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miércoles, 16 de abril de 2014

Entre Judas y Pedro

Lo de Judas es tremendo. Tipos así puede haberlos en cualquier grupo, lo que no deja de ser tremendo y descorazonador. Cualquier grupo de amiguetes vive a diario situaciones estéticamente semejantes: el homenajeado en una cena, de quien todos están pendientes, que dice algo sobre alguno que llama la atención; un cotilla que le hace señas a otro que está más cerca para que le sonsaque, y el “más mejor amigo” que consigue la información. Lo que ocurre es que los amigos de los que hablamos esta semana son Jesús y los apóstoles y la traición no es que sea un comentario poniendo verde al líder, es que lleva a la entrega de Jesús para su muerte en la Cruz.

La curiosidad de Pedro me parece de lo más normal, que Juan le sonsaque, pues bueno, en fin, que sabía que era el discípulo amado… lo que ya no me cuadra es que, sabiendo que Judas iba a entregar a Jesús, no hiciera nada por impedirlo. Posiblemente no le creyera del todo, le parecería increíble aún viniendo de quien venía, o simplemente no acabara de entender.

Luego va Pedro y le niega las tres veces. Y lloró. ¡Cómo lloraría el hombre! ¡Cómo le entiendo! Sí, porque le entiendo. Llora porque comprende, llora porque ama, llora porque cree. Fue débil.  Fue pecador. Se arrepintió. Fue un débil pecador arrepentido por negar a Jesús y sus lágrimas van borrando su pecado, son como un preludio del Agua del costado de Cristo.

Lo de Judas, sin embargo, no puedo evitar que me de una gran pena. Que sí, una gran pena y que nadie me malinterprete. Es lamentable que hiciera su papel para que se cumpliera lo que estaba escrito, cierto. Lo duro es que llegó a ser consciente, devolvió el precio de su delito, le acosó el remordimiento; cuando a uno le acosa el remordimiento es porque reconoce el fallo y se arrepiente. Cuando la traición duele lo hace no por amor propio, no por reconocer que se ha sido débil, sino porque se ha fallado a quien se ama. Luego creo que Judas, aunque fuera muy, muy en el fondo, también amaba a Jesús. El problema es que amaba al Jesús hombre y punto; amaba al amigo al que entregó. No veía más que a un hombre. No veía en Él al hijo de Dios, al Redentor. Amaba al hombre amigo sin creer en el Redentor ni en su misericordia. Si hubiera creído, si hubiera aceptado el perdón, si hubiera aceptado que la Redención es Sobreabundante no creo que hubiera acabado suicidándose. Se quitó la vida, dolido, arrepentido, acosado por sus fantasmas, empecatado. Con aquel trozo de pan untado entro el demonio en él. “¿Soy acaso yo, Maestro?” ¡Pero será hipócrita con la pregunta!

Pedros que niegan amando hay muchos. Y aman de verdad aunque nieguen. Todos lo sabemos ¿o no?

Amigos muy amados como Juan, haylos, aunque no tantos.


Judas, lamentablemente, continúa habiendo, y los habrá hasta que el maligno pierda definitivamente la batalla. Pero cuando se está en ese momento, en esa fina línea como una cuchilla afilada que marca la frontera entre el llorar de Pedro y la desesperanza de Judas, esa frontera entre el bien y el mal, a mi me gustaría, como en la lectura del Libro de Isaías de hoy, que el Señor me diera una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. 

Aunque me corte los pies andando sobre esa frontera, la palabra de aliento puede marcar la diferencia al traidor. Por eso me gustaría que mis pies anduvieran por esa fría línea divisoria. Aún a riesgo de cortarme, de acabar sangrando, alguien debe estar junto al más necesitado de auxilio en ese instante y hacerle ver la Luz. Porque hay gotas de sangre y gotas de sangre. Y que el Señor me diera una lengua de iniciado de encontrarme en esa situación.

viernes, 11 de abril de 2014

Pesa uno mismo

Pesa la piedra; pesa el pecado. Pesa uno mismo; sí, es uno mismo quien realmente pesa. Unos suaves dardos, dulcemente encadenados por la voz serena de Irene Gregorio, han ido golpeando poco a poco, abofeteando con amor a derecha e izquierda. Crees que vas preparado, sincera y profundamente preparado y colocan una piedra en tu mano… ¡Cómo pesa!

Cómo pesan piedra y mano. Esa piedra es uno mismo, todas las debilidades, todos los errores, todas las miserias personales que van a ser recogidas en el regazo de Dios. Pero esa piedra pone el punto justo, el centro adecuado… y el Evangelio. ¡Apedreémosla! Ahí está el quid. Un examen centrado en uno mismo o un examen centrado en el otro. Ambos y ninguno: un examen centrado, como la Vida, en Cristo… y ves tantos guijarros lanzados aún sin pretenderlo. Una cerbatana inconsciente –o aparentemente inconsciente- de ofensas. Y las llagas que se le van haciendo más profundas, y el martillo que cae a plomo sobre los clavos… y en cada gota de sangre, en cada lágrima se va derramando Su misericordia.

La maravilla de homilía del P Damián Mª Montes, y él junto a los Padres Marcos, Olegario, Juan Antonio, Fabriciano y Nicanor dispuestos a acercarnos el perdón del Señor. In persona Christi Capitis. No importa cuál de ellos, “solo” se trata de Su perdón. In persona Christi Capitis. El perdón, la alegría del perdón. El perdón, la emoción del perdón. El perdón, la gratuidad del perdón. El perdón, la incongruencia del perdón, la incongruencia del Amor. La Redención, el regalo inmerecido de la Redención.

La alegría, serena, profunda, casi infantil alegría. Recientemente escuché en el #iCongreso de @iMision a Monseñor José Ignacio Munilla afirmar que la tristeza es una tentación, afirmar y argumentar que la tristeza es una tentación…

Las manos del P Fabriciano Ferrero CSsR sobre mi cabeza y en ese mismo momento recordé la carita de mi hija Toya mientras se levantaba tras su primera confesión y yo me sentía igual: un niño feliz. Ni el espléndido coro de jóvenes de @parroquiaps, ni la voz de Irene… Solamente la Paz y la cara de mi hija. Ahora sí, ahora puedo ya recostar de nuevo mi cabeza en el Señor. Me siento de nuevo el discípulo a quien Jesús ama.


Así, como un niño feliz, scalando en Familia, voy caminando a la Pascua.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Reprimió su cólera


Tras escuchar la primera lectura meditaba el salmo con la cabeza entre las manos. Cansado, realmente cansado; pero cruzar la puerta de una iglesia, con el Señor en el Sagrario, además de infundirme una confianza especial, templa mi presión arterial. Y muy poquito antes había entrado la paz revestida de rojo: el P Olegario. Todo esto era en casa, en PS. Tenía aún en mi cabeza la última parte del salmo; estaba maravillado por esa expresión real de Su Misericordia. Y es que uno se cae, y se levanta, y vuelve a caer y vuelve a levantarse. Aunque los intervalos de las caídas vayan siendo quizás más dilatados, aunque uno trate de no caer y que las caídas sean simplemente tropezones; catabúm, de repente te vuelves a ver de bruces en el suelo. Y colocan unas manos sobre tu cabeza y es Él quien realmente te perdona. Puede parecer casi hasta mecánico si se mira con frialdad, pero cuando se cree y se siente de verdad es sencillamente impresionante. Su Misericordia y su fidelidad son incomparables.

Levanté un poco la cabeza y pude ver que, desde el ambón, me hacían gestos para que saliera a leer la Carta de San Pablo a los Filipenses. Ahí es nada. Allí fui. Confieso que leer en misa me encanta, y me impone; siempre trato de que la feligresía pueda entender con claridad. Es un servicio para que el pueblo de Dios presente escuche con atención, no otra cosa. Lo cierto es que hoy fui paladeando, casi saboreando, las palabras. “….. hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. Parecía que la que llevo colgando, la misma que aparece en este blog, ardiera; recordaba cómo mis labios pudieron besar este verano un trozo de madera que, según la tradición, pertenece a la misma Cruz en la que Él murió y sobre la que corrió su sangre, el Lignum Crucis de Santo Toribio de Liébana. Y lo hizo por mí, por mi mujer, por mis hijas, por los que allí estábamos, por quien pueda leer esto, por quien no lo quiera creer, y por quien ni siquiera ha oído hablar de Él.

La de hoy me parece una fiesta extraordinaria, la Exaltación de la Cruz. No por la Cruz, no por ese trozo de madera, por Aquel que murió en ella y RESUCITÓ. Por ese Resucitado en quien está la Redención Copiosa.

No puedo dejar de sentirme un privilegiado por que lo sé, porque creo en ello, porque creo en Él. Porque le veo en tantos a lo largo del día; porque le veo ahora en mi mujer, recostada a mi lado mientras ve la tele. Porque está en el Sagrario de cada iglesia, en las manos amigas sobre mi cabeza, en la sonrisa de quien me escucha de ciento en viento con más paciencia de la que merezco; porque está en tantos a lo largo del día. Porque está en el parado que no sabe cómo sacar a su familia adelante; porque está en Álvaro que no podrá seguir con sus clases de música y en los desvelos de su padre; porque está en una mujer Bárbara, contenta y llorosa; porque está en los nervios de niños empezando el colegio; porque está despedazado en una clínica de abortos como lo está en la madre horrorizada por haberlo hecho; porque está en el que sufre, y en el dichoso. Porque está aquí.

Y yo me pregunto ¿qué puedo hacer para tratar de llevarle a quienes no le conocen, a quienes no le ven? Porque “tanto amó –ama- Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

viernes, 2 de marzo de 2012

Vete primero a reconciliarte con tu hermano


El de hoy está siendo un buen día, realmente un buen día. No sólo en lo material al anunciarse la vuelta a la utilidad práctica para mi familia, lo que es más importante, un gran día espiritualmente hablando.

Tras el anuncio de un futuro algo más nítido, he ido con tiempo a PS, a la Capilla, a dar gracias. Para mí estar ahí, es como estar en el cuarto de estar de mi propia casa, y me permite hablar con el Señor y con María con una cercanía que es difícil de explicar, realmente de tu a Tú. Hace poco alguien queridísimo y cercano, ante un amago de berrinche por mi parte me dijo: “Enrique, irás porque esa es tu casa”; sin duda me conoce y me quiere. Me ha parecido hasta gracioso comprobar cómo, en medio del ruido ensordecedor de las obras uno es capaz de encontrar un silencio perfecto; porque muchas veces los peores ruidos son los que llevamos dentro, tanto como los peores silencios se producen cuando somos nosotros los que ahogamos nuestro interior. A continuación pasé a la Iglesia para la misa de once. No sé, quizás porque acababa de vaciarme para dejarme llenar, pero las lecturas de hoy me han tocado bien adentro; sin duda la cadencia casi monacal del padre Cepedal ha contribuido a ello.

“Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. “Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. “Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Ahí es nada.

Copiosa Apud Eum Redemptio. Pero qué maravilla de la que tan a menudo no somos ni conscientes por mucho que lo repitamos. Y justo ahora estamos en el mejor momento para dejarnos impregnar de todo su hondo sentido; y ser consecuentes. Por eso no puedo evitar querer pedir perdón por todas las veces que no he sabido ser el mejor esposo, el mejor padre, el mejor hijo, el mejor hermano, el mejor amigo. Por todos los momentos en los que me dejé arrastrar, por el daño que haya podido causar sin darme cuenta, por no darme cuenta, porque las palabras huecas pueden ser los más afilados cuchillos aún sin pretenderlo, por no saber mirar, por no saber escuchar. Por quejarme, por no llevar a mi cara la sonrisa necesaria. Porque a veces, aunque ames, puedes martillear los clavos cuando realmente quisieras subirte al madero para bajarle a Él. Por no saber.

Porque perdón es una hermosa palabra cuando la pronuncia el corazón y cuando la escuchamos con los oídos del alma.

“…y entonces vete a presentar tu ofrenda”.

viernes, 28 de octubre de 2011

Un humilde pastor


Hoy, mi día ha comenzado de una manera extraña. Ni siquiera acierto a definirla. He retomado contacto con un queridísimo amigo a quien no veo desde el día de mi boda, y el lunes hará ocho años que me casé.

Este amigo es una extraordinaria persona, un auténtico pedazo de pan y aunque la vida nos llevara por caminos distintos siempre ha permanecido en mi corazón, porque no dejas de querer a la gente aunque no la veas. Nuestra conversación se inició de una manera espontánea e intensa a la vez, y yo le estaba animando a acercarse a los Redentoristas, cuando de repente me dice que se encuentra en un pueblecito de Castilla y León acompañando a un pastor que se está muriendo en su casa. Me habla de las maravillas de aquel hombre, de buena gente en busca de fe, y me pide ayuda; me pide ayuda y consejo para ese pastor en ese mismo momento, porque no hay tiempo para más. Lo que hablamos queda entre nosotros. A mi me demostró la fe de mi amigo, me demostró una vez más que el Señor vuelve a tocarnos de manera inesperada, y de hecho mi amigo se pasará por mi parroquia en unas semanas donde seguro que encontrará a un Redentorista que le escuche.

Cuando llevábamos cruzadas unas pocas reflexiones y yo creía que podía servirle de algo, me sorprendió con el motivo real de esta toma de contacto. No me dio tiempo ni siquiera a pensar; lo único importante era qué podía decirle, cómo podía transmitirle algo para el consuelo de aquel pastor en el momento más crucial de su vida. Torpemente hice lo que pude, pero con el hilo conductor presente en ese momento de San Alfonso y los pastores de Scala. Todo ha sido muy rápido, y ahí estaba presente en mi cabeza. Y sin dudas, pero con un enorme miedo en el fondo, tratando de ser simple, claro, sencillo; intentando transmitirle fe, intentando transmitirle la esperanza y la seguridad de la Redención. Miedo a no saber, a no acertar con las palabras; pero ni había tiempo para avisar a nadie ni para llamar a nadie. Y por lo que entendí no sólo no tenían tiempo para solicitar la ayuda de un sacerdote; era una mezcla entre querer y no atreverse.

Les pido a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y a San Alfonso Mª de Ligorio que  reciban el alma de ese hombre para presentársela al Redentor. Pido por él, por toda la gente en busca de fe, por todos aquellos que no conocen al Señor, por quienes mueren solos. Y doy gracias a Dios. Gracias por la fe, aunque no paro de pedirle precisamente fe. Gracias a todos aquellos que nos acompañan y ayudan a mantenernos firmes; gracias a todos aquellos con los que puedo compartir mi fe. Gracias por poder vivir mi fe en comunidad.

Y no dejo de preguntarme por qué después de tanto tiempo fue conmigo con quien mi amigo quiso ponerse en contacto para esto. Pero sobre todo no dejo de preguntarme: Señor ¿por qué yo, tan torpe y objetivamente indigno?

lunes, 24 de octubre de 2011

La Liturgia de las Horas


Por fin esta mañana he conseguido sintonizar Radio María en el coche. Me ha costado pero por fin lo conseguí. Desde que madrugo un poquito más para sacar un rato de estudio por la mañana en la oficina, antes de que empiece la jornada laboral, he tenido que abandonar Laudes y ¡cómo lo echo de menos!

Hace ya tiempo que le pedí tímidamente a un sacerdote Redentorista que me viene acompañando que me indicara cómo seguir el rezo de las horas y desde entonces tengo que confesar que me he enganchado. Obviamente, no las intermedias, uno hace lo que puede dentro de la estructura de su vida, y las intermedias no tienen cabida. El caso es que los madrugones me llevaron a abandonar Laudes entre semana; creo que para hacerlo aprisa es mejor no hacerlo. Requiere su tiempo y un cierto climax. Parecerá un contrasentido, pero el atascazo es perfecto. Mejor dicho, lo que es perfecto es poder seguirlo con Radio María por que el convencimiento de que rezas con gran parte de la Iglesia se hace realidad. Sin duda, comienzas el día de otra manera. Y a mí me venía haciendo falta, después de una semana poco acertada, justo la semana –menuda coincidencia- en que no seguí Laudes. En fin, ya ha comenzado otra. Y de las torpezas propias no podemos más que aprender, cuando del error hacemos enseñanza para tratar de no volver a caer en él. Una simple torpeza que, sin intención alguna, puede herir a los demás. No me habría dado cuenta, si mi torpeza no hubiera tocado a alguien querido y cercano y que me muestra que, por querido y cercano, en ocasiones al menos habla con claridad meridiana y confianza lo que quiere decir que uno algo también le importa. Muchas veces no medimos nuestras palabras, no le damos importancia, y ni nos enteramos. El caso es que caer, aparte de las magulladuras, nos da la oportunidad de mejorar. De mejorar y de poder pedir perdón que cuando se ofende o simplemente decepciona, es un ejercicio sanísimo; perdón a la persona afectada. Me quedo con eso. Y ahí vamos, scalando poquito a poco; unas veces parece que te vas a caer al abismo, otras que te quedarás permanentemente colgado, y de repente viene una mano firme que te ayuda a asir con fuerza el piolet.

Laudes o cualquier otra oración, cualquiera que nos ponga de verdad, de corazón en disposición de ofrecer nuestra jornada al Señor es la mejor manera de empezar el día. Ese sacerdote que me acompaña dio hace unos meses una charla sobre la oración que por profunda, clara, explícita, sincera y breve creo que debería ser conocida por todos. He tenido la oportunidad de releerla recientemente y confieso que no deja de asombrarme. Es un lujo poder contar con alguien cercano, tan normal y de semejante calado espiritual; y hacerlo en familia y con mi familia no tiene precio.

El caso es que animo a todo el que quiera acercarse a descubrir la Liturgia de las Horas a que lo haga sin dudarlo. No es algo sólo para conventos o sacerdotes; pertenece a todo el pueblo de Dios, “a todo el cuerpo de la Iglesia”, a todos los fieles, y por lo tanto también a los laicos. No seáis tímidos, animaos e intentadlo.

Yo hoy me quedo con una parte del salmo 41:

“¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
Salud de mi rostro Dios mío.”




miércoles, 14 de septiembre de 2011

Exaltación de la Santa Cruz




Celebramos hoy la Exaltación de la Santa Cruz una hermosísima tradición de la Iglesia para venerar los maderos donde nuestro Redentor hizo infinito el Amor. En ella murió por el odio y la incomprensión de los hombres; en ella murió perdonando. No se exalta el dolor ni el sufrimiento, se exalta a Quien en ella se entregó por la Redención de todos. Es más, mucho más que sólo un símbolo; es la expresión más clara, patente y visible de Cristo, de los cristianos para reconocernos públicamente como tales. Por eso hoy en día es más que un símbolo, es una identidad gozosa de autorreconocimento como hijos de Dios, de un Dios vivo y de vivos. Como viva está la Iglesia que nos invita a esta celebración, y bien lo hemos podido comprobar en Madrid durante la JMJ.

Creo que hoy, en cualquier rincón del mundo donde haya un cristiano hay una Cruz la lleve o no la lleve, pero la coyuntura real nos impele a mostrarla como expresión de Fe y homenaje al Amor; es como salir de nuevo de las catacumbas, salir a la luz del día en nuestro mundo y nuestro entorno haciendo profesión pública de nuestra Fe. Se lo debemos y nos lo debemos. Estar dispuestos por Él, por el mismo Amor a colocarnos en esos maderos vacíos. Porque el Cristianismo sufre de manera objetiva la misma buena salud interna que persecución, siendo la identidad religiosa más perseguida por su Fe en todo el mundo; cristianos perseguidos en los cincos continentes como lo han sido a lo largo de la historia. Pero la de ahora es nuestra historia y de nosotros depende contribuir a que cambie su rumbo; es una obligación y no debemos hacer dejación de ella. No hay que irse lejos, porque de nuevo ocurre en nuestro propio país y de una manera que comienza a ser ignominiosa por, cuando menos, la escandalosa impunidad. A título de ejemplo, el pasado domingo 11 de septiembre, en Villaverde Alto (Madrid), los bomberos tuvieron que apagar un incendio en una iglesia; las pintadas se van haciendo habituales, los insultos, las manifestaciones. Y simplemente es una Cruz, simplemente es la expresión del Amor absoluto, del perdón, de la Redención por nosotros y por quienes nos persiguen; Copiosa Apud Eum Redemptio. Somos nosotros quienes marcamos la diferencia, porque sabemos que es Él quien la marca.

Hemos de defender con contundencia a Quien en ella murió. Con contundencia, firmeza, claridad y perdón; con caridad. Ya, ya sé que es difícil, pero más lo fue para Él y murió perdonando. Nuestra disposición debe ser total a la entrega. Se lo debemos; y a cada sacerdote, a cada religiosa, a cada cristiano que muere por la Fe en cualquier lugar del mundo. Por cada mártir visible y por cada mártir anónimo. Y se lo debemos a los pequeños, a quienes van creciendo en lo que algunos se empeñan que sea un mundo sin Cristo. No es una opción para nosotros; hemos de ser cruces en el mundo, en nuestro trabajo, con nuestros amigos, en la calle. Con alegría, con esperanza y con Amor.

Hoy recuerdo desde la maravillosa Oración al Cristo del Calvario de Gabriela Mistral a cualquiera que nos proponen la Iglesia y los santos como meditación. Pero creo que nuestra mejor oración es sencillamente la humilde disposición, abierta y sincera, a ocupar unos maderos vacíos. De esta forma la expresión más clara, patente y visible de Cristo, de los cristianos, seremos nosotros mismos. Nuestra scalada de hoy ha de ser directa a la Cruz.

Y con San Alfonso, miremos a Cristo en la Cruz y dejémonos mirar por Él.