domingo, 19 de octubre de 2014

Mi Iglesia

No paro de leer últimamente comentarios que me producen una sincera y profunda tristeza. Artículos, blogs, sites de información religiosa que parecen escritos por rígidos miembros de un Sanedrín que se atrinchera en  supuestas seguridades humanas, que no divinas. Evidencias de una patente falta de confianza en el Espíritu, en Aquel que guía a la Iglesia, en la Iglesia y sus pastores. Muchas de esas opiniones reflejan una nula fidelidad al Papa. Pero expresan una ensoberbecida y supuesta verdad con minúsculas porque las cosas siempre se han hecho de una determinada manera, porque la ley –como hubo una ley que prohibía curar en sábado- impone ciertas normas o conductas.

Si todo se ha de hacer como siempre se ha hecho, andaríamos a cuatro patas y las Cuevas de Altamira serían unos codiciados apartamentos de lujo.

Esos “perfectos” me producen tristeza. Tristeza por ellos mismos y tristeza por la tristeza que generan a su alrededor.

Yo quiero a mi Iglesia, con sus defectos también, aunque haya que corregirlos. Y tiene muchísimos, aunque solamente sea por los que tengo yo, que soy parte de ella. Me encanta la pluralidad que se puede vivir en su seno dentro de la unidad. Así como me apasiona el gregoriano, la música negra y los distintos coros de mi parroquia, me maravilla que haya gente que tenga una real experiencia de Cristo en latín, bajo una celebración mozárabe, a ritmo de Gospel o frente a las maravillosas y coloristas estolas misioneras. Me entusiasma que un cura tenga la absoluta libertad de vestir vaqueros o alzacuellos sin verse coaccionado en ningún sentido, como hay sensacionales religiosos con hábito y sin él, como también y de manera bochornosa se han cometido atrocidades tras los muros de impolutos alzacuellos o la cercanía de una imagen secular. Todo lo que ayude a que uno mismo tenga esa real experiencia de Cristo es una gracia. Pero si esa experiencia de Cristo es real no puede sino llevarnos a volver la mirada a los más necesitados de auxilios, a transformar nuestra mirada en la mirada de Cristo, y esa es una mirada de misericordia, entrega y donación. Si algo no es la mirada de Cristo es la de un permanente inquisidor; si a alguien se encaminan sus pies es a los más desfavorecidos y abandonados. Aquello que simplemente nos lleve a la autosatisfacción, a mirarnos como los únicos correctos, a contemplar con displicencia al hermano es mero humo, cuando además nos lleva a la condena no es más que el atrezzo de algo peor.

Pero la Iglesia continúa adelante. La Iglesia, en gerundio, en movimiento, avanza acogedora acompañando a los correctos, sanando a los heridos y en busca de los despreciados. La Iglesia se afana en ser madre de la familia, de los ancianos, de los moribundos, de los descartados. Mi Iglesia se encuentra en salida en los misioneros de tierra de misión y de Occidente, hacia los que tienen y hacia los que carecen de lo más necesario ante la mirada impávida del “mundo”. Mi Iglesia sale a los caminos a por invitados a la boda, mata el carnero para el hijo pródigo, perdona y abraza a Magdalena. Mi Iglesia se desvive por buscar el amparo de quien lo necesita y lo necesitan los divorciados, los homosexuales, los no nacidos, los ancianos que estorban, los moribundos a causa del hambre o la enfermedad.

Lo que me sorprende con tristeza es la gente que se fija más en la letra de la ley que en las vías de solución; me sorprende con tristeza quienes están permanentemente en busca del fallo para estirar como un resorte su rígido dedo, señalando. Pero mi Iglesia les acoge a ellos como me acoge a mí. Mi Iglesia es una casa de puertas abiertas.

Como ha dicho hoy SS, Dios no tiene miedo a las novedades, por tanto, no hemos de tenerlo nosotros tampoco.

Releo las tentaciones señaladas por el Papa al concluir el Sínodo extraordinario de los obispos sobre la familia y me recuerda tanto a San Alfonso… Francisco me recuerda tanto a Alfonso que cada día me gusta más. Pero esto no es una cuestión de gustos personales es más, y al estilo de Alfonso, cuestión de una sencilla fidelidad… Por eso, con Pedro y bajo Pedro, ahí vamos, scalando en Familia.

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