martes, 16 de abril de 2013

No lo entiendo

Elevando mi oración por las víctimas de Boston no puedo evitar que me surjan varias preguntas, imagino que fruto de la incoherencia, pero…

No entiendo por qué unos muertos tienen más repercusión que otros, siendo todas las muertes violentas tremendamente injustas; no entiendo por qué las víctimas del opulento Occidente tienen más repercusión que las del Tercer Mundo; no entiendo por qué una vida arrebatada a los siete o a los diecisiete años tiene más repercusión que una vida arrebatada en el seno de su madre; no entiendo por qué los muertos a diario por el hambre son menos dignos de ser publicitados; no entiendo por qué los muertos a manos de la guerra, las guerrillas o el terrorismo (que lo mismo me da) pierden o no valor en los índices de audiencia según las circunstancias; no entiendo por qué los cristianos asesinados por su fe son noticia o no dependiendo del medio; no entiendo por qué unos muertos valen más que otros; no entiendo por qué no todas las muertes violentas conmueven por igual. No lo entiendo, pero rezo por todos esos muertos, por sus asesinos, por todos los que solamente nos conmovemos según y cómo, por quienes deciden qué tipo de víctimas pueden ser – o deben ser- más o menos noticia.

Justo hoy, lo primero que he leído en Twitter bien temprano, ha sido el tuit que @parroquiaps ha publicado, y que corresponde a la antífona del salmo de Laudes: “Tú nos devuelves la vida, y tu pueblo, Señor, se alegra contigo. Aleluya”. Continuamos en tiempo de Pascua, y a la vista de tanto muerto como hay en el mundo creo que es un deber natural, y muestra de coherencia en la fe, tratar de contribuir a devolver la vida a tanto muerto como nos rodea. Muertos por la desesperación, la falta de perspectivas, la pobreza, la tristeza, el hambre, por los agobios de la vida diaria; muertos porque no conocen a Cristo, y no conociéndole no pueden saber que resucitó. Mortecinos a causa de la opresión, la envida, las críticas que, aunque sí que conocieron en algún momento al Resucitado ya han olvidado hasta la esperanza.

Que muchas de las injusticias se enmarquen y sostengan en un mundo globalizado no es una excusa, porque el poder de nuestra actitud vital es un corrosivo –aunque sea a largo plazo- para romper las cadenas. Vivir al Resucitado nos lleva a querer mantenernos bajo la mirada de Dios, y eso no es mantenernos en una posición beatífica o de autocomplacencia. Mantenernos bajo la mirada de Dios supone tratar de ver al otro como Dios le ve, aunque nos cueste; mantenernos bajo la mirada de Dios debe traer como consecuencia la natural querencia a la fidelidad y coherencia; mantenernos bajo la mirada de Dios nos da unos ojos iluminados por la misericordia, un corazón cargado de caridad y unas manos dispuestas a entregarse; mantenernos bajo la mirada de Dios es vivir la contemplación de una manera activa. Mantenernos bajo la mirada de Dios es tener a Cristo en nuestro centro, como eje y cimiento. Cada uno según sus dones, talentos o fuerzas, pero aspirando siempre a los carismas mayores, tratando de huir de la mediocridad, practicando la coherencia y ansiando la fidelidad a nuestra fe; mostrando el camino de la excelencia en la misericordia y la coherencia a los más jóvenes.

No hablo de grandes gestas, no, que no todos están llamados a ellas, y quienes lo están a buen seguro habrán sido preparados para alcanzarlas a base de la superación diaria desde las nimiedades. Hablo de la vida diaria, de la de cada uno. Hablo de una sonrisa, de unos oídos dispuestos a escuchar, de unos ojos que reflejen amor y compresión, de un corazón que no juzgue. Hablo de paciencia, de comprensión, de mano tendida. Hablo de acercarte y estar dispuesto cuando recurran a ti. Hablo de comprender angustias, desesperación y tristeza, sin juzgar. Hablo de mirar desde abajo, pegados al suelo, en la realidad de la vida propia y ajena; mirar desde abajo al hermano y decirle “no, no te tienes que preocupar”, "te entiendo, tengo tiempo y estoy dispuesto". Hablo de llevar el Evangelio en la cotidianeidad más mundana. Hablo de caer y levantarte; de caer y dejar que te ayuden; de caer y pedir ayuda. Hablo de ir scalando y no deambulando. Hablo, sí, de glorificar a Dios con nuestra vida.

Los muertos no son solamente los que están en las fosas, todos lo somos a veces. Lo que no entiendo es no mostrar la excelencia de la coherencia en la fe,  aun cuando caes, aun cuando sepas que en algún momento caerás… o no.

Yo tengo la suerte de que mi fe se sostiene también en la fe de mi mujer, en la fe de quien me acompaña y en la fe de cada miembro de la comunidad donde la vivo. Mi fe se nutre de la oración y crece entre mis debilidades, la fe de los demás y las debilidades ajenas. Eso es ir scalando en Familia. Estaré loco, pero hoy en día no entiendo no contarlo; no lo entiendo.

Aunque haya tantas cosas que no entienda acabo ya, pidiendo la Luz de la eterna claridad para quienes fallecen de manera violenta en cualquier parte del mundo, y contando la alegría de la sobreabundante Redención, porque “Tú nos devuelves la vida, y tu pueblo, Señor, se alegra contigo. Aleluya”.

1 comentario:

  1. Yo tampoco lo entiendo. Pero como bien nos invitaba el libro de Pascua (ayer o hoy no recuerdo) "Vive alegremente, solo se puede transmitir aquello que se tiene.". El problema es que nos malacostumbramos tanto a lo bueno como a lo malo y tenemos que hacer un esfuerzo para poder abarcar como un abrazo fraterno lo que nos rodea.

    Tendremos que ponernos en camino y seguir los consejos (con ejemplos) que tenemos en nuestro alrededor.
    Muchas gracias.

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