lunes, 5 de mayo de 2014

Sonrió desde el cielo

Esta tarde he estado en un funeral. Bueno, no simplemente he estado. He participado con la oración y el corazón. No conocí a la persona por quien se celebraba, pero sí a alguno de sus hijos y de sus nietos.

Yo, para esto de los funerales y las muertes soy un tipo raro. Siempre lo vivo como algo normal, sin dramas. La pena del vacío está siempre presente, pero encuentro tan humana, tan divina una muerte en Sus manos que la presencia de la Luz minimiza el resto para que resplandezca lo fundamental, la verdadera Vida.

No sé si será psicológico o directamente producto de la fe, pero así lo vivo. La pena viene luego, pero lo hace de una manera serena independientemente de los dramas terrenales que pervivan. Lo sé. Soy un tipo peculiar.

No conocí a la persona por quien se celebraba el funeral, pero quiero a alguno de sus hijos y de sus nietos, y no por ser yo un tipo peculiar, sino porque ellos son, cada uno a su modo, extraordinarios. Tras la Eucaristía de hoy, tengo el convencimiento de que eso que les hace extraordinarios, la bondad, o es genética o inoculada y transmitida por quien les acaba de dejar, su madre y abuela, de lo que deduzco que debió de ser una mujer también extraordinaria, generadora de una familia de buenos. Y esto de la bondad, francamente, no abunda. Radicada en la fe, una bondad en la que uno puede confiar tranquilo sólo mirando al fondo de los ojos de muchos de los miembros de esa familia. Seguro que sabrán transmitirla a los pequeños biznietos.

Me gustan los funerales en los que resplandecen la fe de quien se fue y de su familia. Que sí, que soy peculiar. Me gustan porque hacen de los fieles, de la Iglesia, una Familia real, una oración conjunta y en familia. Dicho así puede parecer naif, pero es la realidad. El de hoy ha tenido lugar en casa, en PS, presidido por alguien a quien quiero, concelebrado por sacerdotes a quienes quiero. El santuario hoy estaba lleno de gente que quiere a esa familia, siguiendo, participando en la ceremonia con un respeto que va mucho más allá de convencionalismos. Yo les había saludado antes de la misa, por lo que tras la comunión me fui al fondo del templo y, desde allí, pude contemplar la imagen bellísima del calor y el respeto de quienes decidieron acompañar a unos amigos despidiendo a su madre. Se respiraba cariño; sí, el cariño caldeaba el ambiente. Significativo. Envidiable.


Sin duda hoy alguien sonrió desde el cielo.

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