viernes, 31 de marzo de 2017

¿Dulces discrepancias?

Tengo la sensación de que nos hemos vuelto, en general, demasiado susceptibles. La piel se nos ha vuelto demasiado fina.

Nos asusta la confrontación, la discusión. Nos asusta más incluso, no ya el hecho de la discrepancia, sino que ésta sea pública. Cierto que siempre hay que mantener un mínimo tono de mesura, cordura, educación, sobre todo porque lo que se publica en las redes es susceptible de ser distorsionado y manipulado. Ese riesgo siempre existe.

Sin embargo, mostrar discrepancias entre católicos en las redes a mí me parece sano. Muestra la realidad tanto de pensamiento como de carácter. Cada uno se expresa tal cual es –al menos así debería ser- y ese mostrarse descarnadamente real adereza también el fondo de los pensamientos individuales. No creo en las dulces discrepancias ¡qué le voy a hacer! Creo en las discrepancias, en el acuerdo y en respetar el pensamiento contrario tanto como creo en la defensa de las propias convicciones con claridad y firmeza. Y eso no me frena un ápice en mi aprecio por el contrario, no mina lo más mínimo mi sincero afecto por quienes no piensan como yo. La claridad, firmeza y sinceridad creo que afianzan relaciones, centran posturas y ayudan a identificar dispersando dudas y errores.


La confrontación, la discusión, incluso la bronca han existido siempre desde los mismos inicios de la Iglesia. Desde la propia gestación de la Iglesia. Ahí tenemos a Antioquía y a Pedro y a Pablo. Imagino a Pablo tuiteando como un poseso con algún hastag tipo #hipocresía #iniquidad  o tecleando a toda velocidad “Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué obligas a los gentiles a vivir como judíos?” y aún le sobrarían caracteres.

Yendo más allá qué queréis que os diga, si cojo la Carta a los Corintios puedo llegar a ver a Pablo, sin el menor rubor, subido a un autobús naranja: “Nolite errare: Neque fornicarii, neque idolis servientes, neque adulteri, neque molles, neque masculorum concubitores, neque fures, neque avari, neque ebriosi, neque maledici, neque rapaces regnum Dei possidebunt”…/… “Sciens hoc quia lex justo non est posita, sed injustis, et non subditis, impiis, et peccatoribus, sceleratis, et contaminates, parricidis, et matricidis, homicidis, fornicariis, masculorum concubitoribus, plagiariis, mendacibus et perjuris, et si quid aliud sanae doctrinae adversatur”. Y, qué.

Sinceramente creo que el Apóstol de los gentiles, sí, el de Tarso, cualquiera de los Apóstoles, los primeros cristianos, eran mucho más libres, se sentían mucho más libres y se expresaban con mucha mayor libertad de lo que lo hacemos nosotros, presos tantas veces de la necedad de lo políticamente correcto. No sólo los primeros cristianos, durante unos cuantos siglos, y si no que le pregunten a san Jerónimo…

A veces no entiendo por qué, con lo mala que se ha descubierto que es el azúcar nos obsesionamos por azucararlo todo. Y otras, sin embargo, soy el primero en edulcorar… ¡manojo de contradicciones! No sé, la edad atempera el ánimo. Como a Pedro y a Pablo y, sin embargo, el Espíritu les acompañaba a ambos.

Será el avance de la civilización, será el progreso… bien, pero de no matarnos a palos como en el cuaternario parece que estamos llegando a morir de refinamiento. Tanta finura parece el incienso de un fin de ciclo.

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