jueves, 14 de abril de 2016

Murieron solos


Leo la noticia de que han encontrado a una pareja de ancianos, de 92 y 81 años, fallecidos en su domicilio. Llevaban aproximadamente un mes muertos… Han sido los malos olores los que hicieron que los vecinos llamaran al 112.

Desconozco si tenían familia o no, pero sí tenían vecinos. De no haber sido por los olores podrían haber pasado años.

Me produce una tristeza inmensa. Pienso en sus sufrimientos, en sus desvelos, en las ilusiones que habrán tenido a lo largo de sus vidas. Y nadie les ha echado en falta. El uno junto al otro. Sostén mutuo hasta el final, pero solos; han muerto solos.

No acierto a imaginarme que alguien pueda abandonar, arrinconar u olvidar a sus mayores. Pero tampoco comprendo que nadie lo haga con sus propios hijos, nacidos o no. Una sociedad deshumanizada a esos niveles, que es incapaz de acoger el agradecimiento a lo recibido, que desprecia la vida hasta ese punto. Una sociedad que reniega del propio ser humano se niega a sí misma. El “yo” como dios y, a partir de ese “yo”, todo vale para satisfacerle, a costa de todo y de todos.

Los finales de ciclo siempre tocan el inicio de otro. Aunque esa sea una parte de la realidad, cada vez que un niño nace se genera esperanza. Prefiero fijarme en la esperanza porque también mañana nos visitará el sol que nace de lo alto.

Esa esperanza no puede ser producto de la inercia. ¿Soy capaz de generar esperanza en los demás? A veces me pregunto, con tanta gente buena que el Señor ha puesto y pone en mi camino, con tanta gente que me lleva a reconocer a Cristo en ellos, si yo en algún momento, en alguna ocasión, he sido capaz de ser un nano reflejo del Amor de Dios. La intención cuenta a los ojos de Dios, sin embargo los hombres estamos más hechos a la efectividad…

Pienso en esos ancianos y no pienso en mí, lo hago en mi madre, lo hago en mis hijas. La educación de los niños –no me refiero ahora a la escolar o académica- es fundamental para la rehumanización de la sociedad; los padres tenemos la obligación y la responsabilidad de educar personas responsables, conscientes, sensibles, firmes, solidarias. Tenemos la obligación y la responsabilidad de ayudar a que florezcan y se desarrollen sus dones, de que ellos mismos sepan reconocer dones y puntos de mejora pensando no tanto en el yo como en el otro. Descubrirse a sí mismos para abrirse al mundo; saber mirar a lo Alto y andar descalzos.

Pienso en esos ancianos y veo que la vida por aquí no es más que un rato. Es una fase que pasa pronto. Hacer el bien permanece; el bien es una fuerza poderosa. El cara a cara con el Redentor nos enfrenta al regalo de la salvación, y su aceptación depende del gerundio de este rato por aquí.

Pido por esos ancianos en concreto y por todos aquellos que mueren solos en cualquier lugar del mundo; que María salga a su encuentro y gocen de la visión de Dios por los siglos de los siglos.

Os dejo con esta perla de Amoris Laetitia sobre los ancianos:

“191. «No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones» (Sal 71,9). Es el clamor del anciano, que teme el olvido y el desprecio. Así como Dios nos invita a ser sus instrumentos para escuchar la súplica de los pobres, también espera que escuchemos el grito de los ancianos[211]. Esto interpela a las familias y a las comunidades, porque «la Iglesia no puede y no quiere conformarse a una mentalidad de intolerancia, y mucho menos de indiferencia y desprecio, respecto a la vejez. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad. Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna»[212]. Por eso, «¡cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos!»[213].

 192. San Juan Pablo II nos invitó a prestar atención al lugar del anciano en la familia, porque hay culturas que, «como consecuencia de un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación»[214]. Los ancianos ayudan a percibir «la continuidad de las generaciones», con «el carisma de servir de puente»[215]. Muchas veces son los abuelos quienes aseguran la transmisión de los grandes valores a sus nietos, y «muchas personas pueden reconocer que deben precisamente a sus abuelos la iniciación a la vida cristiana»[216]. Sus palabras, sus caricias o su sola presencia, ayudan a los niños a reconocer que la historia no comienza con ellos, que son herederos de un viejo camino y que es necesario respetar el trasfondo que nos antecede. Quienes rompen lazos con la historia tendrán dificultades para tejer relaciones estables y para reconocer que no son los dueños de la realidad. Entonces, «la atención a los ancianos habla de la calidad de una civilización. ¿Se presta atención al anciano en una civilización? ¿Hay sitio para el anciano? Esta civilización seguirá adelante si sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos»[217].

 193. La ausencia de memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad. Es la mentalidad inmadura del «ya fue». Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. No se puede educar sin memoria: «Recordad aquellos días primeros» (Hb 10,32). Las narraciones de los ancianos hacen mucho bien a los niños y jóvenes, ya que los conectan con la historia vivida tanto de la familia como del barrio y del país. Una familia que no respeta y atiende a sus abuelos, que son su memoria viva, es una familia desintegrada; pero una familia que recuerda es una familia con porvenir. Por lo tanto, «en una civilización en la que no hay sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esta sociedad lleva consigo el virus de la muerte»[218], ya que «se arranca de sus propias raíces»[219]. El fenómeno de la orfandad contemporánea, en términos de discontinuidad, desarraigo y caída de las certezas que dan forma a la vida, nos desafía a hacer de nuestras familias un lugar donde los niños puedan arraigarse en el suelo de una historia colectiva.”

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