viernes, 2 de agosto de 2013

Un mirada limpia

Se puede decir que no le conocía. De vista sí; de algún saludo. Ambos sabíamos nuestros nombres y quiénes éramos. Poco más.

Yo sabía más de él que él de mí. Algo que, de entrada, marcaba el camino de mi admiración. Porque un joven que decide entregar su Vida a Cristo en los demás ya es digno de admiración, de aplauso y de agradecimiento. Estuve presente, durante una Jornada Alfonsiana en San Gerardo, en Madrid, en sus primeros votos temporales. Después de eso, alguna coincidencia, saludos… poco más.

Sí, nos une la fe y una Familia… pero… es que: le he mirado a los ojos. Algo que cambia. ¡Qué importante es mirar a los ojos a la gente! Y… ¡Ver!

No es sólo ilusión, entrega, ganas, pasión… he visto bondad. La mirada en la que un peregrino puede encontrar calma, confianza, seguridad. Unos ojos que acogen antes de que les mires. Una mirada en la que un alma cansada puede abrirse al consuelo.

Tiene la fuerza de su edad, la pasión de la fe, la serenidad y la calma que sólo vienen de Arriba. Podría ser mi hijo, y de momento es un hermano hasta que sea Padre.

Aprendo de él cada día, a cada momento, en cada frase. Podría decir que su bondad y su humildad son envidiables, pero yo me quedo con que son imitables; un ejemplo al que imitar.

Esta noche, en silencio, en el corazón –sin nombrarle por que estará presente- le pondré a los pies del Señor. Pediré por él; para que nunca pierda esa mirada, porque es la mirada de un hombre bueno. Que cuando sea un venerable sacerdote Redentorista mayor, conserve la mirada de hoy. Será un sabio anciano en cuyos ojos muchos habrán encontrado el consuelo y la Paz.

Se llama Antonio, y pido al Señor que siempre tenga esa mirada que es la expresión viva de Aquel a quien ya anuncia. La mirada de un peregrino camino de la Vida que anuncia a Cristo. Ojos que están siendo acogida de muchos peregrinos.

Ayer en el día de San Alfonso, durante la misa, pensaba que el propio Santo le estaría mirando con esos mismos ojos.

Y tengo la suerte de que me acogió cuando llegué a Astorga a la Casa San Alfonso, y de estar a su lado, y de aprender de él. Y crecer con él scalandoenfamilia.

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