiso que su hijo naciera con madre y padre. No creo que fuera por convencionalismos de la época, ni siquiera de quienes escribieron la historia, que es, de entrada, bastante poco convencional, lo suficientemente sorprendente como para haberse saltado cualquier otra norma establecida.

Dios nace niño, tierno, indefenso y habiendo su padre encontrado cobijo casi en el último momento. Nace dependiente como cualquier bebé y además pobre. Lo pequeño y lo más humilde es en realidad lo más grande. Y lo hace así por cada uno de nosotros. Lo curioso es que es el Dios con nosotros desde el minuto 0 de su concepción y fue pasando por todas las fases de desarrollo hasta ver la luz, agarrarse al pecho de su madre y sentir el olor de la paja y los animales que calentaban el lugar. Aquel lugar fue el cielo en la tierra.

Yo quiero estar hoy allí adorando al niño; asombrado por la fortaleza de María y la fe de José. Adorando a un Dios llorón y meoncete que nace por todos. Un Redentor al que hay que cambiar los pañales. No voy sólo, lo hago con mi mujer y mis hijas, le llevo a mi madre, mis hermanos (repartidos en tres puntos de la geografía nacional), mis sobrinos, mi Comunidad; cada uno puede ir por su lado, pero yo los llevo conmigo. Y este año, de manera especial a Bárbara y a Josefer como ejemplos brillantes de superación; a Carlos que vive su Navidad en tagalo; a un alma buena que camina en pos de su entrega; a Marcelo, Bryan o Manuel tan cerca estando tan lejos; a Gonzalo, Mati, Asun, José Luis, y Ramón; iCongreso. Todos a sus pies ante el Pesebre, y la Primera Comunión que recibirá Toya, y quizás Astorga de nuevo, y quizás, quién sabe, un Espino y...

Ojalá encuentren el calor de la Luz de ese Niño todos los que no tienen trabajo, los que están solos, tristes y enfermos, los empresarios que crean riqueza y empleo justamente, los sacerdotes cansados, las religiosas que se sienten agotadas, los niños maltratados, explotados o abandonados, los padres que sufren por no poder alimentar o vestir a sus hijos, los emigrantes que arriesgan su vida por un mundo mejor y no encuentran posada en el nuestro…

Ya no queda casi nada. María estará recostada; José, todo un manojo de nervios sin saber muy bien qué hacer, quizás se vaya afanando por encontrar algunos paños más o menos limpios... Y yo simplemente estoy deseando ver la carita de ese bebé, abrazarle y regalarle manos, ojos, voz, tiempo para que aquellos que se encuentren conmigo en el 2014 puedan conocerle un poquito, que tengan noticias de Él.

Tengo la suerte de esperarle y de hacerlo un año más en Familia; allí, en PS, iremos a adorarle en la misa del gallo. Seremos muchísimos, como cada año. Pero como cada año nada valdrá de nada si antes no le dejamos nacer en nosotros. Aún tenemos horas para prepararnos…

martes, 17 de diciembre de 2013

Cada año

Año tras año son mis niñas quienes contribuyen a que yo me vaya haciendo un poco niño para acercarme al Portal, las tres. La mayor con el coraje, la ilusión y el empuje de una flamante universitaria; las pequeñas que van creciendo felices, y atesoran aún la rompedora inocencia de la infancia. Sus ojos son como libros abiertos, tanto muestran el disgusto, la alegría o la duda como el asombro; sus ojos también buscan a veces, los de su madre o los míos para sentirse seguras.

Cada año por estas fechas, todo lo que vivimos hace que casi quisieran salirse de sus órbitas: las luces en las calles, los escaparates adornados, el color de la liturgia, las velas de Adviento… y una cuna vacía en el Belén. Esos ojos que no dejan de mirar, de ver, de preguntar, de esperar con impaciencia.

Cada año el ritual de la Carta a los Reyes; sólo les dejamos pedir tres cosas, y este año mi hija mayor no ha querido pedir nada más que una, el resto buenos deseos para quienes la rodean y para los niños pobres. Me ha recordado a un niño que nunca pedía para él, sólo escribía cosas para sus padres y hermanos, pero nunca pedía nada para él; casi creía que era una leyenda, hasta que un buen día mi madre me devolvió aquellas cartas. Pues estos días Toya me ha ayudado a recuperar un poquito de aquel niño, y eso es un paso de gigante para acercarme al Portal un poco más niño.

Cada año el ritual de la foto a modo de Christmas con la que felicitar la Navidad a quienes queremos. Siempre alrededor del Belén que cada año montamos entre todos. En esta ocasión ha sido la pequeña la que me ha sorprendido, porque en esa foto aparece, medio intuido, un miembro de la familia que ya no vive en Madrid. La única que se ha fijado en algo que al resto nos pasó inadvertido, pero que muestra que posiblemente sea ella quien más le eche de menos estos días, quizás porque desde los tres años ha sido parte fundamental también de su paisaje navideño, más de la mitad de su vida.

Y así vamos, con estas pequeñeces de la vida diaria caminando al encuentro del Niño; esas nimiedades nos ayudan a aligerar el corazón y scalar en familia, juntos.

Como cada año en breve tendremos la cena parroquial en PS, recogeremos y entregaremos la luz de Belén, llegará el soniquete vacío de los niños de San Ildefonso que nos hará dedicarle un recuerdo a nuestra querida Oita, la mañana por la Plaza Mayor, la cena de Noche Buena y… la explosión de alegría que se espera de la Misa del Gallo en PS, en Familia; en esa Eucaristía estará, como siempre en nuestro corazón y en el altar, la silueta del Christmas.

Cada año desde que empecé el blog, voy animando desde aquí a los rezagados a que traten de abrir el corazón, de dejarse animar, de dejarse acompañar caminito de Belén. Esperamos que nazca, pero es Él quien nos espera a todos.

Casi parece una sucesión litúrgica de hechos, de anécdotas, como las horas… la sacralidad de la vida diaria, que nos va conduciendo con la Paz a dejarnos iluminar por la Luz que vendrá de lo Alto, que nos va llevando en Familia a Adorar al Niño.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cansados y agobiados

Qué maravilla el Evangelio de hoy; cansados y agobiados y Él nos aliviará. Qué maravilla experimentarlo, sí, con el cansancio y el agobio para ser aliviado por Él. Quien lo haya sentido así tendrá la necesidad –sí, necesidad- de que todo el mundo sepa que puede recurrir a Él, que está a nuestro lado para aliviarnos.

¿No le vemos? ¿Seguro? En esa sonrisa inesperada, en el saludo de buena mañana de un vecino en el ascensor o en la oficina, en quien nos tiende la mano o nos ofrece su hombro, su tiempo o su cartera. Porque ahí está también Él, en cada uno de ellos. Caminarán a buen seguro con su propia cruz, pero con ellos están Él y su Amor; el Amor aligera sus cruces y les impele a sonreir, saludar y ofrecer manos, hombros, tiempo o cartera. Las cruces son menos amando, y amando, olvidándonos de las nuestras, ofreciéndonos, vemos que su yugo es llevadero y su carga ligera.

Sólo el Amor es capaz de transformar al irascible en manso y al orgulloso en humilde. Es sólo amando que amamos. No es cierto que no podamos acabar con los males del mundo, pero no lo haremos jamás sino comenzamos por los propios y los cercanos; y los cercanos hoy también están a golpe de tuit al otro lado del mundo porque hoy el otro lado del mundo es también el nuestro. Lo único que no se consigue es aquello que ni se intenta. Porque no se trata del tropezón aislado o reiterado, se trata de la actitud que tomemos en nosotros y en el mundo, se trata de nuestra propia opción voluntaria: amar o no hacerlo.

Yo le he encontrado en el hermano en cada una de las actitudes que describo arriba. ¿Cuáles son las mías? ¿Cuál es mi opción? ¿Han visto mi sonrisa, mi saludo, mis manos, mis hombros, mi tiempo o mi maltrecha cartera? ¿Han encontrado al Señor en mí, en mi vida, en mis actitudes? Porque el corazón no siempre está en el pecho, bien protegido por la caja torácica, el corazón está en las yemas de los dedos que teclean, en los ojos que miran, en los labios que sonríen, en la boca que habla, en los oídos que escuchan, en las manos que se tienden, en la cartera abierta; el corazón está latiendo en el tiempo que ofrecemos; el corazón está en los pies que siguen las huellas de Cristo. Porque el corazón está realmente vivo cuando lo donamos, sino es sólo un músculo.

Vayamos a Él. Le tenemos en la Oración, la compartida y aquella en la que el silencio se hace conversación acompasada del latido propio al Corazón de Cristo; le tenemos en las manos sobre nuestra cabeza acercándonos el perdón en la Reconciliación; le tenemos real, físicamente real en la Eucaristía que “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 47). Ahí le tenemos siempre, en la Eucaristía como alimento y remedio, como Dios vivo a quien Adorar y dirigirnos. Nos espera en casa, en el trabajo, en la calle, en nuestra esposa, en nuestros hijos, en el amigo, en el hermano, en el sacerdote, en el Sagrario, en el altar. Nos espera en el cansado, agobiado, débil, hambriento, torpe, triste, asustado, solo, pecador. Nos espera; cansados, agobiados, débiles, hambrientos, torpes, tristes, asustados, solos, pecadores. Siempre nos espera.

Vayamos a Él, que en Él está la Redención copiosa.

lunes, 9 de diciembre de 2013

El perdón del blasfemo

Y el “blasfemo” sanó a un paralítico. Impresionante esto de los milagros, porque no se trata de qué es más fácil decir o creer o hacer, se trata del poder de Dios, que lo mismo se salta a la torera las leyes físicas a las que nuestro entendimiento alcanza, que va y perdona los pecados.

A mí lo que más me impresiona es esto del perdón de los pecados; me impresiona y me maravilla la fuerza del Amor que le lleva a perdonar. Me impresiona y me maravilla el engranaje ministerial que nos dejó para asegurarnos ese perdón. Él llama y ama y perdona y nosotros hacemos oídos sordos y renegamos y caemos y vamos de nuevo en busca de unas manos sobre nuestra cabeza que pronuncien las palabras liberadoras y sanadoras. Quien experimenta de verdad, con la radicalidad sacramental de la fe, ese perdón, no puede sino maravillarse agradecido.

El perdón. No un perdón hueco, “social”, forzado, educado…no, un perdón radical, visceral y fruto del Amor. ¿Somos capaces? Pues sinceramente creo que estamos también programados para eso, es sólo que o no nos lo creemos, o no es políticamente correcto, o sencillamente no amamos lo suficiente. Y sí, todos somos capaces. Es cuestión de Amor. Divinizar el perdón humano es hacerlo sincero por Amor. Perdonar a quien nos ha ofendido; puede no ser fácil. La soberbia, en ocasiones, nos hace más duros cuanto más amamos al ofensor, porque no lo hacemos bien, nos anteponemos, partimos de nosotros como centro no del Amor, de Cristo. Ejercido el perdón de esta manera creo que es no solamente liberador, es un acto de plena libertad, de humildad; engrandece porque nos abaja ante el otro. Perdonar, en cierto modo, nos pone a los pies del ofensor. Cuesta verlo así; incomoda verlo así. Sin embargo, cuando yo he caído, no es ya que me pusiera a los pies de la Cruz a pedir perdón, es que antes ya me había encontrado a Cristo a mis pies ofreciéndomelo.

Y como yo me he visto de ese modo me he propuesto, como humilde ejercicio de Adviento, como suelta de lastre para abrazar con tranquilidad, con Paz al Niño, simplemente perdonar. Perdonar sin que me lo pidan, pero de verdad, con el corazón, desde la Cruz, desde mi cruz, desde un Pesebre aún vacío. No es otra cosa que amar.

Recuerdo el funeral de la madre de una amiga en el que pidieron también por su padre que había muerto muchos años antes y por los asesinos de su padre, etarras. Presidía un hijo sacerdote, y no fue una petición meramente formal, fue una petición absolutamente sincera. Hicieron divino el perdón humano por Amor. No hay otra.

Pues ese es uno de mis propósitos. No será fácil del todo, pero cuento con la fe y con una “aliada” de excepción: Santa María del Perpetuo Socorro. Precisamente hoy, traído por Amor, ha llegado a su Santuario de Madrid, a PS, un Icono con su imagen hallado entre los escombros de Tacloban, Filipinas. Digo que por Amor, porque lo encontraron miembros del SAMUR que por Amor se trasladaron a socorrer a las víctimas de Yolanda, a prestar sus manos como la de María cogiendo la del Niño.

Propósito como primer peldaño, al que uno una resolución firme de la mano de María y la mirada en aquel que decía blasfemias... De esta manera quiero ir este año scalando al Pesebre. ¿Alguien más se apunta?

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Francisco y Alfonso

Esta mañana, mientras salía de casa y consultaba twitter en mi smartphone me llamaba la atención un tuit que alguien publicaba con unas palabras del Papa sobre la Navidad y, anduve dándole vueltas para recordar dónde o a quién había escuchado yo eso con anterioridad. Casi a diario me pasa lo mismo con las palabras del Papa. Y es que Francisco me recuerda muchísimo a Alfonso. Primero empezó a descolocar su estilo a casi todo el mundo y, la verdad, a mí reconozco que no me descolocó; me sorprendió en un Papa, pero es que yo llevo ya mucho tiempo acostumbrado a ese mismo estilo en tantos hijos de San Alfonso como conozco. Pero las palabras del Papa… casi me parece que es como ponerle voz al santo. Y la alegría del Evangelio...

Misericordia, oración, perseverancia, adoración, redención, encarnación, las periferias existenciales o los más necesitados de auxilios… pelagianos, rígidos...

Y ahora, cuando releo algo de Alfonso me da la sensación de que ya se lo había escuchado a Francisco.

Solía decir Alfonso (patrón de confesores y moralistas) que el mayor peligro del sacerdote activo es querer inflamar a los otros sin mantener en sí mismo la llama divina… y.. ¡zas! El punto 107 de Evangelii Gaudium. No se cansaba el santo de repetir que los sacerdotes son un signo visible de la misericordia de Dios y cada vez que lo pienso y lo compruebo en cualquiera de sus hijos me vienen a la cabeza las palabras de Francisco sobre la misericordia en el confesionario (44 EG).

Francisco en Santa Marta el 28 de noviembre de 2013: “La desolación de la abominación, tiene un nombre concreto: la prohibición de adoración”. “Esta semana nos hará bien pensar en esta apostasía general, que se llama prohibición de adoración, preguntarnos: ¿Yo adoro al Señor? ¿yo adoro a Jesucristo, el Señor? ¿o mitad y mitad, hago el juego del príncipe de este mundo?’ Adorar hasta el final, con confianza y fidelidad: esta es la gracia que debemos pedir esta semana”.

Francisco a los obispos de la Conferencia Episcopal de los Países Bajos en visita ad limina: “Volver a descubrir la oración en sus diversas formas, particularmente en la adoración eucarística, es un motivo de esperanza para hacer crecer y arraigar la Iglesia”.

Bueno, pues nada como leer "Visitas al Santísimo Sacramento".

Francisco en Santa Marta el 3 de mayo de 2013: “Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia de la valentía y la perseverancia en la oración”. “Si me pedís cualquier cosa en mi nombre, la haré… ¡Esto es fuerte! Tengamos la valentía de ir a Jesús y decirle: ¡Tú me has dicho esto, hazlo!”. San Alfonso: “Dadle siempre gracias por las promesas que os hizo de concederos todas las gracias que le pidiereis; la gracia eficaz, la perseverancia, la salvación y todo cuanto deseareis... Nos lanzó el Señor a la batalla contra enemigos fuertes, pero El será fiel a la promesa que nos hizo de no permitir que seamos más fieramente combatidos de lo que nuestras fuerzas pueden resistir. Es fiel porque al punto socorre al que le invoca”. (El gran medio de la Oración).

Francisco en el Angelus del 20 de octubre de 2013: "La oración perseverante es expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, cada momento, para vencer el mal con el bien”. San Alfonso: Quiere Dios salvarnos más quiere que nos salvemos como vencedores. Para salvamos habremos de luchar y vencer. (El gran medio de la Oración).

La simpatía, la cercanía, la frescura, la pasión, la forma y el fondo de Francisco a mi me recuerdan cada vez más a Alfonso. Y qué queréis que os diga: ¡ME ENTUSIASMA!

Aquí solamente he puesto, siempre como una visión personal, un par de ejemplitos, pero os animo a leer a Alfonso Mª de Ligorio: Práctica del Amor a Jesucristo, Visitas al Santísimo, El gran medio de la Oración, La glorias de María… y me entenderéis. Os aseguro que me entenderéis.

martes, 3 de diciembre de 2013

Mis motivos

Lleno de la alegría del Espíritu Santo, Jesús da gracias al Padre, nos dice el Evangelio de hoy. El propio Jesús dando gracias, alabando. ¿Cuántas veces nos paramos a dar gracias a Dios? Porque motivos para ello no nos van a faltar y si no los encontramos quizás sea porque en el centro, en el mismo centro de nuestra vida no nos tenemos más que a nosotros mismos.

Yo le doy gracias por cosas que pueden ser insignificantes para muchos:

·        Porque cada noche me acuesto junto a mi mujer diciéndole que la quiero.
·   Porque desde que empezó el Adviento las oraciones nocturnas con mis hijas se acompañan de un Villancico; esas caritas valen un mundo por el que no parar de agradecer.
·       Por cada vez que encuentro a mi madre contenta al otro lado del teléfono.
·     Por el puente del 1 de noviembre en Mérida. Por el fin de semana del 26 de abril en Granada.
·     Por un email de Faus, una llamada de David, un abrazo de Marcelo y los tuits de Bryan.
·        Por dónde y con quiénes vivimos nuestra fe en Familia. 
·        Por la Evangelii Gaudium.
·        Porque tengo trabajo.
·        Por mis amigos; porque José está estupendo, por los #microrelatos de Adviento de Santi, por el blog de Patxi.
·        Porque quizás por fin de Año pueda abrazar a Ramón en Corbán.
·   Porque en mi caso no “eran alrededor de las cuatro de la tarde” (EG 13), sino pasadas las once de la mañana de un miércoles, y lo recuerdo, aún cuando no lo haga…
·    Por las noticias que nos acerca Carlos desde Filipinas y las caras sonrientes de esos niños que son un ejemplo y una lección.
·        Por las reflexiones semanales de Víctor.
·       Por un puñado de jóvenes que muestran la alegría del Evangelio; por un puñado de ancianos que muestran el valor impagable de la perseverancia. Por San Alfonso.
·    Porque aunque quizás yo no esté, en alguna iglesia o capillita de algún lugar del mundo cada jueves habrá alguien adorándole.
·        Porque la luz no se apaga y se intensifica por contacto. Por la perseverancia.
·        Por estar aquí tecleando.
·        Porque cada mañana nos visita el sol que nace de lo alto.
·        Porque reconozco que el primer y mayor motivo para dar gracias es estar Vivo.
·      Porque cada vez que se concibe un niño y se le deja nacer el Señor ratifica su confianza en el hombre.
·   Porque ya va faltando menos para que nazca el Niño y yo estoy deseando abrazarlo.


Son mis motivos, sólo algunos de mis motivos. ¿Cuáles son los tuyos? ¿Los compartimos? ¿Caminamos juntos hacia Belén? Y si me dices que no tienes ninguno, que no encuentras ningún motivo por el que dar gracias a Dios, déjame que te hable del Chiquitín que nacerá el 24.