martes, 24 de diciembre de 2013

Un Dios meoncete

A estas horas posiblemente ya han encontrado, por fin, posada; quizás sea José el más nervioso, el más preocupado, que María casi seguro piensa ahora en el Niño. José en los dos: en su mujer y en su hijo. Sí, su hijo, porque aunque sea el Hijo de Dios, el Dios con nosotros, ese bebé que está a punto de nacer es su hijo, lo hizo suyo, lo asumió como propio. Ni el progenitor 1 o progenitor 2, simple y llanamente su padre, y María su mujer. Dios se encarnó en María y José lo hizo suyo y le dio una estirpe y una genealogía que lo entronca en la historia del hombre, y está muy bien y según estaba escrito, pero sobre todo le proporcionó el calor de una familia completa y el amor y la ternura también de un padre. El sí de María es el fundamental, pero sin el sí de José todo habría sido diferente; sólo Dios sabe por qué quiso que su hijo naciera con madre y padre. No creo que fuera por convencionalismos de la época, ni siquiera de quienes escribieron la historia, que es, de entrada, bastante poco convencional, lo suficientemente sorprendente como para haberse saltado cualquier otra norma establecida.

Dios nace niño, tierno, indefenso y habiendo su padre encontrado cobijo casi en el último momento. Nace dependiente como cualquier bebé y además pobre. Lo pequeño y lo más humilde es en realidad lo más grande. Y lo hace así por cada uno de nosotros. Lo curioso es que es el Dios con nosotros desde el minuto 0 de su concepción y fue pasando por todas las fases de desarrollo hasta ver la luz, agarrarse al pecho de su madre y sentir el olor de la paja y los animales que calentaban el lugar. Aquel lugar fue el cielo en la tierra.

Yo quiero estar hoy allí adorando al niño; asombrado por la fortaleza de María y la fe de José. Adorando a un Dios llorón y meoncete que nace por todos. Un Redentor al que hay que cambiar los pañales. No voy sólo, lo hago con mi mujer y mis hijas, le llevo a mi madre, mis hermanos (repartidos en tres puntos de la geografía nacional), mis sobrinos, mi Comunidad; cada uno puede ir por su lado, pero yo los llevo conmigo. Y este año, de manera especial a Bárbara y a Josefer como ejemplos brillantes de superación; a Carlos que vive su Navidad en tagalo; a un alma buena que camina en pos de su entrega; a Marcelo, Bryan o Manuel tan cerca estando tan lejos; a Gonzalo, Mati, Asun, José Luis, y Ramón; iCongreso. Todos a sus pies ante el Pesebre, y la Primera Comunión que recibirá Toya, y quizás Astorga de nuevo, y quizás, quién sabe, un Espino y...

Ojalá encuentren el calor de la Luz de ese Niño todos los que no tienen trabajo, los que están solos, tristes y enfermos, los empresarios que crean riqueza y empleo justamente, los sacerdotes cansados, las religiosas que se sienten agotadas, los niños maltratados, explotados o abandonados, los padres que sufren por no poder alimentar o vestir a sus hijos, los emigrantes que arriesgan su vida por un mundo mejor y no encuentran posada en el nuestro…

Ya no queda casi nada. María estará recostada; José, todo un manojo de nervios sin saber muy bien qué hacer, quizás se vaya afanando por encontrar algunos paños más o menos limpios... Y yo simplemente estoy deseando ver la carita de ese bebé, abrazarle y regalarle manos, ojos, voz, tiempo para que aquellos que se encuentren conmigo en el 2014 puedan conocerle un poquito, que tengan noticias de Él.

Tengo la suerte de esperarle y de hacerlo un año más en Familia; allí, en PS, iremos a adorarle en la misa del gallo. Seremos muchísimos, como cada año. Pero como cada año nada valdrá de nada si antes no le dejamos nacer en nosotros. Aún tenemos horas para prepararnos…

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