viernes, 31 de octubre de 2014

Once años

Once años ya de aquel 31 de octubre de 2003. Y el Señor continúa bendiciéndonos cada día. Un matrimonio normal, como tantos. Una vida normal, como la de tantos. Risas, felicidad, hijos, guijarros en el camino, tropezones sobre piedras desaparecidas, obstáculos, bodas, camino, paro, estudio, manos tendidas, tiempo, ordenaciones, encuentros, prontos, entrega, muertes, compromiso, abrazos, nacimientos, lágrimas, despedidas, proyectos, perseverancia: Vida, Amor. Lo habitual, como en cualquier matrimonio.

En María, está el Señor. Tras cada carcajada, tras cada lágrima, está el Señor. A nuestros pies tras cada resbalón, está el Señor. En cada mano tendida y en nuestro tiempo, está el Señor. La casa sobre Roca y bajo la mirada de Dios. En cada hijo está el Señor: en Toya, en Paula y en los que nos esperan en el cielo.

Scalando en Familia con el Señor. La nuestra es una familia más. Recuerdo como si fuera para hoy mismo la ilusión de cada preparativo para la ceremonia, la elección de las lecturas, la redacción de las preces. Porque fue para hoy mismo, y para mañana, y para el día siguiente… Cada conversación con Borja, el P Borja Hernando (especialmente una paseando por el Cerro de los Ángeles), cada una de las palabras. La elección de la música…, ese Ave, mundi Spes con María recorriendo el pasillo central de la iglesia hacia el altar. Todo.

Descalzos sobre un camino de rosas, con sus espinas y el barro sobre el suelo. Y el barro a veces tiene piedrecitas, y en ocasiones está fresco, otras enfangado por exceso de lluvia o completamente seco por el sol. Esa es la única realidad, que hay rosas, espinas y barro; que lo recorremos juntos; que cada mañana nos visita el sol que nace de lo alto para guiar nuestros pasos.

Es así como vamos, scalando en Familia, bajo su mirada, de la mano de la Perpe y con San Alfonso. Hemos aprendido a descalzarnos. Así enseñamos a caminar a nuestras hijas. Y a tender manos a su modo; manos para dar, para acoger y para aceptar. Descalzos a través un tiempo que no es nuestro; quizás por eso, porque no es nuestro, tratamos de multiplicarlo. Yo no sé si acierto, pero lo intento. El ejemplo son las letras que guarda la memoria sin estar en los libros. Lo intentamos. Esfuerzo y tesón. Y la permanente sonrisa de su madre, y el permanente optimismo de su madre, y la singular fortaleza de su madre. Y una Comunidad, una Familia, que es un tesoro. Once años y Dios a cada esquina, apuntalando, en tanta gente. Y, desde el silencio, me sigo sintiendo acompañado.

Mirar a los problemas por encima del hombro, no con displicencia, sino porque por encima del hombro de los problemas veremos a Dios; tengo la opinión de que una gran satisfacción del diablo debe ser la frustración y el vacío que se generan cuando un problema no te permite ver a Dios. No es el problema quien te lo impide, es la falta de perspectiva propia. Como la borrachera de felicidad también te puede llevar a la autocomplacencia, olvidándote de mirar a lo Alto y agradecer.

Once años. Hoy miro hacia atrás y doy gracias; hacia adelante y doy gracias; a mi lado, y doy gracias. Doy gracias por el día a día. Doy gracias porque hace once años nos comprometimos a que éste sería un matrimonio de tres, porque sin el Señor no lo sería. Y descalzos aprendemos que el matrimonio es un sacramento peculiar que se conforma, crece y transforma día a día y en virtud del Amor. A cada paso se avanza por este camino de santidad que no podemos recorrer solos, que no recorremos solos.

Un instante eterno puede cambiar la vida y por él, por aquel 15 de agosto, once años llenos de fechas: 2 de marzo, 27 de febrero, 6 de marzo, 19 de mayo, 21 de noviembre, 18 de julio, 9 de agosto… y sumando fechas…

Once años y una familia. Once años y scalando en Familia. Once años y MLSR. Once años y ocho manos tendidas. Once años en gerundio, compartiendo.

Once años pronunciando cada noche, a pesar de algunos días, dos simples palabras: te quiero.

Once años y, sin darnos cuenta, se nos ha llenado la Vida de gente, de historias, de rostros y de nombres que han entrado para quedarse.


Once años y…: sí, quiero.

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