miércoles, 8 de octubre de 2014

La esperanza es el hombre

El punto de mira, el color del cristal con que se mira, aquello que vemos… Uno, a veces, puede dejarse apabullar por una realidad poco o nada edificante o, por el contrario, ver la espiguita que lucha hacia el sol en un lodazal, indicándonos que el sol que nace de lo alto continúa visitándonos cada mañana y que la vida se afana en perpetuarse.

Lo que tiene esto de la aldea global es que ya no podemos excusarnos en la ignorancia. Sabemos que hay gente que muere de hambre en África a diario; sabemos que es un continente azotado por guerras interminables y periódicas; sabemos que la pobreza y la desnutrición campan a sus anchas; sabemos que la enfermedad siembra de cadáveres nuestro vecino continente; sabemos que el “Scramble for Africa” fue una repartición de intereses que ha dejado paso a que el desinterés se adueñe de Occidente tras la descolonización; sabemos que los más pobres sufren la miseria real y cruel cayendo a diario como moscas y entre moscas; sabemos de niños soldados, de fundamentalismos, de ablaciones… Sabemos, y… ¿qué?

Ahora parece que surge un brote de pánico por una enferma de ébola contagiada en Madrid. No hago más que oír hablar de pandemias, catástrofes, petición de dimisiones, miedo… Cientos de personas se manifiestan ante el domicilio de la enferma para que no se sacrifique a su perro y apenas doscientas acudieron al funeral del último religioso fallecido en Madrid. No sé yo cuántos de los que se manifiestan por la mascota lo harían por defender la vida de los no nacidos, por mejorar la vida de los refugiados, de los inmigrantes en nuestro propio país. En fin. Es el miedo endémico y se llama ébola.

Mucho de este miedo tiene el semblante del egoísmo, del ombligocentrismo, del yo, mí, me, conmigo. Miedo por si me toca a mí o a los míos. ¿Cuántos se preocupan por la mejoría de la enferma? El mundo, el ruido mundano, el espíritu mundano. Un mundo de tinieblas.

Todo lo anterior, siendo cierto, no es más que una parte. La otra muestra una realidad que, siendo la misma, tiene un sustento bien distinto. Muestra, en el mundo, las manos de Dios, el Amor de Dios, el calor de Dios, la sonrisa de Dios. Un mundo de Luz.

Una auxiliar de enfermería que se presta voluntaria para atender a un religioso español enfermo de ébola; misioneros repartidos por todo el continente Africano siendo presencia de Dios en la vida de aquellas gentes, de aquellos hermanos; sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos dando tiempo, y vida por la vida de los más necesitados; médicos, sanitarios, voluntarios que, incluso aunque no lo sepan, son praxis viva del Evangelio; guardias civiles organizando algo tan simple como equipos de futbol con los acogidos al otro lado de una valla, al otro lado de unas concertinas teñidas de rojo.

Hoy es África de lo que más se habla, pero en muchos puntos del planeta donde haya un necesitado también hay alguien dispuesto a ayudar. Héroes anónimos, misioneros anónimos tras cada Congregación o Instituto Religioso misionero, tras cada cooperante de organizaciones como la Fundación Cione Ruta de la Luz, tras cada misionero religioso o laico, cada voluntario de la ONGd Redentorista  Asociación para la Solidaridad (www.asolidaridad.org).

Sin dudarlo prefiero la segunda realidad de un mismo mundo. La de la alegría del Evangelio, la de los héroes anónimos, allí y aquí. Porque el cambio solamente se dará si comienza aquí, en el todo poderoso Occidente; sólo se dará si comienza en cada uno de nosotros.

Y Dios sigue llamando. No sé con qué te quedarás tú, pero yo claramente me quedo con la Luz frente a la oscuridad del egoísmo o del mirar hacia otro lado. Me quedo con la alegría y la esperanza en cada ser humano que sepa mirar al otro como a un hermano. Mientas haya un cristiano que lo sea de verdad, que sea capaz de llevar la Luz de Cristo, habrá esperanza. Mientras, frente a quien se queje por repatriar a un misionero español enfermo de ébola, se alce la mano de una enfermera voluntaria para atenderle, habrá esperanza. Mientras haya alguien que se plantee romper las estructuras que perpetúan las injusticias, habrá esperanza. Mientras alguien continúe defendiendo la Verdad, habrá esperanza. Mientras exista un bebé concebido, habrá esperanza. Mientras nos visite cada mañana el sol que nace de lo alto, habrá esperanza.

No creo en el concepto calvinista de natura corrupta. La esperanza es el propio hombre, aunque pueda ser un lobo para su propia especie. Sacerdotes, profetas y reyes, sí, pero no de figurín. Todos tendremos algo que dar, algo que hacer, algo que cambiar mientras tengamos vida.


Y dicho esto, yo ¿qué hago…?

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