martes, 4 de abril de 2017

Católico a ratos

He escuchado a través de un medio de información digital un extracto de la entrevista que Jordi Évole realiza a Marion Maréchal-Le Pen, la diputada más joven de la Asamblea Nacional francesa. Confieso que tengo tanta simpatía por Jordi Évole como por Marine Le Pen, tía de la entrevistada y candidata por el Frente Nacional a la Presidencia de Francia; exactamente la misma simpatía.

La primera pregunta que escucho ya tiene su telita: “¿usan ustedes la religión como un elemento de confrontación?”. Ahí, como para que quede fijado eso de “la religión como elemento de confrontación”. Y la respuesta es bastante original: en absoluto, “yo misma soy católica en mi esfera privada”. Con un par; y digo simplemente eso de con un par porque no sé cómo se puede ser católico por compartimentos, o a determinadas horas, o en ciertos lugares, o según la audiencia o el propio estado de ánimo. No sé, es como decir, yo soy blanco (o negro o del color de cada cual) solamente en mi casa, en la oficina soy negro, en el cine amarillo y en ocasiones, según con quién me encuentre soy todo un piel roja. Que no lo entiendo. Uno es o no católico y como tal es su conducta, su planteamiento vital, sus relaciones con los demás seres humanos y con lo creado; católico durmiendo, en el cuarto de baño, andando por la calle, en la oficina y, también, en el parlamento el que lo sea que allí se encuentre. La verdad es que ella lo explica con una argumentación lógica, diciendo que su papel como política no es en absoluto la evangelización, cosa que, gracias a Dios, es cierta, y en eso estoy de acuerdo. Pero la tolerancia en la política, la misma concepción de la política, por el hecho de ser católico, debe estar impregnada de una ética especial.

Lo de la traducción de educación “tradicionalista” por “tradicional”, en fin, qué podríamos decir. Puntadas con un hilo finísimo nada más; o nada menos. Que le pusieran a recitar algo tan simple como el Padrenuestro en latín como si ella fuera un extraterrestre, no es más que síntoma del nivel cultural del entrevistador. Síntoma de su nivel y de tratar de ligar en el inconsciente colectivo latín con algo oscuro y rancio. Bueno, mis hijas rezan cada noche el Anima Christi en latín y están tan felices; han pasado el fin de semana en una convivencia Redentorista (donde les aseguro que se utiliza cualquier idioma menos el latín, no tengan duda) y no reciben en absoluto una educación “tradicionalista”. Pero tienen la mala suerte de tener un padre que quiere transmitirles eso de nuestra religión que, además de estar ligado por un idioma común en cualquier lugar del mundo, constituye ya parte del acervo cultural católico. Una ínfima parte de eso que se conoce como cultura, independientemente de la fe.

Recuerdo cómo durante la JMJ Madrid 2011, en la ceremonia de la Plaza de Colón con el anterior arzobispo de Madrid, la inmensa mayoría de los jóvenes de cualquier punto del orbe sabía seguir perfectamente las mínimas partes que se rezaron en latín. Yo, por cuestión de edad, también, pero ninguno de los jóvenes con los que estaba, procedentes de diferentes centros educativos concertados religiosos fueron capaces. Recuerdo que uno de ellos, a quien acabaría mandando un email…, me comentó precisamente que les faltaba eso... No sé, es como si esa enseñanza se tratara de ligar a una determinada ideología o a un cierto período de la historia. Absurdo. El único alcalde de Madrid que recibió a un Papa en latín, y que mantuvo con él en latín algunas conversaciones fue precisamente Enrique Tierno, socialista y a la sazón agnóstico, aunque falleciera reconciliado. No sé en qué hablarán ahora él y San Juan Pablo II. Absurdo.


Volviendo a la entrevista, no se puede ser católico a ratos ni por entregas. Al menos yo no puedo; simplemente lo soy. Y me caigo, voy renqueando, me levanto y continúo, scalando en Familia. Siempre en gerundio.

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