martes, 17 de diciembre de 2013

Cada año

Año tras año son mis niñas quienes contribuyen a que yo me vaya haciendo un poco niño para acercarme al Portal, las tres. La mayor con el coraje, la ilusión y el empuje de una flamante universitaria; las pequeñas que van creciendo felices, y atesoran aún la rompedora inocencia de la infancia. Sus ojos son como libros abiertos, tanto muestran el disgusto, la alegría o la duda como el asombro; sus ojos también buscan a veces, los de su madre o los míos para sentirse seguras.

Cada año por estas fechas, todo lo que vivimos hace que casi quisieran salirse de sus órbitas: las luces en las calles, los escaparates adornados, el color de la liturgia, las velas de Adviento… y una cuna vacía en el Belén. Esos ojos que no dejan de mirar, de ver, de preguntar, de esperar con impaciencia.

Cada año el ritual de la Carta a los Reyes; sólo les dejamos pedir tres cosas, y este año mi hija mayor no ha querido pedir nada más que una, el resto buenos deseos para quienes la rodean y para los niños pobres. Me ha recordado a un niño que nunca pedía para él, sólo escribía cosas para sus padres y hermanos, pero nunca pedía nada para él; casi creía que era una leyenda, hasta que un buen día mi madre me devolvió aquellas cartas. Pues estos días Toya me ha ayudado a recuperar un poquito de aquel niño, y eso es un paso de gigante para acercarme al Portal un poco más niño.

Cada año el ritual de la foto a modo de Christmas con la que felicitar la Navidad a quienes queremos. Siempre alrededor del Belén que cada año montamos entre todos. En esta ocasión ha sido la pequeña la que me ha sorprendido, porque en esa foto aparece, medio intuido, un miembro de la familia que ya no vive en Madrid. La única que se ha fijado en algo que al resto nos pasó inadvertido, pero que muestra que posiblemente sea ella quien más le eche de menos estos días, quizás porque desde los tres años ha sido parte fundamental también de su paisaje navideño, más de la mitad de su vida.

Y así vamos, con estas pequeñeces de la vida diaria caminando al encuentro del Niño; esas nimiedades nos ayudan a aligerar el corazón y scalar en familia, juntos.

Como cada año en breve tendremos la cena parroquial en PS, recogeremos y entregaremos la luz de Belén, llegará el soniquete vacío de los niños de San Ildefonso que nos hará dedicarle un recuerdo a nuestra querida Oita, la mañana por la Plaza Mayor, la cena de Noche Buena y… la explosión de alegría que se espera de la Misa del Gallo en PS, en Familia; en esa Eucaristía estará, como siempre en nuestro corazón y en el altar, la silueta del Christmas.

Cada año desde que empecé el blog, voy animando desde aquí a los rezagados a que traten de abrir el corazón, de dejarse animar, de dejarse acompañar caminito de Belén. Esperamos que nazca, pero es Él quien nos espera a todos.

Casi parece una sucesión litúrgica de hechos, de anécdotas, como las horas… la sacralidad de la vida diaria, que nos va conduciendo con la Paz a dejarnos iluminar por la Luz que vendrá de lo Alto, que nos va llevando en Familia a Adorar al Niño.

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