miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Que no Me ves?


¿Que no Me ves? ¿Que no Me oyes? ¡Venga ya, no te lo crees ni tú! En el fondo no te lo crees ni tú mismo, de modo que no te lo repitas o acabarás creyéndotelo.

Ibas a hacer un simple encargo a una cerería, y tras ese sencillo encargo estaba Yo o no lo habrías hecho, porque aunque no me veías a mí, pensabas en otros y yo también soy esos otros; eso tú no lo olvidas. Qué curioso ¿verdad?, que tu proveedor de velas no asegurara el plazo, que de todas las cererías que hay en Madrid, encontraras justo esa con exactamente lo que buscabas y que se ofrecieran a fabricar lo que nadie hacía. Qué curioso que contiguo al establecimiento estuviera ni más ni menos que el Santo Niño del Remedio. Y entraste, cansado, agotado, frío y sordo (pero no vacío aunque te empeñes) a hablar conmigo. Dime: ¿quién habla a quien ni ve ni oye? Qué curioso que de repente decidieras cambiar tus planes –tú, tan planificador y previsible- dejando colgada a un alma buena recién descubierta – sí, tú dejando colgado a alguien sin avisar ¡quién lo diría!- para ir solo porque te reconocías como una compañía poco recomendable. Qué curioso que el paquete fuera mucho mayor de lo previsto y te vieras obligado a esperar a un taxi; sí, para dar tiempo a que entrara en escena el P Jesús Vidal, que el tráfico está como está, os vierais, parara el coche, se bajara encantador, charlarais y te hablara de Napo que, qué curioso, vive ahí mismo. Claro, no pudiste evitar evocar aquella semana de agosto tan intensa junto a mí; sí, lo tenía en el guion, lo reconozco, me gusta cuidar los detalles. Qué curioso que dejaras tu misa diaria para las siete de la tarde, aprovechando que tenías que llevar a tu hija mayor a catequesis y en el último momento no pudieras entrar. Jeje, a que te molestó, reconócelo. Qué curioso que tuvieras que ir a la de ocho y a la salida, inesperadamente te encontraras con dos regalos venidos de Valencia. Qué curioso que Lalo – porque hay que ver cómo quieres a Lalo- se ofreciera a acompañarte a casa. Qué curioso que alguien con una frase común, mostrándote como un libro, te haga ver que, hombre, peculiar sí que eres, pero raro, raro, raro tampoco.

Muchas casualidades ¿verdad? Para eso te he regalado esta semana: para ti, por mucho que te empeñes en verla desperdiciada, y te enfurrusques por eso, por tu sordera, por tu ceguera y por la falta de conversación. En ella va, de regalo adicional, que te hayas dado cuenta de que a ti, paradigma del ombligocentrismo, ya ni te importa que te den largas porque antepones a tu interlocutor; sí, antes que a ti mismo.

Muchas casualidades. Pues te contaré una cosa: alguien de quien tanto dices preciarte de ser Amigo, alguien a quien dices querer tanto, relatando hace años –tú ni le conocías- su experiencia vocacional, denominó a esas casualidades o coincidencias simple y llanamente “diosidades”. Ya ves.

Ahora, tú mismo, que yo no obligo a nada. Pero te aconsejo que releas esto con calma y te lo pienses dos veces a ver si sigues pensando que ni me has visto ni me has oído. Y descansa, que unos se agotan de actividad y otros de inactividad; cada uno tiene sus motivos. Después de todo no es ningún secreto que Yo, al séptimo día, descansé.

No hay comentarios:

Publicar un comentario