martes, 25 de diciembre de 2012

Amar a un Dios hecho niño


Cuando en una representación teatral uno se acuerda de la extraordinaria riqueza de la liturgia que, en sus variantes, no es más que una vía para acercarnos el Misterio y siente con dolor cómo la realidad se difumina entre el omnia vanitas, el sí pero no y la representación deja lugar a tanto yo ahogando al Humilde, puede ser uno mismo quien se ahogue y abandone la platea.

Hay épocas en las que uno no es que no debiera ir al teatro, sino que debe elegir bien cuáles son las obras que va a ver (y, desde luego, jamás subir al escenario sin conocer el libreto), porque de lo contrario se puede dejar arrastrar por el sinsentido de una forma brusca e inmisericorde. Actor, director, guionista, abogado, taxista, recogepelotas o ministro, no se puede ser todo a la vez y al mismo tiempo, hay que elegir.

Pero como no estamos en épocas de ficciones, sino más bien de ir a la Esencia, un comentario anecdótico en una profunda conversación con alguien querido o una inocente conversación con una cuñada hacen que a uno le venga a la nariz el olor a Nenuco entre pajas. Y ese corazón que tenía preparado para acoger y que de manera inesperada y súbita quedó encogido, se esponje de nuevo, abrace y se deje abrazar. Y es curioso, porque en el abrazo abrazamos, y abrazando nos abrimos a la misericordia a nosotros mismos y a los demás.

Hoy iremos los cuatro a misa de nueve a PS para, por fin, adorar al Niño; estamos deseando que llegue la hora. Ya nos dijo San Alfonso María de Ligorio “almas venid a amar a un Dios hecho niño y hecho pobre, que es tan amable que bajó del cielo para entregársenos por completo”. De eso se trata, de Amar; y dejarse Amar.

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