miércoles, 26 de marzo de 2014

Testimonio y precepto

No podemos ser discípulos a medias. La Iglesia necesita de nuestra valentía para que demos testimonio de la verdad”, tuit de @pontifex_es del día 25 de marzo. De Mateo 5, Evangelio del día 26 de marzo: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos”.

Francisco nos muestra cómo dar testimonio de la Verdad con la ternura de un padre. Cristo no vino a abolir la Ley, vino a darla plenitud en el Amor; la Ley se plenifica en el Amor, los preceptos se plenifican en el Amor, no en su letra. Dio plenitud a la Ley en la Cruz y lo hizo por Amor.

Por eso mismo el testimonio del cristiano ni lo es por horas, ni por ubicación. El testimonio del cristiano, el testimonio de la Verdad, se da todo el tiempo y allí donde nos encontremos porque el testimonio es la persona misma. El individuo como testimonio. Deja su rastro aunque no se mire atrás; da su fruto según la tierra en la que caiga la semilla aunque nosotros no lo veamos, porque el fruto no es nuestro ni para nosotros. A cara descubierta, sin tapujos, con la naturalidad de la respiración y el misterio del propio latido. Y cayéndonos, porque levantarse es dar testimonio. Y recobrando el sendero, porque reubicarse es dar testimonio. Asumiendo el error que también es dar testimonio. La debilidad como testimonio. La imperfección como testimonio. La superación como testimonio. Diciendo sí y diciendo no. Y, como diría mi amiga Pepa Garat, “con alegría”.

Recientemente he reflexionado sobre esto al presentar y compartir el iDecálogo de iMisión para Evagelizar; una reflexión abierta, compartida y dialogada.  Creo que a veces estamos demasiado pendientes de los frutos, no tanto por la cosecha como por el propio éxito. Estamos casi tan pendientes del éxito como de la letra de la Ley, de la ortografía con la que escribimos los preceptos, sus signos de puntuación… Más, mucho más que del Amor que los inspiraron; más, mucho más que del Amor del Redentor. Ojala el amor nos lleve a cumplirlos por amor y enseñarlos con amor, incluso con palabras.

Sin preocuparnos por la cosecha. Sembrar, andar, compartir, servir, vivir. Esforzarse, trabajar, darse, gozar, vivir. Sufrir, reír, caer, acertar, soñar, vivir. Amar. Ya recogerán otros. Pero ese fruto ni es nuestro ni de quien lo recoge. Sin pensar en nosotros, olvidando el “yo”. Porque mi vida es Vida no porque yo la viva, lo es en tanto la comparta, regale y ponga a disposición de los demás; de lo contrario será solamente un talento enterrado…

Amar, que es Vivir. Vivir, que es Amar. Camino de la Pascua scalando en Familia.

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