viernes, 21 de junio de 2013

Me importa un bledo

Me encantan las lecturas de hoy, me entusiasman. Unas veces estamos más abiertos que otras a la Palabra, cierto; pues debe ser que yo hoy lo estoy de par en par.

Me encantaría poder hablar como en esta oacasión San Pablo, dirigiéndose a los Corintios, nos habla a todos. Claro que no puedo. Pero lo que sí que reconozco es que soy débil, y lo cuento, y no me importa. Tengo la lumbares destrozadas de tanto levantarme, y me gusta ese dolor. Me gusta porque quiere decir que me levanto. Y no me importa nada mendigar una mano que me ayude a hacerlo; porque sólo, a veces, uno no puede. Y pido que me duelan siempre, que no pare de mendigar, porque eso querrá decir que la luz permanece encendida y yo continuaré scalando en Familia.

He recibido alguna crítica por carecer de pudor en contarlo tal cual, en mostrar eso, a un ser débil (ninguna novedad al respecto, que además soy un libro abierto); se conoce que no está bien visto eso de ser humano, porque ya me contarán qué hombre no es débil, barro frágil. Es curioso, pero así es. Críticas por exponerme y, además de hacerlo, saberme y confesarme débil. Pues…¡qué le vamos a hacer! Comentarios, graciosos cuando menos, por dónde tengo mi tesoro. Incluso por la cruz que cuelga de mi pecho como elección voluntaria, consciente y apasionada. A veces dudo, sí; pero dudo si soy yo quien realmente la ha elegido o me ha venido regalada de lo Alto. Esa es la única duda. Todo se disipa cuando me insinúan que podría llevar otra más encuadrada en prototipos hereditarios que mostraran con claridad al “cristiano viejo” que soy (una pena que quien mira no vea simple y llanamente el todo que tiene delante, aunque eso nos pasa a todos). Las respeto enormemente y de corazón, pero no sé qué blasón mejor podría llevar que el hisopo y la lanza, como no conozco campo de gules más noble que la humanidad redimida con la sangre rojísima de Cristo en la Cruz. No puedo ser más claro, aunque haya quien no vea más que la que podría llevar, que de todo hay. En fin, que me importa un bledo, la verdad. Y si por algo me pudiera importar es porque quizás sea mi vida la que no esté a la altura de esa cruz. Pero ahí vamos, scalando en Familia. Poco a poco. Y cómo me cuesta que sea poco a poco; cómo le cuesta al impulsivo y apasionado la mesura.

Yo tengo mi tesoro desperdigado. Mi tesoro pertenece a mi mujer, y a mis hijas y a mi Familia. Realmente tampoco; ni me pertenece a mí, ni le pertenece a ellas. Pertenece al Padre que nos creó. Por incomprensible que resulte. Con ellas crece, se afianza y se entrega. Un Tesoro compartido, en una Vida compartida, con una Misión compartida. En María cobra su sentido primero y se plenifica; en ella descansa, se nutre también y madura para entregarse. Tiene algo de ubicuo, porque siendo al cien por cien de María, también lo es de tanta gente. Se desperdiga. Por eso, cuando lo hace distanciándose, el corazón se rompe un poco. Y sangra. Pero uno piensa en la lanza, en qué Corazón fue el que traspasó, de Quién fue la Sangre que se derramó y que lo hizo por todos y cada uno de nosotros. ¿Con qué resultado? La Redención. Y es entonces cuando comprendo que ni carcoma ni ladrones, que ni la miopía ni el astigmatismo: la luz no está apagada, el tesoro está a salvo y el corazón late por muy desperdigado que se encuentre.

1 comentario:

  1. Gracias por compartir tu amor a Cristo, por recordarnos lo beelo del Kerigma. No eres un debil, eres un apostol de Cristo, Dios te bendiga hermano, y a tu hermosa familia

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