lunes, 27 de julio de 2015

Lalo Errejón, un hombre bueno

Un tanatorio es un lugar excepcional para ejercitar la mirada y enfocar la vista con los ojos de la fe. Yo acabo de llegar de uno y he comprobado que mirando bien es realmente un encuentro de Vida. De la pasada y de la recién comenzada que no es sino una extensión de la presente. Un hilo conductor a los pies de la Cruz y el sepulcro vacío.

En familia, honrando sencillamente a un hombre bueno cualquiera, que no es cualquier hombre bueno porque cada uno de nosotros tenemos nuestro nombre grabado en la palma de Sus manos, y el de él es Lalo. Un caballero en la total y más completa extensión de su significado (de esos que van desapareciendo en una época de cambios que sólo pierde el desconcierto a la Luz de la fe); un profesional de éxito; un hombre generador junto a mi queridísima Tilde, su mujer, de una familia unida. Los pasos que dejan huella no son realmente esos marcados por los oropeles, son los discretos pasos que vamos andando, a veces sin darnos cuenta, tras las huellas de Cristo, los únicos que merecen la pena ser andados; esos pasos que dejan tras de sí el olor del Amor. Lalo y Tilde me abrieron las puertas de su casa cuando no era más un simple amigo de su hijo Javier y también de Gonzalo, mis hermanos. Allí estuve viviendo algunos meses. Me abrieron las puertas de su hogar y su familia. Yo hoy, ante el cuerpo sin vida de Lalo, rezando en silencio un rosario, pedía en cada misterio que el Señor le abriera las del cielo. Si es cierto que nos examinarán del Amor el regalo de la Redención habrá sido ya sobreabundante para él. En las letanías finales, acompañado por Blanca Gordon, pedía por Lalo, con el convencimiento de que nuestra Madre del Perpetuo Socorro le habrá acompañado ante el Todo Misericordioso.

Un sembrador de paz que descansa ya en Paz. Un hombre que sembró de viña la ladera de su casa, como diría Dámaso Alonso. Ahora ya sólo queda acompañar a esa familia de la que me siento parte con la oración, sobre todo a Tilde, su viuda. Oración que pido a quien lea estas líneas por su eterno descanso. No creáis que no le habéis conocido porque le habéis conocido en cada mano que se os ha tendido en vuestra vida; cada una de esas manos era, como las suyas, un regalo de Dios. Cada una de esas manos no es sino la mano de Dios que se nos ofrece en el Camino.

En cada petición de esta tarde tenía presentes a todos aquellos que mueren solos, sin el cariño de nadie, sin el calor de nadie, sin la oración de nadie. Por ellos iba también mi oración. Lalo estaba rodeado del cariño de sus seres queridos, de su mujer, de sus hijos, de sus nueras, de sus hermanas y de todos los que le conocimos, porque todos los que le conocimos le queremos. Un hombre de éxito rotundo teniendo a su esposa junto a él, de éxito rotundo en el éxito de sus hijos (no me refiero al notorio éxito profesional, sino a la herencia impagable de la bondad de sus padres). El valor del matrimonio y el éxito de la familia. El cariño de todos los que les queremos. Ése y no otro es el éxito; el Amor desparramado a lo largo de una vida que se torna banquete en la Mesa del Padre.


Querido Lalo, ya has visto cara a cara a tu Redentor; que goces de la contemplación de Dios por los siglos de los siglos.

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