miércoles, 9 de octubre de 2013

… dedícalo a mí

“Pero, tú ¿por qué? Bueno, imagino que como opción personal, claro”. Ha habido alguien que me ha hecho esa pregunta. Nos conocemos desde pequeños, realmente mi memoria no alcanza a recordar desde cuándo, por lo que es parte de mi vida; y una parte importante.

Opción personal… pues sí, pero no unívoca. Supongo que fui seducido. Sí, así, tal cual. Porque toda vocación es una seducción y esto, claramente, lo es. Opción personal porque podría, de nuevo, haberme tapado los oídos. Pero ahora no iba mi nombre sólo, había otros tres, y todos sonaban acompasados. A veces me da la sensación de que la historia de mi vida, en su conjunto, ha sido una preparación para un 19 de mayo; una suerte de maduración. Y llegó ese día y, de la voz de alguien que siempre será mi Padre, la Suya. Y en mis manos puso El santo del siglo de las luces. Y de ahí hasta ahora. Imparable y seducido.

¿Por qué? Pues por respuesta activa y acogida abierta. Porque si el Señor me puso en el mundo me colocó directamente en la historia de la Salvación. En primer lugar de la mía, y de la de mi mujer en este camino de santidad que comenzamos juntos un 31 de octubre; y de la de mis hijas, de cuyas vidas y almas somos custodios María y yo. Pero es que es esa seducción la que me hizo consciente de que no se queda ahí la cosa, que la historia de la Salvación es universal e individual y, por lo tanto, mi vida, mi historia, mi cotidianeidad afecta y modifica la de otros, la de aquellos a quienes tengo en mi camino. Y eso es toda una responsabilidad. Precisamente por eso, ésta mi manera de estar en el mundo y en la Iglesia, en esta Familia. Porque en esta manera de estar en el mundo y en la Iglesia, en esta Familia, se mitiga tímidamente mi síndrome de manos vacías.

No sé si esto responde bien a esa pregunta, pero es lo que siento y lo que soy; resume quién soy y cómo soy.

¡Claro que mi misión primera es mi mujer y mis hijas! ¡Por supuesto! ¿Alguien lo duda? Pero es que no son ni círculos concéntricos ni ámbitos separados. Somos lo mismo en lo mismo. Somos un proyecto y un fruto de Dios en un proyecto y un fruto de Dios. Hace ya unos años que mi hija mayor presentó un trabajito en su colegio que tituló “Una familia Redentorista”. Eso soy, eso somos. En la universalidad de la Iglesia, con el respeto impecable al individuo y poniendo tiempo, esfuerzo, ganas, manos, ilusión al servicio de los demás en una Familia concreta, la mía. Ofrecerse en una Familia concreta, la mía.

Eso soy, en casa, en mi trabajo, en el cine, tomando una copa, en Madrid o donde sea, porque es así como yo soy en el mundo; porque sé que es así como el Señor me quiere en el mundo. ¡¿Cómo no lo voy a contar?! ¡¿Cómo no contar, cuando eres feliz, que eres feliz?! Lo cuentas porque lo eres y para que otros lo sean. Ni más, ni menos. Así que sí, soy Redentorista; laico, pero Redentorista. No un Congregado, claro que no; pero soy Redentorista.

No sé si con esto lo tendrás claro: ¿Opción personal? Por supuesto. ¿Seducción? Naturalmente. ¿Vocación? SÍ.

Pues eso, que sí, que como la canción de María Dolores Pradera: El tiempo que te quede libre…

…y como nos es gozosamente posible ahí vamos los cuatro, scalando en Familia.

2 comentarios: