martes, 23 de octubre de 2012

Cuando el silencio habla


Hay veces en las que el silencio parece hablar de una forma mucho más expresiva y sorprendente que las palabras; parece incluso que grita. Cuando esto sucede trae como resultado una comunicación realmente intensa. Aun siendo necesarias las palabras, éstas no llegan a los labios. Para percibir esto no sé si será necesaria una sensibilidad especial, una intuición especial, una empatía especial, o simplemente querer a alguien. Querer porque sí, sin más motivo que el impulso que viene de lo Alto y, por lo tanto, sin esperar nada a cambio; absolutamente nada.

Ser consciente a veces de lo que entraña ese silencio produce dolor, y se es entonces consciente de que amar duele. Y produce impotencia. Como el dolor y la impotencia ante el hambre, la pobreza, las injusticias, la guerra, el terrorismo, las exclusiones, la ignorancia. Uno puede tratar de poner su granito de arena, de enfangarse, de ser el más minúsculo de los granos de mostaza; pero sigue doliendo. Se puede ser o no consciente de que no es sino entre muchos, con el esfuerzo individual, pero individual de muchos y, por lo tanto, comunitario como quizás puedan cambiar las cosas, pero lo que no se puede es cejar en el empeño.

Los gritos del silencio de un ser querido pueden no tener más acogida que el abrazo y la oración; y estar presto a la escucha. Y recordarle con Isaías que su nombre está grabado, también, en las palmas de nuestras manos. Sea lo que sea lo que cause el silencio; sea lo que sea lo que causen los gritos del silencio, ten presente Provervios 17, 17 (En todo momento ama el amigo y es como un hermano en tiempo de angustia). Y aunque estas ocho manos sean las últimas de una larguísima lista de manos tendidas, no dudes de que estarán siempre dispuestas como si fueran las primeras.

¡Cómo no voy a rezar por ti!

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