miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cansados y agobiados

Qué maravilla el Evangelio de hoy; cansados y agobiados y Él nos aliviará. Qué maravilla experimentarlo, sí, con el cansancio y el agobio para ser aliviado por Él. Quien lo haya sentido así tendrá la necesidad –sí, necesidad- de que todo el mundo sepa que puede recurrir a Él, que está a nuestro lado para aliviarnos.

¿No le vemos? ¿Seguro? En esa sonrisa inesperada, en el saludo de buena mañana de un vecino en el ascensor o en la oficina, en quien nos tiende la mano o nos ofrece su hombro, su tiempo o su cartera. Porque ahí está también Él, en cada uno de ellos. Caminarán a buen seguro con su propia cruz, pero con ellos están Él y su Amor; el Amor aligera sus cruces y les impele a sonreir, saludar y ofrecer manos, hombros, tiempo o cartera. Las cruces son menos amando, y amando, olvidándonos de las nuestras, ofreciéndonos, vemos que su yugo es llevadero y su carga ligera.

Sólo el Amor es capaz de transformar al irascible en manso y al orgulloso en humilde. Es sólo amando que amamos. No es cierto que no podamos acabar con los males del mundo, pero no lo haremos jamás sino comenzamos por los propios y los cercanos; y los cercanos hoy también están a golpe de tuit al otro lado del mundo porque hoy el otro lado del mundo es también el nuestro. Lo único que no se consigue es aquello que ni se intenta. Porque no se trata del tropezón aislado o reiterado, se trata de la actitud que tomemos en nosotros y en el mundo, se trata de nuestra propia opción voluntaria: amar o no hacerlo.

Yo le he encontrado en el hermano en cada una de las actitudes que describo arriba. ¿Cuáles son las mías? ¿Cuál es mi opción? ¿Han visto mi sonrisa, mi saludo, mis manos, mis hombros, mi tiempo o mi maltrecha cartera? ¿Han encontrado al Señor en mí, en mi vida, en mis actitudes? Porque el corazón no siempre está en el pecho, bien protegido por la caja torácica, el corazón está en las yemas de los dedos que teclean, en los ojos que miran, en los labios que sonríen, en la boca que habla, en los oídos que escuchan, en las manos que se tienden, en la cartera abierta; el corazón está latiendo en el tiempo que ofrecemos; el corazón está en los pies que siguen las huellas de Cristo. Porque el corazón está realmente vivo cuando lo donamos, sino es sólo un músculo.

Vayamos a Él. Le tenemos en la Oración, la compartida y aquella en la que el silencio se hace conversación acompasada del latido propio al Corazón de Cristo; le tenemos en las manos sobre nuestra cabeza acercándonos el perdón en la Reconciliación; le tenemos real, físicamente real en la Eucaristía que “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 47). Ahí le tenemos siempre, en la Eucaristía como alimento y remedio, como Dios vivo a quien Adorar y dirigirnos. Nos espera en casa, en el trabajo, en la calle, en nuestra esposa, en nuestros hijos, en el amigo, en el hermano, en el sacerdote, en el Sagrario, en el altar. Nos espera en el cansado, agobiado, débil, hambriento, torpe, triste, asustado, solo, pecador. Nos espera; cansados, agobiados, débiles, hambrientos, torpes, tristes, asustados, solos, pecadores. Siempre nos espera.

Vayamos a Él, que en Él está la Redención copiosa.

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