sábado, 25 de mayo de 2013

Un día de niños

Hay personas que forman parte de nuestra vida sin darnos cuenta. Aparecen acoplados en el engranaje de nuestro paisaje existencial de una forma tan natural que ni nos percatamos de que están; sin embargo, si no estuvieran ahí las cosas serían diferentes. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros, el propio existir, la relación directa o la mera presencia suponen algún tipo de influencia sobre los demás. Esto me ha llevado a ser consciente de cómo nuestra actitud ante la vida influye, aunque sea de una manera nimia y sutil, en los demás. Soy protagonista en mí mismo de que a veces nos dejamos llevar, pero la elección personal hacia la apertura con optimismo, hacia el encuentro en el Amor sin más trabas mentales (por mucho que nos encontremos esporádicamente con decorados o tramoyistas que, según las circunstancias, no encajen demasiado en nuestros esquemas prefijados) es importante para uno mismo y para los hermanos. No depende más que de cada uno elegir entre la alegría de la Luz o la actitud tenebrosa. Evitar aquello que no es para todos, sino sólo para algunos, porque sólo lo que es para y por todos es el Amor; el resto, elementos superfluos o distracciones perfectamente prescindibles.

Pues yo hoy he estado en uno de esos lugares donde se siente el Amor de Dios,  en una celebración para todos. Para todos. Hablo de las Primeras Comuniones que han tenido lugar en mi parroquia. Una celebración sensacional, presidida por un jovencísimo sacerdote (el P Damián Mª Montes) que pareciera salirse de sí mismo hacia todos. Un montón de niños felicísimos con sus familias. Catequistas exultantes. Ha sido una auténtica maravilla. Un templo abarrotado.

He reparado en que he ido viendo crecer, desde la distancia, a alguno de esos niños; me he dado cuenta de que muchas de esas caras con las que intercambio saludos casi a diario por el barrio son parte de mi paisaje existencial. Muchos de esos saludos sonrientes me alegran el inicio del día o, a veces, una tarde taciturna. Por eso mismo, mi ceño en ocasiones fruncido, puede ensombrecer a esas mismas personas. ¡Hay que elegir iluminar! Hay que elegir ser positivo, transmitir la alegría de nuestra fe con cualquier gesto y en cualquier circunstancia. Definitivamente necesito un par de manos sobre mi cabeza.

Un día de niños. Ha sido un día de niños. Sintiéndome un poco niño, porque yo soy muy raro, y no he podido evitar recordar al P Colinas el día de mi Primera Comunión en otra parroquia Redentorista.

De PS fuimos a la celebración de un setenta cumpleaños. De una niña de setenta años. Y seguíamos rodeados de niños, varios preparándose para la Primera Comunión. Yo hoy iba de “corporativo”, porque llevaba mi polo de www.redentoristas.org. Un padre a quien acababa de conocer cometió la insensatez de preguntarme, y a mí, si me preguntan, pues contesto. Me puse a hablar, y llegó un momento en el que pensé: “le estoy abrasando”. Pues no; siguió preguntando, comentando y los ojos se le iban abriendo cada vez más, hasta que me dijo: “no sé que me entusiasma más si lo que cuentas o la pasión con la que lo cuentas, porque yo sólo soy capaz de hablar así de mi familia”. A lo que le contesté: “bueno, es que yo voy por la Vida scalando en Familia”.

Al llegar a casa, mientras organizaba baños y cenas mi hija mayor me preguntó por el “flaco”, un alma buena caída literalmente de Arriba, de esas que llenan de sentido que la f sea mayúscula.

Un día de niños tan feliz, que creo que dormiré como un bebé, después de darle gracias a Dios porque tengo una suerte que no me la merezco: saber que en Él está la sobreabundante Redención.

¿Cómo no querer contarlo? ¡Si es para TODOS!

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