jueves, 11 de mayo de 2017

La Puerta del Cielo

Nada que decirte Charlie, nada que decirte. Cuando hemos hablado yo tenía ese nudo en la garganta que solamente desata el cariño. Como tú dices, ahora nos tratamos poco, pero el cariño es el de siempre.

Cuando nos conocimos yo opositaba y tu estudiabas la carrera. Corría el año 1994. Cinco años después nacería José, tu sobrino, que este año habría comenzado la suya. Esa sudadera del colegio Nuestra Señora del Recuerdo con el 99 a la espalda se ha hecho gozosamente famosa. Sí, gozosamente porque es la expresión sentida de una multitud de jóvenes homenajeando a dos compañeros que les han precedido.

Del dolor asoma a menudo la grandeza del ser humano, y lo hace con facilidad y espontáneamente cuando el dolor es el recuerdo y el vacío que deja alguien extraordinario. Dos jóvenes enamorados, dos jóvenes que suscitaban en vida los mismos elogios que podemos leer estos días en tantas cartas francas, cadenas de oración… expresiones todas sinceras.

Pero ¿por qué? No hay respuesta. No sabemos el día ni la hora; ninguno de nosotros. Lo que sí sabemos es que tanto José como Belén ya han visto cara a cara a su Redentor y gozan de la contemplación de Dios. A José y a Belén se les abrió la puerta del Cielo.

Yo hoy me acuerdo de ti, Carlos, y de Lolo y tu padre. Hoy mi oración no es por José o por Belén. Mi oración es para que José interceda por vosotros y Belén por su familia. La fe nos mantiene firmes en la sobreabundante Redención, firmes en la Esperanza. Pero la fe no elimina ni el dolor, ni el sufrimiento. La fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. La fe nos mantiene en una constante pregunta mucho más que en una respuesta definitiva. La respuesta es la que ya han encontrado ellos. Y lo han hecho juntos.

La fe es la entereza. La fe es lo que se nos ha podido mostrar por parte de compañeros y comunidad educativa. Jesuitas y esa sudadera del 99. Sí, esa sudadera al unísono es también expresión de fe.


Sólo me queda rezar. Sólo nos queda rezar. Para que nuestra oración os acompañe, para que nuestro cariño se haga presente. Y se reza no solamente para que Dios nos escuche, se reza también para escuchar a Dios. Que se haga presente en vosotros, porque sin palabras, sin fuerzas y sin ánimos, cada lágrima puede ser una oración y con ellas la oración brota en cadena.

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