miércoles, 3 de abril de 2013

Porque atardece

¡Qué maravilla la lectura y el Evangelio de hoy (Hch 3, 1-10 y Lc 24, 13-35)! Tantas veces anda uno ensimismado en sus necedades, en sus miserias, que entra en una espiral que, cuando menos, puede llevarnos a olvidarlo. El gozo de la Resurrección y la alegría de las lecturas de la Pascua no solamente dan confianza, a mi me ayudan, además, a espabilarme y llenarme de Esperanza.

“Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”. Ahí iban esos dos discípulos ensimismados en su conversación, apenados porque habían perdido al profeta poderoso, dándole vueltas a lo que las mujeres de su grupo les habían relatado, pero cegados por el propio discurso. Y se les acercó un forastero.

Le tenían ahí, en carne y hueso; el propio Jesús en carne y hueso les salió al encuentro en el camino, y nada, que no le reconocían. Se les puso ha hablar, y seguían aparentemente sin reconocerlo, aunque su corazón ardía. Hasta que no partió el pan no se les abrieron los ojos.

No nos acabamos de dar cuenta de que se quedó con nosotros de verdad: se quedó en la Palabra, se quedó en el Pan y se quedó en el hermano. Nos hace arder el corazón, y cuando escuchamos la Palabra y compartimos el Pan con el hermano la llama aumenta. ¿Cuántas veces no le vemos en el amigo, en el hermano o en el forastero? ¿Cuántas veces no le vemos en nuestra mujer o en nuestros hijos? ¿Cuántas veces no le vemos en el espejo? Y quienes tenemos el gozo de haberle reconocido en nuestra mujer, hijos o Amigo ¿cuántas veces lo olvidamos? ¿Cuántas veces lo ignoramos? Necesitamos resucitar con Él para renovar el gozo y la esperanza;  necesitamos resucitar con Él para descubrirle en nuestro tiempo y nuestro entorno; necesitamos resucitar con Él para reconocer los signos, sentirnos signo y serlo de verdad. Ser corazón ardiente que lleve calor.

Quizás los signos sean silencios; quizás los signos sean sequedades; quizás los signos sean angustias; quizás los signos sean mensajes de madrugada; quizás los signos sean risas y lágrimas compartidas.

Dejemos que nos salga al encuentro en el camino y salgamos nosotros mismos al encuentro de los demás en sus caminos. Hemos de dar un paso, o dos; o, mejor, no parar de caminar. Le tendremos a nuestro lado sí, pero ¿y si no le invitamos a entrar? Si Cleofás y su amigo no le hubieran apremiado “quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída” no habrían llegado a compartir el pan y no lo habrían visto a pesar del calor de la Palabra… Él hizo ademán de seguir adelante, pero le pidieron que se quedara y se quedó. Pues no dejemos de pedirle porque, como nos recuerda San Alfonso Mª de Ligorio “no parece sino que, al oír nuestra oración, olvida nuestras culpas”. No nos juzga, nos Ama.

Y porque está en nosotros, por la gracia de la fe y la fuerza de su Espíritu continúa haciendo milagros también a través de los hombres, como Pedro en la lectura de los Hechos de los Apóstoles; o como el santo que celebramos hoy, San Luigi Scrosoppi, por cuya intercesión sanó un enfermo de sida de Zambia, Peter Changu Shitima. ¡Esa comunión de los Santos!

Como nos anima el Salmo de hoy, recurramos al Señor y su poder, busquemos continuamente su rostro. Pidámosle que se quede, dejémonos resucitar y salgamos al encuentro del hermano en su camino. Ahora que estamos en primavera y en Pascua no caigamos en la astenia, al menos espiritual: busquemos su rostro, seamos su rostro. Que nadie nos diga mirándonos a los ojos: "Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”.

2 comentarios:

  1. Excelente nota. En mi caso los signos están en todas partes, pero lo que escribo fue durante las cuaresmas 2012, 2013 y como lo dices: "a la madrugada" (me has impactado, como si supieras que se manifiesta así). Él nos lo dijo: miren que vengo como ladrón en la noche. Estén depiertos, no estén dormidos. Te felicito, tienes los ojos bien abiertos y el corazón predispuesto.

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    1. Me alegro Laura de que te haya gustado la entrada, y te agradezco enormemente tus palabras. Lo cierto es que, aunque ande o intente andar con los ojos abiertos, continuamente tengo que ir limpiándome los cristales de las gafas... ¡Felices Pascuas!

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