lunes, 16 de mayo de 2016

¿Dónde están los dones?

Hoy hemos participado de una celebración hermosísima. En misa de 21h en el Santuario del Perpetuo Socorro de Madrid. Presidida por el P Damián Mª Montes.

Es curioso ver que el padre, el sacerdote, aunque sea más joven que yo, es precisamente eso, el padre, el sacerdote. Y por mucho que sea más joven que yo, me pastorea. Cosas del Espíritu, cuya fiesta celebramos. Cosas de llamadas, renuncias, entregas, fe. Cosas de mansedumbre, dones, desprendimiento, paciencia, humildad, grandeza.

Le he visto crecer como persona y como sacerdote; estuve en su profesión perpetua, en su ordenación diaconal y en su ordenación sacerdotal. Me pastorea. Por mucho que sea el responsable en la parroquia de niños y jóvenes y yo ni sea joven ni niño, me pastorea. Con su presencia, con su palabra y son sus silencios. Le he visto crecer. Si sigue así acabará elevándose sin que los demás nos demos casi ni cuenta.

Cuando recapacito y veo a personas como él que van creciendo a la misma velocidad con la que van desprendiéndose, me surge el “yo”. No lo puedo evitar. ¿Y yo? ¿Sigo igual? ¿Avanzo? ¿Crezco? ¿Me doy? Preguntas que no tienen tanto la respuesta en mi boca, si no en la boca del otro y en el corazón de Dios. Cuando las debilidades son las que son es muchos más fácil reconocerlas que vislumbrar los dones.

Hoy Damián nos ha puesto a todos a pedir los dones al Espíritu Santo. Yo, además, pedí por un concreto estudiante redentorista venezolano. Pedir dones... Pero igual que conmemoramos, con la venida del Espíritu, el inicio de la Iglesia en misión, Iglesia como Familia, como Comunidad, hemos pedido esos dones de manera individual y para nuestra Comunidad. Me ha encantado. El Espíritu, descendiendo sobre cada uno de los apóstoles, lo hizo sobre la comunidad. En silencio pensaba: “Pero ¿cuál pido si estoy necesitado de todos?”. En fin, según la fe de tus siervos… Sobre la comunidad… ahí están todos repartidos.

Nos animó a que salieran siete personas a encender cada una de las siete velas de manera espontánea. Vi que comenzó el turno un pobre hombre de fe, torpe, cargado de defectos y debilidades; avanzaba fuerte por la comunidad y tambaleándose como individuo. Sabiduría... A ese hombre le reconozco en la sombra y en el silencio mucho más de lo que le reconozco a la luz. Se fueron animando otros, y se me iluminaron el corazón y la mirada al ver a mi hija pequeña decidida, caminando inocente a encender una de las luces por uno de los dones.

Ese Espíritu que habita en nosotros. “Recibid el Espíritu Santo”. Para recibirlo uno tiene que estar abierto, dejarlo entrar, dejarlo hacer. Ese Espíritu que habita el corazón de cada uno y que yo reconozco en tantas personas. El “yo”, de nuevo. ¿Lo reconocerá alguien en mí? ¿Y los dones?

Los que me falten sé dónde están. En la Comunidad. Así que ahí continuamos, scalando en Familia.

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

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