viernes, 14 de septiembre de 2012

Reprimió su cólera


Tras escuchar la primera lectura meditaba el salmo con la cabeza entre las manos. Cansado, realmente cansado; pero cruzar la puerta de una iglesia, con el Señor en el Sagrario, además de infundirme una confianza especial, templa mi presión arterial. Y muy poquito antes había entrado la paz revestida de rojo: el P Olegario. Todo esto era en casa, en PS. Tenía aún en mi cabeza la última parte del salmo; estaba maravillado por esa expresión real de Su Misericordia. Y es que uno se cae, y se levanta, y vuelve a caer y vuelve a levantarse. Aunque los intervalos de las caídas vayan siendo quizás más dilatados, aunque uno trate de no caer y que las caídas sean simplemente tropezones; catabúm, de repente te vuelves a ver de bruces en el suelo. Y colocan unas manos sobre tu cabeza y es Él quien realmente te perdona. Puede parecer casi hasta mecánico si se mira con frialdad, pero cuando se cree y se siente de verdad es sencillamente impresionante. Su Misericordia y su fidelidad son incomparables.

Levanté un poco la cabeza y pude ver que, desde el ambón, me hacían gestos para que saliera a leer la Carta de San Pablo a los Filipenses. Ahí es nada. Allí fui. Confieso que leer en misa me encanta, y me impone; siempre trato de que la feligresía pueda entender con claridad. Es un servicio para que el pueblo de Dios presente escuche con atención, no otra cosa. Lo cierto es que hoy fui paladeando, casi saboreando, las palabras. “….. hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. Parecía que la que llevo colgando, la misma que aparece en este blog, ardiera; recordaba cómo mis labios pudieron besar este verano un trozo de madera que, según la tradición, pertenece a la misma Cruz en la que Él murió y sobre la que corrió su sangre, el Lignum Crucis de Santo Toribio de Liébana. Y lo hizo por mí, por mi mujer, por mis hijas, por los que allí estábamos, por quien pueda leer esto, por quien no lo quiera creer, y por quien ni siquiera ha oído hablar de Él.

La de hoy me parece una fiesta extraordinaria, la Exaltación de la Cruz. No por la Cruz, no por ese trozo de madera, por Aquel que murió en ella y RESUCITÓ. Por ese Resucitado en quien está la Redención Copiosa.

No puedo dejar de sentirme un privilegiado por que lo sé, porque creo en ello, porque creo en Él. Porque le veo en tantos a lo largo del día; porque le veo ahora en mi mujer, recostada a mi lado mientras ve la tele. Porque está en el Sagrario de cada iglesia, en las manos amigas sobre mi cabeza, en la sonrisa de quien me escucha de ciento en viento con más paciencia de la que merezco; porque está en tantos a lo largo del día. Porque está en el parado que no sabe cómo sacar a su familia adelante; porque está en Álvaro que no podrá seguir con sus clases de música y en los desvelos de su padre; porque está en una mujer Bárbara, contenta y llorosa; porque está en los nervios de niños empezando el colegio; porque está despedazado en una clínica de abortos como lo está en la madre horrorizada por haberlo hecho; porque está en el que sufre, y en el dichoso. Porque está aquí.

Y yo me pregunto ¿qué puedo hacer para tratar de llevarle a quienes no le conocen, a quienes no le ven? Porque “tanto amó –ama- Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

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