Scala News

martes, 27 de marzo de 2012

Infierno y Catequesis de Primera Comunión


Comprendo que es un tema delicado, lo que no comprendo es que se les hable de una determinada manera a unos niños de seis ó siete años. Me refiero ni más ni menos que al infierno. Peliagudo, enrevesado, incómodo, difícil, pero el asunto ahí está, eso es evidente. Cómo afrontarlo es otra cosa, y mucho más importante, cuándo. Sobre todo porque hoy en día la catequesis para la preparación a la Primera Comunión se desarrolla a lo largo de tres cursos. Por suerte han quedado atrás esas formaciones de hace mucho tiempo, condensadas en unos pocos meses, e  iniciadas con el “¿Eres cristiano?” “Sí, soy cristiano por la Gracia de Dios”. Una retahíla de dogma y doctrina a memorizar.

Es cierto que, en muchos casos, falta una mínima doctrina, una base sólida, unos mínimos conocimientos, adecuados eso sí a la edad. Hay bastantes sitios en los que los niños simplemente se divierten sanamente, pero donde no se les prepara para que les quede claro qué es lo que van a hacer al comulgar por primera vez, que no tienen ni idea de las bienaventuranzas o el credo, por ejemplo; es decir, no conocen los fundamentos de su fe. Y eso también, indudablemente, es una pena.

Evidentemente no hablo en absoluto de aquellos que se preparan en mi Parroquia, donde se conjuga la formación con la vida bajo la alegría del Evangelio.

El caso es que sí, que me han llegado noticias de niños a los que se les comienza a hablar tal cual y crudamente del infierno, y justo en un lugar donde la catequesis se empieza en primero de primaria, y no en segundo como es lo habitual en la diócesis de Madrid. Me parece terrible acercar el Evangelio a nadie, pero mucho menos a unos niños pequeños, bajo el signo del miedo y la amenaza. Terrible, triste, peligroso y grave. Además de equivocado y falso. El escándalo radical de Cristo es precisamente la Redención sobreabundante: para todos. Y el signo de Dios Padre el Amor infinito, la entrega de su propio Hijo; Copiosa Apud Eum Redemptio. A partir de ahí, nuestro libre albedrío. Y los pecados fundidos hasta desaparecer en el calor del Amor de Dios.

Y como consecuencia de ese Amor contagioso, una reacción expansiva en los demás. Y todo bajo un encuentro directo y personal con el Señor, encuentro que jamás se conseguirá bajo la amenaza ni el miedo, sino con la vivencia íntima, personal, en y con los demás. Y fruto de esa experiencia, de ese Amor, la práctica enseñándoles también a pensar y a decidir. Cielo e infierno están ya a aquí.

Sólo falta que les hablen del demonio rojo, con rabo, cuernos y tridente. Pues también puede estar escondido bajo un alzacuellos impoluto, igual que un alma pura puede habitar en un burdel de carretera. Y podemos encontrar al del tridente enredado entre las palabras de una bien intencionada persona atemorizando a unos niños pequeños.

Creo que somos una familia realmente afortunada y tratando de contagiar, porque vivimos nuestra fe, crecemos en ella con la Familia Redentorista. ¡Qué bonito nombre! ¿Verdad? Un nombre que viene al pelo para esta entrada.

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