miércoles, 9 de abril de 2014

Muriendo de soledad, muriendo de hambre

Acabo de escuchar en el telediario que una empresa japonesa alquila familiares y amigos para bodas. Sí, familiares y amigos. Amigos que hagan bulto, hermanos ficticios, un falso padre que te lleve al altar… Tristísimo, simplemente triste. Incluso peor, pero el primer sentimiento que me produce es tristeza. Porque a la tragedia de la soledad se le une la ficción como modo de vida, la falsedad frente a los demás y la mentira a uno mismo. Demasiado.

Posiblemente Japón sea uno de los países donde se rinda más culto al consumismo, donde el capitalismo asalvajado es capaz de generar individuos enfermos de individualismo y ansias de construir una vida nueva sobre los cimientos pantanosos de un espejismo antojoso. Imagino que en el país de las tradiciones en el que el sintoísmo inoculó en el ADN generacional el culto a la familia y los ancestros, la falta de parientes, hermanos, padres que empuja a semejante absurdo histriónico sea un particular síntoma de la laicidad nipona. La sobreabundancia materialista enferma de humanidad, de soledad. Muriendo de soledad.

En otro punto del mundo el hambre, la pobreza, la opresión llevan a la desesperación en búsqueda de un futuro mejor sea como sea para hijos, esposas, padres que se dejan atrás. Se recorren kilómetros, se sortean fronteras para llegar del sur al norte, dejando la piel en inhumanas cuchillas que cercan la silueta del sueño que les han hecho creer; se dejan vidas en el camino, en la reseca tierra o flotando en el mar. Y todo por un futuro que en la mayoría de los casos no es para ellos mismos, sino para aquellos a quienes dejaron en sus lugares de origen. Muriendo de hambre.

Ambos son ejemplos del mundo que habitamos. Y yo lo veo cómodamente sentado en mi casa, mientras mis hijas duermen y espero a que llegue mi mujer que se agota a diario por conseguir un futuro aún mejor para nuestras hijas. Y hablo con mi madre a diario por teléfono, y hoy lo he hecho con mi hermana. Y he estado esta tarde en PS que es como mi casa, como nuestra casa. Con las durezas personales, con las crueldades de las nimiedades cotidianas, con nuestros anhelos y nuestros egoísmos no somos más que unos auténticos privilegiados. Porque nos tenemos, porque tenemos una Familia, amigos, gente a la que querer y que nos quiere;  porque sabemos que hay un Dios que nos quiere hasta el extremo de encarnar a su Hijo y entregarlo por nuestra Redención.

Esta tarde, en PS he rezado vísperas “Sed, en una palabra, imitadores de Dios, como hijos amados que sois. Y vivid en el amor a ejemplo de Cristo que os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia”; pero no puedo evitar pensar en toda esa gente que tiene de todo y son unos pobres miserables, en tanta gente que no tiene NADA y que por buscar qué  dar de comer a sus hijos se deja hasta la piel en unas cuchillas…


Y yo voy con fe, con esperanza, con alegría caminando a la Pascua. Cuando flojeo me fortalece la fe de mi mujer, la fe de tantos hermanos de mi Comunidad. Scalando en familia a la Pascua. Pero hoy pienso en los solitarios y en mi sobreabundancia de Amor; pienso en quienes por morir de hambre tienen sus manos sangrando y miro las mías y las veo demasiado blancas. Hoy me acuesto pensando que quizás un simple no balconear no sea suficiente. Y pienso en unos opulentos sin familia y en unos pobres extremos con familia.


Si no nos ensordece el silencio de los solos, si no nos mueve las entrañas el hambre de los hermanos ¿Cómo habremos de vivir el amor a ejemplo de Cristo? 
Y si nos ensordece, y si nos mueve... ¿Qué hacemos?

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