jueves, 5 de septiembre de 2013

Duc in altum

El Evangelio de hoy, Lc 5, 1-11, meditado en mi momento histórico, personal y geográfico y en clave absolutamente egoísta, me hace dudar. No es una duda de fe, es simplemente un puntito de envidia –dejémoslo en un puntito de envidia- si miro de reojo al Rito Oriental. Y si lo miro de frente, por mucho que lo estudie, por mucho que conozca génesis históricas, por mucho que me cuenten, ni he entendido nunca, ni entiendo ahora, ni creo que llegue a entender jamás alguna “pequeña” diferencia organizativa entre el latino y el oriental.

Como, además, yo he nacido en un lugar cuya Patrona es Nuestra Señora Bien Aparecida, y no Our Lady of  Walsingham, pues vamos a lo que vamos, que es lo que hay, y son lentejas; que son bien ricas, por cierto. De modo que trato de leerlo de una manera un tanto peculiar.

Imagino que Simón Pedro, a cuya suegra Jesús curaba ayer, deja de ser él para que ocupe su lugar cualquier otro, yo mismo.

“No temas”. Ese “no temas” alto y claro. Dos palabras simples que producen un cambio radical: no hay que temer a Dios. Por un lado no hay que temerle a Él, y no hay que tener miedo cuando dejamos que sea Él quien tome la caña de nuestro barco. Miedo quizás a nosotros mismos, a nuestras caídas y fracasos, al yoismo, a nuestros demonios. Pero confianza en el Señor.

Pedro era un avezado pescador, conocía bien el lugar y seguro que habría hecho sus cábalas de por dónde andarían con mayor probabilidad los bancos de peces…. Y ni uno sólo cayó en las redes. Sólo cuando escuchó, confió y cumplió su Palabra, rebosaron... ¡y pidió ayuda…! Si tuviéramos las redes llenas, a punto de romperse ¿Pediríamos ayuda o seríamos una suerte de epulones espirituales ahogándonos en autocomplacencia? Y teniéndolas vacías ¿las llenamos del orgullo que nos impide pedir ayuda? ¿Qué hacemos cuando nos la piden a nosotros?

Duc in altum. Remar mar adentro. Jesús y Simón-Pedro. A solas con Jesús. Un mano a mano con Jesús para empaparnos de Él, de su Palabra. Y echó las redes quizás aún medio incrédulo. Es ese tomar distancias de tierra y de uno mismo, la intimidad con Jesús, dejarnos cautivar por Él  lo que hace que nos lancemos a la aventura. ¡Y pescar! Sí, incluso donde ya lo habíamos intentado.

Y le hizo pescador de hombres. Lo dejaron todo y le siguieron.

Dejarse a uno mismo en la orilla, vaciarse y que sea Él quien nos inunde y tome la caña. ¿Lo hacemos? ¿Nos quedamos a solas con Él? ¿Vamos con Él adonde nos indica? ¿Adónde nos llama? ¿A qué nos llama? ¿Salimos al encuentro? ¿Permanecemos abiertos o nos encerramos en nosotros mismos a modo de sepulcro? Ideamos estrategias, planificamos actuaciones, pensamos en el éxito, valoramos el éxito con cifras pero… ¿seguimos nuestros propios planes o los suyos…? ¿De verdad…? ¿seguro que son los suyos? ¿Lo hacemos porque son los suyos o para alcanzar la autocomplacencia? ¿Lo hacemos por los demás o por nosotros? ¿Por nosotros o por Él?

Rema mar adentro. ¿Te atreves? ¿Me atrevo? Sólo hay que remar, nada más; Él lleva la caña.

No tengas miedo. Duc in altum.

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