viernes, 12 de julio de 2013

Un adiós definitivo

El tiempo es algo mensurable, aunque la vida transcurrida pueda hacerlo parecer denso o totalmente vacío. Es lo que hagamos en la Vida, nuestra actitud, nuestros modos, que demos o no Vida a los demás lo que le da valor al tiempo. Quizás por eso los tiempos del Señor no son nuestros tiempos; quién sabe.

En nuestra existencia hay llegadas, anuncios, permanencias y despedidas. Llegadas que ni se notan y pasan de largo; anuncios que ni escuchamos; permanencias a pesar de las ausencias; despedidas que rompen, que duelen o que son liberadoras. Para cómo sean cada uno de ellos entran en juego la subjetividad inevitable de los sentimientos y nuestra propia actitud, en qué hayan consistido nuestros pasos.

En las despedidas uno puede resistirse, tratar de aplazarlas o presentarse de forma súbita. La despedida de la que hablo, aún siendo súbita era previsible; no lo que la ha causado, eso es quizás producto de algún tipo de injusticia. A mi no me ha dejado frío. Llevo un cierto tiempo por aquel lugar, y uno es como es, emocional. Me implico simplemente estando, escuchando, desde el silencio. Pero se acabó. Todo toca a su fin y éste ha llegado. No volveré por allí.

Que yo no vuelva es lo de menos. Ni le afecta a nadie, ni a nadie implica. Uno es perfectamente prescindible, pero mientras se es, mientras se está, todos tenemos una responsabilidad importante aunque ni nos enteremos de ello. Cómo seamos, gestos, respuestas, preguntas, aunque puedan parecer anodinas afectan a los demás en una medida mucho mayor de lo que pudiéramos imaginarnos. Hoy lo he aprendido.

Llevo casi seis meses comiendo de lunes a viernes en el mismo restaurante de un polígono de Alcobendas. Casi siempre las mismas caras, las mismas personas. Saludos, petición de comandas y despedidas. El personal es bastante joven y el negocio es de todos ellos, cada uno cumple además su función: cocina, camareros de mesa, barra… Y se han visto obligados a cerrar porque al dueño le embargan el edificio. Más caras de la cruda realidad que se vive a diario.

Y he escuchado una conversación que me ha hecho pensar, entre un chico que se llama Iván y es algo así como el maître y uno de los clientes que acudía a diario. El tal Iván se ha emocionado, bastante: “…nunca podré olvidar que bautizamos a nuestra hija por ti, porque los viernes de cuaresma pedías tu mixto con huevo sin jamón, y yo me reí; te pregunté, porque creí que estabas enfermo. Y me contestaste. Y nació Laura, y la bautizamos. Y nosotros nos casamos por la Iglesia, y vamos a catequesis. Cuando crezca la niña le contaremos que es católica porque un señor un día a la semana pedía su mixto sin jamón”.

Ya tienen visto local y abrirán otro restaurante en Alcobendas pueblo. El señor en cuestión también se emociono un poco, y recibió una pequeña gran lección. “Iván, que os vaya todo estupendo, que ya no nos veremos”. Y recibió como respuesta: “…ehhhhhh no puedes decir eso, claro que nos volveremos a ver, nos veremos en el cielo; aunque igual no nos reconocemos, que a Jesús no le reconocieron. Cuando en el cielo oiga a alguien que pide un mixto sin jamón, sabre que eres tu”.

Unos pocos meses, apenas una hora al día en un restaurante, y a alguien le hicieron sacerdote, profeta y rey. No, no es un adiós definitivo; volverán a encontrarse.


Me ha hecho pensar en lo poco consciente que soy a veces de que mi actitud puede afectar a otros.

3 comentarios:

  1. Genial entrada Enrique. Y da pie a gran reflexión... Qué poco somos conscientes a veces...

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  2. Excelente reflexión, Enrique. Me hiciste emocionar. Como dice Santi, que "inconscientes" somos a veces de la fuerza del testimonio. Un abrazo. Marcelo Mendoza. Argentina.

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  3. Querido Enrique: Excelente reflexión. Un día fui al teatro con unos amigos, con los que voy a misa todos los miércoles y jueves desde hace años y luego desayunamos juntos, bueno pues esa noche en el teatro vimos "Teresa encadenada" o algo así una obra sobre Sta Teresa de Jesús que a mi no me gustó y me pareció ofensiva, estuve a punto de levantarme pero no lo hice. A los dos días una señora que conocía de vista se me acercó en misa y me preguntó si me gustó la obra de teatro, le dije que no y que estuve a punto de levantarme y me dijo "¡que pena! yo le dije a mi marido: si ese señor se levanta... yo me voy también".
    He pensado muchas veces en lo importante que pueden ser y son nuestros actos y que nunca terminan en nosotros, como muchas veces llegan a los demás. Te aseguro que esa Sra me dio una lección que aprendí e intento ponerla siempre en práctica.
    Un fuerte abrazo y espero verte en Santander.

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