domingo, 29 de diciembre de 2013

Una misma familia

Qué subidón de Adoración en Colón, por decirlo de una manera coloquial. Mi familia al completo está en Santander y esta tarde me lancé a la calle de paseo; al pasar por la Plaza de Colón, me metí en la carpa donde se ha estado desarrollando durante 33 horas seguidas la Adoración al Santísimo, y me quedé sorprendido de la inmensa cantidad de gente de todas las edades, pero sobre todo jóvenes de toda condición. Estuve allí un rato y salí con la intención de regresar por la noche, pensando que habría mucha menos gente. ¡Qué iluso!

Volví sobre las once y media y de nuevo tuve que sentarme en el suelo. Impresionante, realmente impresionante. La custodia elevada en un monumento blanco y a sus pies, flores, velas y la Sagrada Familia. Ni una sola silla libre y casi sin hueco donde sentarme sobre el suelo. El turno de adoración lo dirigía un grupo de jóvenes de la Parroquia de San Germán de Madrid. Sin palabras, no tengo palabras. La sencillez, la profundidad, la naturalidad, el respeto y la sensación de familia eran sobrecogedoras. Yo llevaba ante el Señor a mi mujer, mis hijas, mi madre, mis hermanos, a un amigo y de manera muy, muy especial a mi ahijado. Entre meditación y meditación me vi entonando canciones para mí más que conocidas.

Meditaciones, música, gente entrando y saliendo con la normalidad de quien anda por casa y mis pensamientos. La carpa abovedada con estrellas sobre el Santísimo era una maravilla. Uno va como va, y de repente se hace el silencio y todo adquiere un color especial, un sonido especial, brilla la Luz, reina la Paz y las piezas del puzzle se recolocan armónicamente. Mis pensamientos, las "Visitas al Santísimo" y los hijos de San Alfonso Mª de Ligorio... Con el transcurrir del tiempo algunas sillas quedaron vacías, pero yo estaba cómodo en el suelo y pensé en una alfombra roja… ¡le llevaba también a una enorme Familia!

En el suelo, a ratos de rodillas, a ratos sentado según el entumecimiento de las piernas. A sus pies. Tenía justo frente a mi la talla de la Sagrada Familia. Era como estar ante el Pesebre y ante la Cruz a la vez. Le miraba y repetía en silencio “Jesús ¿me oyes?” como San Alfonso anciano.

Había un par de confesionarios de los de la JMJ de Madrid 2011 y el Señor fue bueno conmigo. Me levanté para ir a confesarme. Yo no veo muy bien, y en penumbra aún peor, de modo que no me di cuenta de que conocía a aquel joven sacerdote hasta que estuve frente a él. Sus manos sobre mi cabeza. El Señor fue bueno conmigo. Me levanté para arrodillarme de nuevo porque ya retiraban el Santísimo. Era casi la una de la madrugada. Continuaron los cantos y me vino a la cabeza una frase que suele decir siempre el sacerdote redentorista que celebra los domingos la misa de las familias en la Parroquia de la Inmaculada de Santander: “que todos seamos una misma familia”. Todos los desconocidos que allí estábamos éramos una misma familia.

Salí de la carpa y me encaminé hacia la calle de Génova dándole gracias a Dios. Adorando en familia. Scalando en Familia.

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