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domingo, 20 de mayo de 2012

Fraternidad Escolapia


El próximo sábado 26, durante la Vigilia de Pentecostés, en la Residencia Calasanz de Madrid, tendrá lugar la constitución de la Fraternidad Escolapia de la Tercera Demarcación. Me han invitado, y lo agradezco con la mirada de un niño que por primera vez oye hablar de Calasanz y el corazón de un hombre firme y ubicado, pero sencillamente les acompañaré desde la oración, con profunda y sincera alegría.

No es una acto banal, es una fiesta para la Orden Calasancia y para la Iglesia, porque constituye el compromiso (y bien sabe Dios que yo soy una persona de compromisos) público de cuarenta y nueve almas – personas individuales, matrimonios, familias, comunidades – de PERTENECIA y presencia. Es mucho más que un signo: serán reconocidos y aceptados por la Orden como presencia escolapia, como PORTADORES del CARISMA de las Escuelas Pías en el mundo. ENVIDIABLE.

Envidiable, que personas concretas –y no pienso solamente en los amigos que yo tengo entre ellos tanto laicos como religiosos- se sientan tan enamorados por un carisma de la Iglesia como para comprometerse públicamente; envidiable que tengan la oportunidad de que ese sentimiento –esa vocación real- se concrete y materialice, que puedan hacerlo; envidiable que una Orden que camina hacia los cuatrocientos años de historia se moje con los laicos, apueste por los laicos, comprenda, INVITE, anime, aliente, acoja a los laicos en su seno y los reconozca como portadores del mismo carisma.

Mi familia y yo estaremos con vosotros en la oración, y en mi corazón una familia en concreto –lo sabéis, mis casi homónimos- ahora que vais a materializar el gozo de la diferencia entre ESTAR y SER. El gozo del compromiso. El gozo de haberlo recibido y de ser acogidos. El gozo del reconocimiento. El gozo y la responsabilidad de SER presencia en el mundo de vuestro propio carisma.

¡Enhorabuena por estos cuarenta y nueve nuevos Escolapios!

sábado, 21 de abril de 2012

Compartiendo Vida


Qué gran tarde con qué gente tan buena. El milagro de la tecnología fue, hace ya bastante tiempo, provocando contactos iniciales; el milagro de la fe fue propiciando encuentro, generando comunión. Esta tarde se materializó físicamente la reunión de dos familias, los Casanova, Escolapios, y los Casanueva, Redentoristas.

Una estupenda representación de La Guerra de Troya para niños en Caixaforum y una entrañable merienda en Vip´s. El encuentro inicial fue con Esther y sus hijos, cómodo, muy, muy cómodo. Impresionante comprobar la capacidad infantil de incorporarse al otro, de integrarse, hacerlo propio con una naturalidad envidiable que lamentablemente tantas veces se va perdiendo con el paso de los años. Al poco rato llegó Santi. Le vi avanzar y me acerqué a él como si hiciera tiempo que no nos viéramos, aunque aquel fue en realidad el primer abrazo.

Reflexionar ahora en casa, tranquilamente, sobre la naturalidad y apertura de cómo transcurrió todo, es darse cuenta de la comunión, de la hermandad que genera una misma fe. Creo que no es más que una gracia; no tengo otra manera de explicarlo. Ahí estábamos todos, como si tal cosa. Compartiendo tiempo, compartiendo nuestra visión sobre una Iglesia plural, sobre la Iglesia que es presencia real también en los ámbitos más cotidianos de la vida, sobre los Laicos; compartiendo Vida. Charla sobre Escolapios, sobre Redentoristas, sobre los religiosos jóvenes, sobre las ganas, sobre el empuje, sobre la fuerza, sobre las ideas que me llevó a sentir que otras dos personas, dos religiosos y sacerdotes de treinta y dos años, estaban también merendando con nosotros.

Niños, trabajo, dones, padres, jóvenes…. Un poquito de Evangelio entre quesadillas y hamburguesas, y ese genial comentario sobre un señor que hace más de dos mil años convertía el agua en vino y andaba entre prostitutas, y que a mi casi me hizo sonreir al darme la sensación de que una tal Inma se incorporaba a la conversación… mientras sonaban –quizás demasiado alto- las voces y las risas de los pequeños.

Una tarde en comunión que debo agradecer a un señor de Peralta de la Sal, a un señor de Marianela; a José Fernando, a Jorge. Una tarde que agradecer a Dios. Ocho corazones latiendo por Él.

jueves, 15 de marzo de 2012

Y todo por un post de José Fernando SchP



Compartiendo en mi perfil de Facebook una entrada del blog de un amigo, me he dado cuenta, una vez más, de que soy un privilegiado. Lo he colgado con una introducción animando a su lectura, y al escribirla pensaba en muchos otros como él. A una claridad sorprendente de criterio se le une una cabeza perfectamente amueblada, una firme vocación a enseñar y un talento especial para escribir. Esto junto a la bondad del religioso y sacerdote que es, da como resultado un inaudito riego por aspersión de Vida. No es mala combinación ¿verdad?

Se llama José Fernando Juan Santos, tiene 32 años y es sacerdote Escolapio. Le conozco, le aprecio y le sigo por las redes. Le siento siempre cerca, y le llevo conmigo. Es realmente incansable, cercano y siempre dispuesto, siempre. Quizás ese estar siempre ahí, siempre dispuesto y ser incansable no sea sino una consecuencia de sus muchos dones, que a quien mucho se le da, mucho se le pide, y él es fuera de lo común (ojalá sus alumnos sean conscientes de la suerte que tienen). Simplemente él se da. A mi me alegra que sea Escolapio; por eso mismo le conocí. Me alegra por la Orden y por Calasanz, a quienes tan agradecido estoy. Una Orden joven.

Creo que ya he contado en alguna ocasión cómo siento que de la mano de Calasanz caí en las de San Alfonso. Y cómo otro extraordinario sacerdote, otra persona fuera de lo común de 32 años, a quien simplemente quiero, - no se puede decir de otra forma- como lo hacen María, y Toya y Paula, como un miembro más de la familia, me introdujo en la vida del Santo del siglo de las Luces. Un granaíno en toda regla que, obviamente, es Redentorista. Metí un dedo, el agua estaba tibia y me tiré de cabeza a la piscina.

El caso es que, enamorado de la espiritualidad alfonsiana, poniéndome a su disposición y sintiéndome miembro de la Familia Redentorista, he tenido la suerte de conocer, tratar y querer a unos cuantos jóvenes extraordinarios que han decidido regalarse, donarse, entregarse a sí mismos. Con alguno el trato es a través de la pantalla del ordenador, pero quizás por su Carisma el ordenador se vuelve corazón que palpita cuando conectamos. Jorge, Bryan, Miguel, Carlos, Damián, Víctor… Carlos, Pablo, Antonio que se van formando. Jóvenes admirablemente bien formados, preparados, sensatos, ALEGRES, FELICES. No sé, quizás sea por esa capacidad innata de multiplicarse, de estar en todo y en todas partes, por cada uno de ellos parece que hubiera setenta veces siete más.

Y eso por no nombrar a los laicos jóvenes, porque si me pongo a nombrarlos agoto la memoria del ordenador. Pero ahí queda, porque Iglesia somos todos, y ellos Iglesia muy joven.

Sea por lo que sea, yo no conozco hoy por hoy nada más que una Iglesia joven, viva, inquieta, con ilusión y que hace las cosas extraordinariamente bien. Es más, es que incluso los Redentoristas de más edad, lo que transmiten es juventud, empuje, ilusión; quitemos el peso natural de los años, escuchemos de verdad, entremos en el fondo de sus ojos, miremos la sonrisa y tengan los años que tengan lo que vemos es esa misma Iglesia joven.

Y la juventud, las ideas, la fuerza, el empuje sin duda traen cambios y adaptación a los tiempos. Pero no conozco ni una Iglesia triste, ni oscura, ni inmovilista.

Claro, que yo soy un privilegiado – y mi mujer y mis hijas- porque el día a día de nuestra vida de fe intensa se desarrolla en la Familia Redentorista y, digamos que en una horquilla de edad que va desde un pequeñín llamado Horacio a otro “un poco” mayor llamado Olegario. Pero mirándoles a los ojos, ambos transmiten la misma ilusión por la Vida.

jueves, 8 de marzo de 2012

¡GRACIAS!


Gracias Señor por no dejarme caer durante este tiempo, por no permitirme desfallecer. Gracias por la extraordinaria y paciente mujer que me diste. Gracias por enseñarme a hacer del "no acompañamiento" un acto de fe y, por lo tanto, de Amor. Gracias por todos aquellos que han estado a mi lado, a nuestro lado. Gracias a los que nos han sostenido. Gracias a los que han rezado. Gracias porque en PS se me permite vivir mi fe junto a mi familia. Gracias a los amigos enfermos del Albergue que han compartido su tiempo conmigo, y especialmente a los que pidieron que compartiera el mío con ellos; gracias porque te he visto a Ti en cada uno de ellos; gracias por la gracia inmerecida de presenciar que uno de ellos volviera a Ti de manera sorprendente e inesperada. Gracias a todos los que nos han acompañado con su oración. Gracias a cada Redentorista que me ha alentado y a cada uno de los que me ven parte de esa Familia; gracias por hacerme sentir que son mi familia; gracias especiales a uno en concreto por llevarme en su corazón por tus caminos; gracias a un grupo de jóvenes que me permite crecer con ellos,  aprender de ellos, y por la cercanía y confianza de uno muy especial; gracias a un grupo de matrimonios siempre cercano y principalmente a quien me introdujo allí; gracias a dos jovencitas que peinan canas; gracias a un concreto Laico Redentorista porque sin saberlo sus “me gusta” siempre son un soplo de ánimo; gracias por darme la ilusión de querer vivir como ellos. Gracias por San Alfonso. Gracias a San Alfonso. Gracias a un ciberescolapio que SIEMPRE está disponible. Gracias a las Catequistas Sopeña.

Gracias por las lágrimas a solas contigo. Gracias porque una vez más me has enseñado que sin Ti no soy nada, que todo lo soy por Ti y que lo único realmente importante es caminar contigo junto a los hermanos. Y por eso no existe la desesperanza, porque cuando llega el decaimiento ahí estás siempre Tu y los brazos de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para recogerme antes de caer.

Hoy comienzo una nueva etapa que durará exactamente lo que tu quieras que dure. La inicio con la ilusión de un niño y lo hago tomado de Tu mano y con la confianza de que nunca la soltaré.

Mi Dios, gracias por el regalo de la fe.

viernes, 25 de noviembre de 2011

San José de Calasanz

Las campanas repican vibrantes hoy en el corazón de toda la Familia Escolapia porque celebran el día de ese “insigne pedagogo, mentor de juventudes, espejo de virtudes del alma estudiantil” que es San José de Calasanz.
Confieso que me emociono cada vez que escucho “Las campanas”, el himno del colegio, confieso que mi hija mayor se lo sabe aunque no estudia en un centro escolapio, confieso que siempre le estaré agradecido.
Yo estudié en los Escolapios de Santander, me formé con los Padres Escolapios; y como dice un sacerdote y religioso amigo mío, eso se nota. Imprime un cierto carácter.
Mi entrada en el colegio no fue ni mucho menos casual; mi padre estudió allí, mis dos abuelos fueron alumnos internos de Villacarriedo, y uno de ellos, mi abuelo Enrique Pérez-Llantada, médico durante treinta años del colegio, recibió orgulloso la Carta de Hermandad. Fue un Escolapio en estado puro.
En la capilla del colegio de la calle Canalejas sentí por primera vez en mi corazón,  siendo solamente un niño, ese calorcito inexplicable. Allí me asusté por vez primera de mí mismo. Los recuerdos son demasiados, pero con el paso de los años, lo que de verdad pesa es el propio Calasanz. El poso de tantos sacerdotes entregados, quizás demasiado a la antigua usanza, pero con su mejor intención, su mejor voluntad, su mejor buen hacer y empeño, ese poso real es el propio Calasanz. Y creo que no hay mejor elogio para una Orden religiosa, que identificar y reconocer la transmisión constante del carisma del Fundador.
Con el paso de los años he podido llegar a ser plenamente consciente de la influencia del Santo en mi vida; y hoy veo que, independientemente de la formación académica, me ha ido preparando para aceptar. Sí, me ha costado lo suyo, pero aceptar la voluntad de Dios es una de las mayores enseñanzas de Calasanz, que fue como un segundo Job. Parece ser que San Alfonso María de Ligorio, ante las dificultades en el camino de la fundación de la Congregación del Santísimo Redentor, leía la vida de San José de Calasanz, imagino que como ánimo ya que el santo de Peralta de la Sal vivió cuitas semejantes a las del napolitano. De manera que, en cierto modo, el propio santo de mi cole, que marcó tantos años de mi vida, me fue preparando para que con mi mujer y mis hijas arribara feliz a la orilla Redentorista, a cuya puerta hoy nos encontramos.
Conservo como un tesoro “Historia de un Amigo” del padre Jesús Diéguez Sch.P, que gané en un concurso literario un día en que, tal como hoy, celebrábamos al Fundador.
Son muchos los nombres de los sacerdotes que entregando su vida pasaron por la mía dejando huella. Pero de todos ellos quiero nombrar ahora a uno en especial, que no me dio clase, que es mucho más joven que yo, y que a través de las nuevas tecnologías el Señor ha querido poner en mi camino, el Padre José Fernando Juan Santos. Él me ha traído mis mejores recuerdos de la infancia estudiantil, él representa hoy la fuerza joven de una Orden que camina segura hacia los cinco siglos de historia. Extraordinario, inagotable, inspirado y talentoso escritor, enamorado de su ministerio, enamorado de su profesión como educador.
Y como los tiempos en la Iglesia, gracias a Dios, han hecho que cambien las cosas, y van contribuyendo a la implicación cada vez más importante de los laicos, hay otra persona a la que no puedo dejar de mencionar. Si mi abuelo recibió la Carta de Hermandad en 1970, antes de la configuración jurídica de los laicos, el Señor se ha servido una vez más de internet para que llegara a mi vida una excelentísima persona, un laico empapado del carisma Escolapio, Santiago Casanova Miralles, alguien que con la cercanía de la pantalla de un ordenador me ayuda a crecer cada día con su blog.
Doy gracias a mis padres porque decidieron que yo estudiara en los Escolapios de Santander, doy gracias a Calasanz por ayudarme a ser quien soy, doy gracias a Dios por los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, y porque de la mano de San José de Calasanz me llevó a las manos de San Alfonso María de Ligoro.

jueves, 6 de octubre de 2011

¡45 años!


Hoy cumplo cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco; no me lo acabo de creer, la verdad, pero así es. Lo rápido que han pasado. ¡¿Cómo me verán mis hijas?! Supongo que como un venerable anciano. Pero lo cierto es que me siento ni siquiera de veinticinco, más bien como si acabara de aprobar la selectividad...... y anda que no ha llovido. Debe ser cuestión de carácter. Pero el espejo y la báscula te llevan de manera cruel a la realidad: de un bebé peloncete a un gordo barbudo. Y aunque justo estos días he empezado una nueva carrera, lo cierto es que la vida como hombre casado, padre de familia y trabajador me obliga a hacer juegos malabares para sacar ratos de estudio; y sin embargo estoy feliz. ¡Y parece que fue ayer cuando embarcaba rumbo a Londres…!

Uno detrás de otro hasta cuarenta y cinco. Ufff. Es un cumpleaños más, pero quizás por aquello de las cifras redondas tiendo a recapitular cada vez que cumplo otro lustro. En esta ocasión no voy a hacerlo demasiado, porque ya llevo un buen añito de reflexión, recapitulación y cargado de intensidad. 

Pero sí siento en un día como hoy la cercanía de mi madre, que en realidad debería ser la protagonista, porque es quien pasó lo suyo aquel 6 de octubre. De ella es de quien tengo mi primer recuerdo, en sus brazos, con su calor y sus besos. Hay una foto que me encanta en "La Gaviota", la casa de mis abuelos, en la que estoy en sus brazos que me recuerda a un cierto icono. Aún en la distancia, y yo con 45 y ella con 77, así la siento hoy. Una vida familiar normal, de la que recuerdo como fogonazos tantos momentos felices; no solamente a mis padres. También a mis hermanos, a Ana que no es sólo una hermana, es mucho más que eso y necesitaría otros 45 sólo para poder explicarlo. A Juan que me ayudó a crecer durante los muchísimos años que vivimos solos, a pesar de no ponérselo nada fácil. A Nacho; un cuñado de quien tienes el primer recuerdo a los siete años llevándote a las ferias, no es un cuñado, es alguien que también excede a su definición, por tantos motivos que el agradecimiento se haría demasiado largo. A Pilar que me acogió en su casa los primeros años de su matrimonio. Y no puedo evitar el dolor por mi hermana perdida. Mis sobrinos, Nacho y Ana, dos bebés convertidos en un hombre y una mujer fuera de lo común.

Fogonazos de felicidad con mi abuela en casa, la impagable experiencia de que mi abuela viviera sus últimos años con nosotros; nuestras largas conversaciones. La vida y la muerte como ejemplo, tránsito y comprensión de la transcendencia del ser humano. Un ejemplo ahora que tanto se manipula la muerte con leyes disparatadas y eufemismos como "muerte digna"; como si morirse, en lugar de un hecho normalmente natural, fuera algo indigno en sí mismo.

La suerte de que mis amigos de siempre, desde la primera infancia, sigan a mi lado: Gonzalo y Belén, Ana y Curro, Ramón, Pilar y Gonzalo, María y Pepe, Íñigo y Marta; casi toda una vida compartida. Las incorporaciones que se produjeron como auténticos regalos: Pota y Patricia (y Tilde, Lalo..), Miguel y Mayra, Pipiolo, Joaquín y Luisa, Gonzalo y Suyapa. Y tantos otros: una Keka recuperada, Pérez, Ruiz, Antoñanzas, Rocío, Javichu, y ese puñado de grandes personas de PS mayores y jóvenes...... Los queridos escolapios que han vuelto a mi vida gracias a la presencia tecnológica del P José Fernando Juan Santos trayéndome de nuevo los recuerdos más lejanos de mis primeros contactos con Calasanz; para mí ha sido algo gozoso e importante.

Mis Redentoristas, una bendición, un auténtico regalo del Señor en el momento más adecuado. No se limita al día de hoy, uno de los fogonazos más nítidos e intensos es la imagen del P Benigno Colina en Santander dándome la Primera Comunión, y muchos del Hermano Esteban quien me regaló mi primer Icono del Perpetuo Socorro. Este año, ya siendo cofrade, el P Pedro Guembe me regaló el segundo. Y de su mano una Comunidad generosa y entregada aquí, en Madrid, en la calle Manuel Silvela. Unos misioneros fuera de lo común, y un puñado de personas generosas que han entrado en mi vida. En el Santuario del Perpetuo Socorro donde un individuo impredecible me presentó a San Alfonso. Y de su mano, de la de todos ellos, un hito de fe incomparable: la JMJ.

Los cinco últimos años encierran también la época más dura de mi vida: la crudeza del paro, la realidad que te golpea directamente en la línea de flotación, y te lleva a la consciencia palpable de que tus pies son de barro comprendiendo que la realidad de la debilidad es la realidad de la vida (Memento, homo, quia pulvis erit et in pulverem reverterit). Y el Señor que no abandona, que te socorre, hecho carne en personas reales, la primera como siempre mi mujer. El Señor, cuyos brazos te acogen, te sostienen; y de Él la llegada dichosa e impagable del P Jorge Ambel Galán quien me agarró de la mano y me ayudó a afianzar el piolet de mi vida en la Scalada de la fe hacia el Señor. Alguien a quien, le guste o no, quiero de verdad y siento parte viva de mi propia familia. Porque le reconozco hermano más allá de los afectos, hermano en Cristo Redentor; aunque él sea Padre, o precisamente porque lo es.

Y María, mi mujer: el mejor regalo de Dios que puso frente a mí un 15 de agosto. Paciente y generosa. Mi apoyo, mi sostén, mi Amor. Mi Camino. El recuerdo siempre vivo de ese primer día en que Íñigo me presentó, gracias a las hermanas Pinedo, a "una chica muy hacendosa", sin saberse portador de un regalo de lo Alto, y mi llegada a casa diciendo que acababa de conocer a la mujer con quien me iba a casar. Contemplarla enamorado aquel 31 de octubre entrando por la Iglesia mientras el coro entonaba el gregoriano "Ave mundi spes María". Mi todo. Y de ella esta familia en la que nos esforzamos por que se bendiga Su nombre: nuestras dos hijas, Toya y Paula. Lo único realmente bueno y bello que he sido capaz de crear en estos 45 años. Esa primera vez en mis brazos, sintiéndome más pequeño que ellas, henchido de amor y responsabilidad. Ellas tres son mi misión primera, mi Amor, mi entrega.

Con un futuro ante Él y para Él. Cargado de nuevos proyectos y abierto a Él. Dispuesto a dejarme sorprender.

Son cuarenta y cinco años en los que el Señor me ha regalado la vida cada día; como cada día me da una oportunidad más para mejorar. Y a cada caída encuentro su mano para levantarme de nuevo. Cuarenta y cinco años por los que dar gracias. Por eso hoy en casa, en el Perpetuo Socorro, durante la Oración ante el Santísimo le daré en silencio las gracias, de tu a Tu, y le ofreceré el tiempo que decida regalarme.

Tb 8, 5-10 "... para que se bendiga Tu nombre por siempre."