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domingo, 4 de marzo de 2012

Cristina Gómez


Se llama Cristina, es estudiante de medicina y es catequista en mi Parroquia. Una mujer con una entrega incondicional, una voluntad incorruptible y una generosidad sin límites; todo ello sustentado en una fe consciente, firme, segura y cimentada a prueba de cualquier vaivén. Ahí está contra viento y marea, domingo tras domingo, en la misa de 11 en PS, guitarra en mano ofreciendo lo mejor de sí misma para animar la Eucaristía de las Familias, entregándose por todos los niños. La guitarra entre sus brazos, y la mano derecha sobre las cuerdas acariciando con cada acorde a cada uno de esos chavales. El Amor que irradia su sentido de la responsabilidad es cuando menos sorprendente. Tanto como lo es el armonioso amueblamiento de su cabeza.

Son muchos jóvenes más los que entregan su tiempo y con él su vida en la parroquia -donde además crecen y nutren su fe-, pero hoy la quiero nombrar especialmente a ella, porque me he dado cuenta de que su corazón es tan grande que casi se podría decir que ocupaba todo el Templo. Sin dobleces, sin ambigüedades.

Cris es todo un ejemplo para los catecúmenos, no sólo en su faceta de formadora y transmisora de la fe, sino además como modelo de sentido del deber, esfuerzo, tesón y gratuidad. Ella atesora los valores de la Comunidad en la que sirve.

Uno no puede sino agradecer a los Redentoristas y al equipo que trabaja con ellos toda su labor, porque los que allí acudimos somos unos auténticos privilegiados. Este invierno unos amigos nos comentaron a mi mujer y a mí cómo tuvieron que sacar a sus hijos de la parroquia en la que se preparaban para la Primera Comunión porque su catequista ni creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía (entre otras cosas que no me apetece ni mencionar). A parte de entristecerme por ese individuo y no entender qué hace una persona que no comparte la fe siendo catequista en una comunidad católica, me hace ser consciente de que mi familia y yo tenemos un tesoro del que formamos parte. Como alguien que les conoce y quiere me siento orgulloso, y como padre, seguro de en qué Familia crecen mis hijas.

Y una resplandeciente piedra preciosa de esa joya, con una talla inusual y una transparencia incomparable, se llama Cristina Gómez.

¡Gracias Cris!

lunes, 3 de octubre de 2011

Hoy la Viña estaba en PS

El domingo por la mañana vivimos una preciosa eucaristía en PS. La primera presidida por el nuevo equipo responsable de la catequesis infantil: el P Juan Antonio y Damián un joven y entusiasta Redentorista. Y con ellos una parte del incomparable equipo de catequistas; algo de encuadre dentro de la Comunidad Parroquial como familia, no sólo de manera individual. Estar ahí, como esposo, como padre, en mi Comunidad ha sido algo realmente armonioso; engrandecido por el segundo plano: ver a María en representación de esta pequeña familia saliendo con nuestro Libro de Familia en las ofrendas me ha resultado extraño. Extraño por inusual dado el carácter de mi mujer, extraño por lo hermoso, y extraño por lo significativo. Pero precisamente por todo ello grande y hermoso.
Saberme a los pies del Altar con Toya, Paula y María sujetando los carteles que nos habían dado con la frase “La Familia es la viña del Señor” es algo pleno de sentido más allá de la frase y que, por el momento que estoy viviendo, hizo que todo yo estuviera tratando de absorber cada sensación, de interiorizar cada palabra, de impregnarme de cada rostro. Algo para no olvidar jamás. Pleno de sentido más allá de la frase porque yo era consciente de estar conformado en una familia más amplia; y ahora en bloque, con mi mujer y mis hijas. Una familia dentro de otra viéndose ampliada, conformada y sostenida. Tenía frente a mí a la feligresía mientras el Padre continuaba con la homilía, y yo al escucharle no podía dejar de ver a gente querida, mayores y jóvenes a quienes en poco pero intenso tiempo he podido ir conociendo y queriendo. Mayores entregados por la Comunidad parroquial y unos extraordinarios jóvenes con todo el entusiasmo y la pasión de su edad, cierto, y con toda la fe, todo su empeño y todo el cariño de sus corazones. Lo pueden llamar como quieran, pero eso es también una familia. Y nosotros allí; para mí todo un símbolo, porque cuando mis hijas tengan edad de estar en esos primeros bancos del coro nosotros habremos alcanzado ya “una cierta edad” que dirían en Francia para no llamarte viejo. Y quizás alguno de los chicos del coro sea padre de familia en esta misma comunidad o quizás alguno esté implicado de una manera aún más intensa e imprescindible. Y yo a esas personas, le choque a quien le choque, le pese a quien le pese, las quiero. Y me he sentido enormemente orgulloso de estar ahí con mi mujer y mis hijas, a los pies del Señor y entre ellos. Orgulloso, agradecido y satisfecho por que puedo proporcionar a mis hijas la vivencia de la fe, más allá de nuestro hogar, en el mejor entorno. Y con el ejemplo de unos jóvenes que serán referente para ellas.
Y ni siquiera ha sido el inicio. Ha sido, como dijo Damián el tímido arranque de la locomotora. Iremos viendo qué es lo que nos va trayendo el curso; sea lo que sea, aquí en casa, en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid será algo alegre, sorprendente y hermoso. Porque vendrá de la mano de la Familia Redentorista, y la Familia es la viña del Señor.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Filial devoción

Con filial devoción se asumen decisiones que nos afectan y sobre las que ni tenemos opción de opinión ni margen alguno de maniobra, en principio. En ocasiones esas decisiones y/o normas impuestas (o sugeridas) por terceros pueden ir en contra de nuestros deseos personales inmediatos, de nuestros planes más firmemente asentados, de nuestras convicciones más aparentemente seguras. Las creamos o no equivocadas, las creamos o no injustas –no sólo en lo que nos afecta personalmente si no en la generalidad de la norma que manifiesta la frialdad de la tabla rasa obviando la individualidad, el crecimiento espiritual a ritmo diferente en cada individuo- vemos aflorar el encasillamiento en horquillas de edad, acallando de manera inmisericorde la realidad íntima de cada persona. Esas decisiones pueden incluso privar y/o retrasar el acceso a los sacramentos hasta unas edades objetivamente tardías (10 años de edad en la sociedad actual son todo un mundo) en lo que imagino se suponga un intento de homogeneizar niveles de madurez dispares, arrinconando así siempre a una importante cantidad de posibles catecúmenos.
¿Cómo aceptarlas? Si se aceptan tales decisiones ha de hacerse con agrado; con un agrado consciente y sincero independientemente de la opinión personal. Si no se es capaz de hacerlo así, sólo se generará frustración y amargura, por lo que sería sin duda mejor no aceptarlas.
¿Por qué aceptarlas? Para mí la respuesta es clara: por algo infinitamente superior a uno mismo, ajeno a las personas y los afectos. Y ese algo superior a uno mismo nos lleva al convencimiento firme y seguro de que la aceptación es la mejor opción porque asegura todo aquello en lo que crees, todo aquello que vives y quieres que vivan tus hijos en el mejor entorno, de la mejor manera y en la espiritualidad que deseas experimentar y transmitir. Es claro que los afectos y las personas influyen, pero no deciden. Es uno mismo quien lo hace, y lo hace libremente. Por esto mismo vuelvo al principio para concluir que definitivamente tenemos un margen de maniobra total: aceptar o no.
Y desde luego yo sí lo hago, por filial devoción y como mejor opción; libremente y de manera gozosa, porque aunque suponga que mi hija mayor empezará un año más tarde su preparación para la Primera Comunión lo hará en el mejor entorno, con la mejor gente y en Familia.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Catequesis para la Primera Comunión

Con la resaca del verano y la vuelta a casa comienza la rutina ¡tan deseada a veces! Incorporación al trabajo y unos días más para que podamos ir readaptando el horario de las niñas a la realidad del curso que comenzarán en breve. A veces tengo la sensación de que crecen demasiado rápido, de que aceleramos artificialmente su proceso natural de maduración, pero así son la sociedad y el mundo en el que habrán de desenvolverse, rápidos y cambiantes, y para ese entorno hemos de preparar a nuestros hijos. Y tenemos que estar preparados nosotros. No basta con vivir el día a día lo mejor que sepamos, porque el día de mañana te puede fagocitar hoy mismo.

Más que como parte de ese ciclo formativo, como base fundamental para su vida, tenemos que pensar en su preparación para la Primera Comunión: dónde, cómo y con quién queremos que nuestros hijos se embarquen en esa aventura maravillosa. Puede que acudan a un centro educativo religioso en el que ofrezcan además esta posibilidad, y así nos "quitamos un problema de encima"; tema resuelto, sin complicaciones y bien cómodo. Ya está, en dos o tres años, comulgarán, una fiesta estupenda, un traje monísimo y se acabó. Seguro que memorizarán una serie de normas, reglas y mandamientos a la perfección y serán capaces -como la gente de mi generación- de responder a cualquier pregunta del catecismo de turno, lo cual no está nada mal; incluso constituye un hecho loable. Pero eso ¿qué es? Porque la fe no se memoriza ni se aprende, se vive, y es nuestra obligación como Cristianos transmitir la fe a nuestros hijos viviéndola, tratar al menos de hacerlo lo mejor que podamos. Somos una cadena desde los Primeros Cristianos de constante transmisión de la fe, del Evangelio y en cada época, situación y sociedad se ha hecho de una manera diferente según los tiempos, pero siempre en el seno de la familia y con las madres - en líneas generales, que siempre hay excepciones- como motores fundamentales. Desde luego ese ha sido mi caso, formado en mis queridos Padres Escolapios y con una amplia educación en los dogmas, las normas, la Historia Sagrada....... y el aliento constante de una madre ejemplar de cuya mano, sin palabras, sin imposiciones aprendí a vivir en el seno de una familia normal. Pero de esto hace ya un montón de años, y si bien quizás no sean tantos la evolución y globalización han cambiado radicalmente la sociedad, tanto como la inmediatez de la información nos ofrece una visión nítida global que nos lleva a la consciencia de los problemas, a la consciencia de las estructuras que los generan y/o mantienen. Un mundo diferente, sí, y del que no te puedes evadir. Pero esta realidad concreta es una oportunidad extraordinaria de vivir conforme al Evangelio, y hacerlo de verdad. Si a esto le unimos una experiencia íntima, real y personal con Cristo, que nos lleva a ni querer ni poder callar, a transformar sin complejos tu vida, una suerte de Kerigma, ya vamos teniendo claro, que ese trámite formativo para la Primera Comunión de nuestros hijos de poco nos va a servir. De poco servirá porque si como esposos nuestra primera misión es Cristo en el otro, en tu mujer o en tu marido, como padres nuestra misión primordial son los hijos. Lo son desde su concepción, en que nosotros nos convertimos en meros transmisores de la vida. Desde ese momento, la misión de los padres es hacer conscientes por la experiencia a sus hijos de la vida como misión, a partir de una convicción y vivencia personales. Todos, TODOS, estamos llamados a la santidad y si bien "un gran deseo de ser santo es el primer peldaño para llegar a serlo" a ese deseo "se ha de unir una firme resolución", como diría San Alfonso. 

La fe hoy no se limita, no puede limitarse a una experiencia individual, porque si esa experiencia individual te lleva de verdad a conocer a Cristo no puedes sino vivirla en comunidad; en tu casa, en tu trabajo, en tu entorno, en el colegio, con los amigos, tanto en persona como a través de las redes sociales. Esa vivencia si es real ha de llevarte a una necesidad física  de expresarla y vivirla sencillamente de acuerdo al Evangelio. Y en actitud de servicio y entrega al modo de la oración de Agustín de Hipona: Da quod iubes et iube quod vis. Y todo ello como expresión de una inmensa felicidad. 

Por esa necesidad gozosa de crecer en la fe asentado en la fe de los demás, mi hija mayor, Toya comenzará este año la preparación a la Primera Comunión en la Comunidad del Perpetuo Socorro de Madrid -pero podría ser en cualquier otra comunidad de la Familia Redentorista del mundo-. Es en esta Familia donde quiero que mis hijas vayan scalando el monte de sus Vidas en el camino de la fe y el Evangelio; en esta espiritualidad. La naturalidad expresa la alegría del mensaje con una normalidad tan real que no caben sobresaturaciones cuando la vida misma es expresión del Evangelio al caminar, al scalar hacia Él. La pluralidad de la Iglesia Católica es tan extraordinaria que nos ofrece el abanico de diferentes carismas donde concretar ese caminar. En ocasiones da la sensación de que la experiencia en el seno de alguno de ellos lleva a la confrontación con otros, casi como si fueran enemigos a vencer, autoelevándose en adalides de la verdad absoluta; actitudes que parecen obviar que forman parte de la misma Iglesia, y que por eso mismo son todos igual de válidos. Sin embargo la naturalidad, la sencillez, la bondad y la alegría de esta Congregación te impulsan a vivir de una manera especial, quizás diferente, puede que radical, la vida. Por y hacia la Vida. Una visión evangélica que encuadra el camino de cada persona como misión; sin golpes de pecho, con una alegría infinita y con una tremenda naturalidad. Entre el cielo y la tierra; formando una Comunidad viva, integrada con los laicos enamorados de su carisma y por lo tanto entregados "desde el mundo" a la misma causa. Comunidad de niños, jóvenes y mayores cada vez más numerosa. Sacerdotes y Religiosos realmente enamorados de Cristo. Tratando de traer el Cielo a la Tierra.

En esta Familia es donde quiero que mis hijas vayan aprendiendo a vivir lo iniciado en el seno de la propia. Que como extensión de sus padres o abuelos, como una prolongación más vayan creciendo en la familia Redentorista con la naturalidad de una alegría contagiosa. Sin un ápice de miedo, al contrario, adquiriendo en el día a día una confianza desmedida, porque "no se puede honrar de mejor manera a Dios, nuestro padre, que a través de una confianza sin límites" (sí, de San Alfonso).

Otras posibilidades pueden ser -y de hecho lo son- válidas, porque al menos te dan la oportunidad de adquirir el conocimiento de las bases, pero a mí no me bastan. Ya no. Y menos en el cambiante mundo actual; esa Primera Comunión a la que ha de tender la preparación dure lo que dure, es la primera. Un paso de gigante en la scalada de la Vida. Pero porque no puede quedarse simplemente en un paso, animo desde aquí a que los padres le den una vuelta en su cabeza a la realidad y les ofrezcan a sus hijos no una oportunidad, más bien la mejor opción, y se la regalen igualmente a ellos mismos. Puede darse el camino inverso, y a través de la Catequesis de sus hijos el Espíritu les despierte, que nunca se sabe dónde ni cuándo sopla. Si así sucede, les va a despeinar, seguro. Ánimo