sábado, 11 de agosto de 2012

La playa como templo


La vida es Vida en las cosas más pequeñas y humildes, en las nimiedades aparentes y en los contextos más cotidianos. Pero cuando uno reconoce a Dios como Amor, como un Amor absoluto, y lo reconoce no solamente como Fuente, sino con una necesidad a la vez de ser amado, todo cambia. No hablo de un cambio melindroso, sensiblón ni beatífico. Me refiero a una transformación real y alegre.

Por mucho que las situaciones sean las mismas y repetitivas, por mucho que los contextos sean similares al “antes” transformador, nada se ve igual, ni situaciones, ni contextos, ni personas. Y conste que aquí no entran ni juicios ni valoraciones, pero sí aparece una sensibilidad nueva que impele al individuo a reparar en lo que antes ni tomaba en cuenta, a tomar partido ante banalizaciones hirientes, a salirse de la norma y del cauce en el que transcurría. Y todo dentro de la normalidad y cotidianeidad más absolutas. Conversaciones corrientes y respuestas que hacen que a uno le miren como a un extraterrestre; situaciones en las que te sientes cómodo y otras simplemente fuera de lugar; bromas que te resultan molestas. Pequeñas gotitas que te traen a la realidad de que el Agua por la que nadas es ahora otra, y el Cauce lleva al Absoluto; nada más. Los mismos lugares, las mismas personas, el mismo entorno, y todo diferente. Y aunque no sin dolor, sí con una alegría inmensa que tratas discretamente de compartir. La carcasa que habitas es la misma, la gente es la misma, pero nada es ya igual.

Lo mejor es que ni puedes ni quieres cerrar los ojos. La playa no es ya solamente una playa, es una de las maravillas de la creación y un templo maravilloso donde orar; precisamente por eso, lo siento, pero cuanta más gente pueda disfrutar de ella mejor ¡y gratis!  El monte es un grandioso regalo para encontrarse con el Misterio. Sí, y mis impuestos prefiero que sirvan para atender a inmigrantes sin papeles en los ambulatorios –como Posadas sanadoras de Cristos dolientes- antes que a políticos incompetentes, cuando no corruptos.

“¡Hombre Enrique, eso es relativo!” No, no lo es. Hay prismas pero una sola realidad, y lo único que varía es la mirada. ¿Quiero que mi mirada se asemeje a la de Cristo ante la realidad en la que me encuentre? ¿Quiero prestarle mis ojos, mi sonrisa y mis manos? Ese “te doy el corazón y el alma mía” no son más que palabras insinceras si no van acompañadas del resto; y ese “resto” no es otra cosa que actitud y acción. Enfangarte sonriente en tu vida diaria; y más allá. Sin sermones huecos, sin leccioncillas timoratas, sin reproches; con un poquitín de comprensión, acogida y amor. Cada día con un poquitín más de Amor.

Sonrisitas de suficiencia que duelen; bromitas de superioridad que hieren; comentarios crueles y autocomplacientes como hiel. Reflejan ceguera de ojos y de corazón y dejan desnudas demasiadas cadenas. Les quieres igual, aunque nada sea lo mismo.

Mucho de inercia y poco de creencia de verdad en la Palabra.

Y uno se encuentra torpe, pobre, débil, limitado e inútil, pero tremendamente libre aun reconociéndose pecador y fallido. Y todo sin nombrar, a propósito, ni a Dios ni a Cristo. Al despedirte te dan un abrazo con un beso y en broma te dicen: “Fray Enrique, ¡qué envidia me das!”. Y te piden de nuevo, ya a la vuelta de vacaciones, en Madrid, una comida con alguien que ya ni está; lástima que esa comida nunca vaya a tener lugar.

¡Qué hermoso es descubrir las vacaciones como una larga oración!

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