miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hacerse niño


Viendo las caras de mis hijas hay veces en las que me gustaría ser un niño de nuevo. Las sonrisas abiertas, la expresión de sorpresa, de curiosidad; la fuerza, la franqueza; seguridad descubierta y miedos que buscan cobijo; el sentido del humor, la sencillez, la falta de prejuicios; unos ojos que absorben el mundo; un corazón que se asoma al balcón de su mirada y se deja empapar como una esponja. ¡Esa ilusión!

Envidiable, la verdad. Aunque, en el fondo, procuro aprender con ellas tantas cosas que me siento también un poco niño. Enseñarlas a ir creciendo supone en muchas ocasiones soltar lastre, vaciarse, reaprender, corregir errores; sentar bases que muestran cómo hay bases que hay que derribar. Dejarlas que vayan siendo ellas mismas, firmes y flexibles, es en sí mismo un ejercicio de autodepuración, porque puede traer como consecuencia descubrirse a uno mismo. Mirarse a uno mismo con misericordia y sorprenderse. Y comprender.

Verme con esos ojos acercarme a Dios, con la sorpresa de un niño, la confianza de un niño, la franqueza de un niño; presentarle mis miedos en busca de cobijo y dejarme empapar; con la fe de un hombre y la confianza de un niño. Es hermoso.

Educar a los hijos es una oportunidad de comenzar de nuevo, no para proyectarnos en ellos, sino para hacernos niños, observarnos y recomenzar. Descubrir cimientos que hay que derribar es como contemplar la certeza de que no hay más cimiento que Él, y eso me hace firme. Descubrir la certeza de que todo se resume en el Amor me lleva a contemplar con asombro que también soy flexible.

Hacerme niño de ese modo, afianza al hombre. Y me hace comprender.

1 comentario: